n el hebreo del Antiguo Testamento, uno de los términos para profeta —hozeh— se refiere a aquel que ve; el griego prophetes significa aquel que habla. Pero ¿qué ven y dicen, en realidad, los profetas? Moisés es el mejor ejemplo para responder a esta pregunta, pues «no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara» (Dt 34, 10). Aunque el santo libertador de los israelitas fuera incapaz de intuir la esencia divina —de lo contrario, moriría (cf. Éx 33, 20)—, «el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo» (Éx 33, 11).

Aun sin contemplar a Dios tal como es —salvo «de espaldas» (cf. Éx 33, 23)—, Moisés era profundamente conocido por el Creador. Pese a ser «torpe de boca y de lengua» (Éx 4, 10), recibió la misión de guiar al pueblo, ya que el Señor hablaba por medio de él. Aquí se percibe una misteriosa connaturalidad entre Aquel que es (cf. Éx 3, 14) y el profeta; una intimidad que el Altísimo promete a su elegido: «Yo mismo iré en persona delante de ti» (Éx 33, 14).

En ese entrañable vínculo, el profeta se convierte en heraldo de la voz divina y reflejo de la «luz inaccesible» (1 Tim 6, 16); en definitiva, el rostro mismo de Dios en la tierra. Elías surgió «como un fuego» y «su palabra quemaba como antorcha», pues «por la palabra del Señor cerró los cielos y también hizo caer fuego tres veces» (Eclo 48, 1.3). De manera análoga, cuando el Señor le ordenó a Oseas que tocara la trompeta (cf. Os 8, 1), hizo llegar al pueblo, a través del profeta, aquella urgente advertencia.

No es casual que las multitudes reconocieran a Jesús, el Verbo encarnado, no sólo como un profeta (cf. Mt 21, 46), sino como el «gran Profeta» (Lc 7, 16). Otros lo identificaban con Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los antiguos profetas (cf. Mt 16, 14). Sin embargo, cuando los Apóstoles fueron interrogados acerca de su identidad, Pedro, inspirado, declaró: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16).

En el testimonio del primer Papa había algo profético, pues Nuestro Señor afirma que su profesión de fe no procedía de la carne ni de la sangre, sino del propio «Padre que está en los Cielos» (Mt 16, 17). Con la constitución de la Iglesia, el profetismo entró así en la Nueva Alianza, «porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn 1, 17).

A partir de entonces, todo bautizado participa de la misión profética de Cristo (cf. CCE 1268). Los Hechos de los Apóstoles atestiguan ya una profusión de acciones proféticas: desde las cuatro hijas de Felipe, «que profetizaban» (21, 9), hasta los discípulos, que actuaban «movidos por el Espíritu» (21, 4) y en plena armonía con Él: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…» (15, 28).

Ahora bien, las manifestaciones proféticas no cesaron al concluir la era apostólica; siguen vivas en la Iglesia, de manera especial en las apariciones marianas. En ellas, la Reina de los profetas no sólo ve a sus hijos y es vista por ellos, y habla con ellos, sino que también actúa junto a su divino Hijo en el curso de la historia, cooperando en la salvación de éstos. He aquí el rostro de Dios que continúa caminando con la humanidad…