No se asuste, querido lector, por el título de este artículo. No se asuste, pues no pretendemos recordarle aquí los conflictos de diversa índole que afligen a nuestro planeta en la actualidad… No se asuste, porque no haremos apología de la guerra ni siquiera una crítica de ella. No se asuste: nos encargaremos simplemente de recordarle que todo hombre nace guerrero. Sí, guerrero, como ya se daba por evidente desde los tiempos patriarcales: «¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?» (Job 7, 1).

Desde el instante en que el hombre ve la luz y lanza al aire su primer vagido, su incipiente grito de guerra, hasta el último gemido de la lucha final — pues, etimológicamente, agonía significa combate—, se encuentra inmerso en un vasto y complejo campo de batalla. Sin embargo, a diferencia de las hostilidades a las que estamos acostumbrados, en la contienda de la vida no hay fronteras que nos garanticen seguridad y protección, ni tratados de paz, ni treguas, ni retaguardia, ni reservistas. Sobre todo, la victoria final y la paz definitiva nunca se alcanzarán… en esta tierra.

De hecho, por más que el hombre deserte y abandone la batalla, la batalla no lo abandonará; aunque haya decidido llevar una vida recta —practicando, por tanto, los mandamientos de la ley de Dios y la virtud—, las dificultades no cesarán, las pasiones clamarán, los temores lo acompañarán; y si asciende hasta las cumbres de la santidad, la pugna se intensificará, porque es en las montañas donde caen los rayos.

El combate de la vida espiritual —porque de esta guerra estamos hablando— sólo termina con la muerte corporal.

¿Qué hacer con las piedras del camino?

Pero, si bien es cierto que no se puede lograr una victoria definitiva antes de llegar al Cielo, es más que evidente que la derrota está siempre a las puertas y muchas veces las derriba… He aquí la cruel realidad con la que nos topamos en tantas y tantas ocasiones: el fracaso.

No obstante, sería inútil detenernos a hablar de nuestros malogros, ya que no son ninguna novedad para nadie y, para estar completamente seguros de ello, nos basta la amplia experiencia acumulada con los años. En cambio, lo verdaderamente necesario es saber cómo evitarlos o sacarles provecho.

Un ejemplo clásico de la espiritualidad puede darnos una pista sobre cómo emprender con éxito una contraofensiva. Veámoslo.

El gran problema de quien está de pie es la posibilidad de caer (cf. 1 Cor 10, 12), sobre todo si camina por un terreno pedregoso. Sin embargo, el viandante que tropieza y pierde el equilibrio se ve obligado a dar una serie de pasos más rápidos para recuperar la estabilidad y no sucumbir. Resultado: recorre más camino en menos tiempo.

Algo análogo ocurre en nuestra vida espiritual. Ésta consiste en un largo caminar hacia el Cielo, cuyo itinerario no sólo discurre por un valle de lágrimas, sino también por un sendero sembrado de «piedras». Pero gracias a tales percances, acabamos acelerando la marcha y haciendo mayores progresos: así, quien resbala en la maledicencia, si acelera el paso para no caer, pasará a elogiar a los demás; quien pierde la paciencia ideará tácticas de mansedumbre para no reincidir… En cierto modo, esas contrariedades, si no las desaprovechamos, nos proporcionan un fortalecimiento similar al de un hueso fracturado que, una vez regenerado, queda aún más sólido en la zona lesionada.

Y, por si no bastara esa tonificación del alma, los reveses cimentan más profundamente la vida espiritual. La humildad es la base de todas las virtudes, y la base de la humildad son las humillaciones; ahora bien, éstas son más provechosas cuando no las elegimos, de ahí que «para ejercicio de nuestra humildad conviene que alguna vez salgamos heridos en esta batalla espiritual».1 Conscientes de nuestra nada, nos hallamos en condiciones de volvernos hacia Aquel que es Todo y todo lo puede.

Así, además de hacernos apretar el paso y prevenirnos contra futuras caídas, esas «piedras» son un recordatorio constante de dos realidades que al hombre le gusta olvidar: primero, somos débiles y no podemos conseguir nada por nosotros mismos… salvo caer: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5); segundo, todo nos es posible siempre que la gracia nos sostenga: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13).

¡Demos, pues, gracias a Dios por las dificultades y los obstáculos!

¡Que se levanten los muertos!

Parece haber quedado claro que los tropiezos en la vida espiritual pueden ser provechosos. Pero no siempre logramos recuperar el equilibrio y mantenernos de pie. En esos momentos, ¿habrá alguna salida?

La solución es tan sencilla como obvia: levantarse.

«Si os ocurre cometer alguna falta, no perdáis el ánimo —aconseja San Francisco de Sales—, sobreponeos inmediatamente, como si no hubieseis caído. […] La flaqueza no es un mal grande, con tal de que haya un valor grande para levantarse poco a poco».2 Y el insigne doctor de la Iglesia no excluye a quienes tienen la desgracia no sólo de caer, sino incluso de morir espiritualmente al ofender gravemente a Dios: «Algunas caídas en pecados mortales, con tal de que no haya deseo de estancarse ni adormecerse en el mal, no impiden los progresos que se hayan hecho en la devoción; […] se recobra [todo] con el primer arrepentimiento verdadero que se tenga de ese mismo pecado».3

«Con tal de que no haya deseo de estancarse…». Entonces, quien permanece mucho tiempo en enemistad con Dios, ¿ha perdido la oportunidad de volver atrás? ¿Existe remedio para la muerte prolongada? En la medicina espiritual —más eficaz que la corporal— sí: ¡hasta para los muertos hay cura! De hecho, aunque los pecados mortales son tanto más perniciosos para el alma cuanto más tiempo ésta se conserve en ese lamentable estado, no por ello se le negará el perdón a quien se arrodille en el confesionario con contrición.

Peor que el pecado

Por lo tanto, «si llegamos a caer, hay que perderlo todo antes que perder el ánimo, la esperanza y la resolución».4 De lo contrario, la puñalada asestada al Sagrado Corazón de Jesús será aún más profunda, como Él mismo explicó a la mística española sor Josefa Menéndez: «No es el pecado lo que más hiere mi Corazón. Lo que más lo desgarra es que no vengan a refugiarse en Él después que lo han cometido».5

Es decir, hay algo en el mundo peor que el pecado, y se llama desánimo.

Cuando nos derriba por medio del pecado, el demonio busca ante todo arrastrarnos al abismo de la desesperación. Sabe muy bien que «nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción en la inocencia y la desesperación después de la caída; este segundo es con mucho el más terrible».6 Milenios de práctica ininterrumpida le han enseñado que si nos arranca el ímpetu y el ánimo, gana la batalla. En efecto, «tenemos una gran ventaja para salir siempre vencedores en esta guerra: saber que no necesitamos más que querer pelear».7

Somos lo que faltaba en el Paraíso

Ya hemos analizado brevemente cuáles son las mejores soluciones para los copiosos percances de nuestra guerra diaria: al tropezar, correr; al caer, levantarse; en cualquier situación, ¡no desanimarse! Pero ¿no sería más sencillo arrancar el problema de raíz? ¿No sería mejor que no existiera esa inmensa «fábrica de tropiezos» que son las tentaciones del demonio, del mundo y de la carne? ¿No podríamos vivir como se vivía en el Paraíso antes de que la maldita serpiente apareciera?

¡Oh, qué deliciosa era la vida del hombre antes del pecado!… Las plantas y las fieras estaban a su servicio, paseaba por jardines siempre perfumados y recogía frutos cada día más sabrosos a orillas de lagos cristalinos… ¡En el Paraíso había de todo!

¿Todo? «El Paraíso lo tenía todo, excepto un héroe»,8 afirmó el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. Por eso la expulsión del Edén fue, más que un castigo, la elevación del hombre a la condición de guerrero, para que pudiera demostrar a Dios un amor desinteresado, que sólo se revela en el dolor y la tormenta. En este sentido, San Alfonso María de Ligorio enseña que «el alma, estando ociosa, sin tentaciones ni luchas, corre peligro de perderse».9 En grave peligro, a decir verdad, pues corre el riesgo de apegarse a esta tierra y descuidar la práctica del más importante —y olvidado— de los mandamientos: «Amarás al Señor, tu Dios, [...] con toda tu alma» (Dt 6, 5; Mt 22, 37).

Menos mal que Dios es Dios y que no estamos nosotros en su lugar. Porque si fuéramos el Creador, sin duda habríamos concebido un mundo diferente, en el que no existiría la posibilidad de errar, el sufrimiento sería abolido y el pecado no tendría cabida: un mundo, por consiguiente, incompleto.

¿Por qué incompleto?

«Y Dios descansó»

Para responder a esta pregunta, remontémonos al bellísimo relato de la creación que figura en el libro del Génesis. Durante seis días, surgieron miríadas y miríadas de maravillas con las que la divina Omnipotencia se dignó adornar el universo. Al final de este período, «vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gén 1, 31). Sólo entonces descansó.

San Ambrosio, al comentar tan sublime pasaje, aclara por qué aquel descanso solamente tuvo lugar el séptimo día: Dios «creó el cielo y no leo que descansara; creó la tierra y no leo que descansara; creó el sol, la luna y las estrellas y ni siquiera entonces leo que descansara; pero leo que creó al hombre y que en ese momento descansó, al tener un ser a quien perdonar los pecados».10 El Señor descansa perdonando.

El universo creado no estaría completo si el Altísimo no tuviera ocasión de reflejar en él todos sus atributos, de modo especial su misericordia y su perdón, en los que resplandece sobremanera su poder, ya que «la omnipotencia de Dios se manifiesta en grado sumo perdonando y apiadándose».11 Ahora bien, estos inefabilísimos predicados divinos no se harían evidentes si el hombre no fuera un ser falible y capaz de pedir perdón. Por lo tanto, las tentaciones y sus consecuencias —que erradicaríamos sin el menor pesar de «nuestro paraíso»— son la sombra indispensable que cumple una función de contraste estético en la obra de arte de la creación: hacen aún más brillante la inocencia del alma fiel y realzan el resplandor de la que ha sido perdonada.

Así pues, ¿qué motivos podrían llevarnos a desconfiar de la misericordia divina y a desanimarnos?

¿Los tropiezos? Pero si éstos nos acercan al Cielo con pasos más rápidos, ¿por qué deberíamos entristecernos?

¿El pecado? Pero si Dios no dudó en modelar a la humanidad con la posibilidad de pecar, ¿vacilará en el momento del perdón, cuando para concedérnoslo vivió entre nosotros y murió por nosotros?

¿El propio desánimo? Si la misma Madre de Dios es nuestra Madre, ¿es posible perder el valor de regresar a la casa paterna? ¿Es posible dudar del perdón?

No serán las dificultades, no serán las caídas, no serán los pecados los que nos harán desconfiar y perder el ánimo, «porque, por muy miserables que seamos, Dios es misericordioso con quienes tienen verdadera voluntad de amarle y han puesto en Él toda su esperanza».12 

Notas:


1 San Francisco de Sales, apud Tissot, Joseph. El arte de aprovechar nuestras faltas. 22.ª ed. Madrid: Palabra, 2011, p. 47.

2 Ibid., p. 42.

3 Ibid., p. 49.

4 Ibid., p. 42.

5 Menéndez, RSCJ, Josefa. Un llamamiento al amor. México: Patria, 1949, p. 220.

6 San Juan Crisóstomo, apud Tissot, op. cit., p. 37.

7 San Francisco de Sales, op. cit., p. 47.

8 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 21/9/1985.

9 San Alfonso María de Ligorio. Práctica de amor a Jesucristo. Sevilla: Apostolado Mariano, 2001, p. 37.

10 San Ambrosio de Milán. Los seis días de la creación. Hexamerón. Madrid: Ciudad Nueva, 2011, p. 338.

11 Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 25, a. 3, ad 3.

12 San Francisco de Sales, op. cit., p. 51.