El sapo convertido en príncipe: he aquí una de esas fábulas ante las que la historia se inclina, pues en ella lo maravilloso se une audazmente a lo real. Según el mito galo, cuando el rey bárbaro Clodoveo (c. 466-511) estaba a punto de librar una batalla decisiva, se le acercó un ermitaño con un mensaje del Cielo. Un ángel ordenaba al monarca, que ni siquiera estaba bautizado, sustituir su emblema real —¡tres sapos sobre fondo rojo!— por un símbolo que, desde entonces, representaría al rey de los francos: la flor de lis.1

Pregunta: ¿era estrictamente necesaria esta modificación en el regio estandarte para ganar la batalla? Tal vez no. Pero la cuestión, en realidad, es otra: ¿podía acaso Clodoveo conservar sus sapos en el momento de abrazar la fe católica?

De la respuesta que brota implacable a los labios bautizados se desprende que el cambio que allí se produjo no fue una mera medida práctica: fue, sobre todo, una medida práctica providencial. ¿Por qué?

El arte de los símbolos

Mucho más que la simplificación de la forma de un lirio, la flor de lis es un símbolo. Y un símbolo, por naturaleza, asocia en la mente dos realidades: la que existe en sí misma, como una planta o un animal, y aquello que ella representa. Así, puede hablarse de la pureza del lirio o de la realeza del león, no porque posean en sí tales características, sino porque el ser humano descubre en ellos significados más profundos mediante el recurso a la analogía.

«La importancia de los símbolos es tan grande que Dios, para dar a los hombres símbolos que los llevaran a amarlo, hizo toda la creación»,2 afirmó el Dr. Plinio. Ahora bien, el arte que se sirve de emblemas simbólicos en los blasones para representar a personas, linajes e incluso naciones se llama heráldica. Se trata de una especie de catapulta que nos hace volar de lo visible a lo invisible, de las realidades palpables a consideraciones superiores.

Aún hoy, vestigios de este arte olvidado —presentes en las enseñas nacionales, en escudos episcopales e incluso en los logotipos de empresas multinacionales— impregnan nuestra vida cotidiana, y atraviesan los siglos… pues el origen de la heráldica es milenario.

De los campos de batalla a los palacios y corporaciones

Caballos relinchando, metales que se entrechocan, gritos desgarradores de sufrimiento o alaridos de victoria resonando por la llanura… en medio del desorden de una batalla, es fundamental reconocer a los propios aliados y hacerse distinguir con facilidad. Por eso, los caballeros medievales comenzaron a estampar en sus ropas y escudos ciertas figuras para identificarse. Como en el escudo el emblema resultaba más visible, dichas representaciones recibieron el nombre de «escudos de armas». La heráldica lanzaba sus primeros vagidos entre los gritos de guerra y los dolores de la agonía…

La elección de la figura y los colores —que tenían un propósito fundamentalmente práctico— conllevó el deseo de retratar al caballero que los ostentaba de la forma más bella posible. El león, rey de los animales, imperó en aquella época también en la heráldica como la figura predilecta, apareciendo en cerca del quince por ciento de los blasones europeos.3 Y éstos, con el paso del tiempo, llegaron a representar no sólo al guerrero, sino también a las familias, a los prelados, a las comunidades civiles y religiosas. La heráldica abandonaba los campos de batalla abiertos y se instalaba en los hogares, en los palacios episcopales y, finalmente, en diversas corporaciones.

Con la proliferación de los blasones, surgieron —bien entrado el siglo xiii— disputas por las insignias más bellas y, por tanto, más codiciadas. Fue necesario, pues, establecer ciertas normas para su confección. Una vez que los reyes decidieron que los responsables de esta labor serían los heraldos —oficiales de las monarquías medievales—, este arte pasó a conocerse como heráldica.

Diez millones de blasones

Con el tiempo, los blasones pasaron a extenderse por toda la sociedad, desde la corte real hasta los artesanos más humildes. En el catálogo de Bellenville, que data del siglo xiv, constan más de mil trescientos escudos representativos de toda Europa. Entre los siglos xvi y xviii, llegan a identificarse ¡casi diez millones!4

«El bien es difusivo por sí mismo», reza el antiguo adagio. En efecto, ¿qué «publicidad» se hizo para que los escudos heráldicos se propagaran por Europa? Parece que su proliferación se debe simplemente al espíritu maravilloso y «maravillable» de aquellas gentes. Si nuestra sociedad —digámoslo a modo de paréntesis— pusiera de moda esa búsqueda de la sacralidad y de la perfección, hasta en las cosas aparentemente superfluas, tan propia de las almas inocentes, quizá no habría perdido cierta alegría y dignidad que caracterizaron la vida de antaño.

Lamentablemente, si «el abuso no impide el uso», al menos lo desgasta. Con el tiempo, la heráldica se convirtió en un escaparate de vanidades, donde los nobles alardeaban de sus linajes y se jactaban de sus proezas. Pero el Omnipresente ya no tenía cabida en ella…

Tal era el escudo confeccionado en el siglo xix por Richard Plantagenet, marqués de Chandos, compuesto por nada menos que setecientos diecinueve cuarteles, símbolos de su ascendencia.5 De las representaciones de los nobles ideales de otrora, se pasó a la extravagancia, que, de tan exagerada, perdió su significado más profundo.

Pero ¿tiene hoy la heráldica alguna utilidad?

El escudo de armas de Dios

El león alado, el águila bicéfala: he aquí dos imágenes fascinantes que sólo existen en la heráldica. Sin embargo, hay una figura mucho más mítica y trascendente, y fue ésta la que Dios eligió para sí.

Hubo quienes intentaron confeccionar un escudo de armas imaginario que pudiera pertenecer a la Santísima Trinidad.6 Pero, muchos siglos antes, el propio Señor ya había tallado su emblema: la cruz.

«Los católicos tomaron la cruz —subraya el Dr. Plinio— como signo de honor, como símbolo de lo más sagrado y lo más santo. Y en ello se pueden percibir tres manifestaciones de los tiempos de fe: la cruz colocada sobre las coronas; la cruz como signo heráldico de los más altos galardones de las familias de la alta aristocracia; la cruz puesta como insignia de las condecoraciones».7

Empuñemos, pues, como ufanos defensores de la fe, ese escudo de armas divino, del cual pende el propio Jesucristo, a manera de estandarte con el que Él invistió a cada uno de sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc 9, 23). 

Notas:


1 Cf. Demouy, Patrick. Le sacre du Roi. Histoire, symbolique, cérémonial. Estrasburgo: La Nuée Bleue, 2016, p. 46.

2 Corrêa de Oliveira, Plinio. Reunión. São Paulo, 25/5/1983.

3 Cf. Pastoreau, Michel. Heraldry. Its Origins and Meaning. Londres: Thames and Hudson, 2004, p.58.

4 Cf. ibid., pp. 20; 25; 55.

5 Cf. Messía de la Cerda y Pita, Luis F. Heráldica española. El diseño heráldico. Madrid: Edimat, 1998, p. 21.

6 Cf. Pastoreau, op. cit., p. 86.

7 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 14/9/1965.