El fraude convive con la humanidad desde la caída en el Paraíso: el pecado original surgió precisamente mediante un embuste de la serpiente, y sus estragos no terminaron ahí… Tras reírse Sara de la promesa divina de que daría a luz un hijo en su vejez, le mintió a Dios excusándose de haber cometido semejante ligereza (cf. Gén 18, 10-15). Los hermanos de José engañaron a Jacob al sugerirle que su hijo predilecto había sido devorado por una bestia (cf. Gén 37, 33). Por último, el propio deicidio tuvo por precio la impostura de Judas, el traidor por antonomasia.
Si endémica resulta la farsa a lo largo de la historia, no menos universal parece la aversión hacia ella. Célebre es la sentencia de San Agustín: «Muchos he tratado a quienes gusta engañar; pero que quieran ser engañados, a ninguno» (Confesiones. L. X, c. 23, n.º 33). Existen, por supuesto, muchos niveles de distorsión de la verdad. La peor de todas es, sin duda, la de índole religiosa, pues, como comenta en otra obra, constituye «la mentira capital, y primera que hay que evitar» (Sobre la mentira, c. xiv, n.º 25).
Bajo ese prisma, el 14 de julio de 1269, Santo Tomás de Aquino hizo una predicación sobre el siguiente pasaje del Evangelio de San Mateo: «Guardaos de los falsos profetas; vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» (7, 15-16). Este sermón se conoce por el incipit latino del primer versículo: Attendite a falsis prophetis.1
¿Cómo reconocer a un falso profeta?
La intención del Aquinate con esta predicación es clarísima: advertir a los oyentes contra las insidias de los malhechores, en particular contra la especie más nociva de éstos: los falsos profetas. Así pues, para entenderlos mejor, empieza por definir la naturaleza del verdadero profeta.
El término profeta tiene cuatro acepciones: 1) la persona objeto de la revelación divina; 2) el que comprende las cosas reveladas; 3) el que recita las cosas reveladas; 4) el que realiza milagros, como Eliseo, quien ya muerto «profetizaba» (cf. Eclo 48, 14), es decir, «realizaba milagros proféticos» (1.2.4). Cristo mismo era tenido por profeta por los judíos en virtud de los prodigios que obraba (cf. Lc 7, 16).
Una vez establecido este patrón, ¿cómo identificar entonces a un falso profeta? El Doctor Angélico ofrece cuatro criterios de falsedad: de la doctrina, de la inspiración, de la intención y de la vida.
Ante todo, los falsos profetas no enseñan, sino que engañan. La auténtica profecía, en cambio, se centra en la verdad. Al tergiversarla, el heresiarca Arrio ganó adeptos, con la pretensión de «corregir» la propia doctrina de Cristo (cf. 1.3.1). Ahora bien, ¿cuántos, en la historia y hasta en nuestros días, no han seguido esas mismas sendas, al difundir una moral antagónica al Evangelio? ¡Falsos profetas!
Los seudoprofetas son, además, relativistas: «afirman que el bien es el mal y que el mal es el bien» (1.3.1). Aquí el Aquinate no se refiere solamente a los propagandistas del error descarado, sino también a los sutiles maquilladores de la verdad, que obran según su conveniencia personal. Es el caso de quien profiere un falso elogio para minimizar los logros reales del prójimo, o de quien, bajo una interpretación adulterada de la vocación consagrada, «impide que otros entren en la vida religiosa» (1.3.1). Se trata de una «errónea y pestilencial doctrina» (Contra retrahentes, c. xvi).
La falsedad de la inspiración constituye, asimismo, un evidente indicio para el discernimiento de la profecía. Esto ocurre cuando el sujeto ya no es movido por el divino Paráclito, sino por el diablo —como señala Jeremías: «Los profetas profetizaban por Baal» (Jer 2, 8)— o por su propio espíritu, conducta duramente reprendida por el Señor: «¡Ay de los profetas insensatos que siguen su propio espíritu y no ven nada!» (Ez 13, 3, Vulg.).
Desde esta perspectiva, Santo Tomás desenmascara a los bufones autoproclamados sabios: repiten con arrogancia las elucubraciones de los sofistas, menoscabando al mismo tiempo la fe. ¡Falsos profetas! Despreciándolos, el Aquinate asevera: «Una viejecita de hoy sabe más sobre las cosas que conciernen a la fe que todos los filósofos de antaño» (1.3.2.b).
En cuanto a la intención, el juicio se muestra severo. El afán de lucro, la búsqueda de ventajas temporales o el deseo de fama son señales inequívocas de embuste, como la maquiavélica artimaña de Simón el Mago (cf. Hch 8, 9-24). El Doctor Angélico compara ese pecado con el adulterio, pues tal disimulación adultera la Palabra de Dios.
Por último, a diferencia de Cristo, que «obró y enseñó desde el principio» (Hch 1, 1), el falso profeta «enseña una cosa, pero vive otra» (1.3.4). La conducta del verdadero profeta siempre es congruente con su mensaje.
Pieles de oveja: insidias de los falsos profetas
Los falsos profetas se disfrazan con pieles de oveja para ocultar su malicia bajo la máscara de la virtud. Con este ardid, «engañarán a muchos» (Mt 24, 5), llegando incluso a formar una «generación mala» (Mt 16, 4).
Mientras las verdaderas ovejas escuchan la voz del Buen Pastor (cf. Jn 10, 27), las impostoras se revisten de apariencia de santidad. Su propósito es claro: embaucar a los buenos. Para ello, se valen de cuatro «pieles» ficticias: la adoración, la justicia, la penitencia y la inocencia.
Con la «piel» de la adoración, los lobos caracterizados como ovejas usurpan el sitio del Pastor. Como aspiran a ser vistos por los hombres en sus oraciones (cf. Mt 6, 5), acaban exigiendo para sí el culto exclusivo a Dios; por consiguiente, bien pueden ser llamados «falsos cristos» (Mt 24, 24).
La «piel» de la justicia tiene las costuras del modelo farisaico, que exige un escenario donde pavonearse: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos. […] Cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas» (Mt 6, 1-2).
La «piel» de penitencia es un remedo de virtud, pura exterioridad. El ayuno no sirve para la mortificación de la carne ni para el progreso espiritual, sino para la exhibición pública. Conviene proceder con circunspección, pues «puede ser motivo de jactancia el hecho de que una persona vista un atuendo más humilde de lo que exige su estado» (2.2.3). El orgullo no se cubre solamente con suntuosas vestiduras, sino que puede disfrazarse de falso pauperismo bajo apariencia de austeridad.
Finalmente, está la «piel» de la inocencia. Los lobos aparentan pureza, pero son como «sepulcros blanqueados, […] llenos de huesos de muertos y de podredumbre» (Mt 23, 27).
Los lobos son hipócritas: ¿cómo desenmascararlos?
El hipócrita es un depredador: al igual que el lobo persigue al rebaño, aquel saquea los bienes del cuerpo y del alma. La saña lupina se muestra despiadada: busca dispersar a las ovejas (cf. Jn 10, 12), sin escatimar esfuerzos para apresarlas; su voracidad es insaciable (cf. Hch 20, 29).
La principal precaución de la oveja consiste en el discernimiento, cuya regla de oro nos legó el divino Maestro: «Por sus frutos los conoceréis». Si «el fruto del Espíritu es amor, alegría y paz» (Gál 5, 22), el fruto de esas fieras sólo puede ser la podredumbre. En ellas no reside la caridad, sino la ambición desenfrenada: siempre quieren los primeros puestos (cf. Mt 23, 6).
Además, «de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mt 12, 34). Las palabras de esos charlatanes son un reflejo de su interior. Puede que incluso digan verdades y pronuncien discursos elocuentes, pero tarde o temprano se les caerá la máscara.
La jauría del mal, siempre al acecho para embaucar a los incautos, es reconocible por sus obras. Se delata por la agitación y la impaciencia, pues, como enseña el libro de los Proverbios, «en las ganancias del impío no hay más que inquietud; […] la doctrina del hombre se conoce por la paciencia» (15, 6; 19, 11, Vulg.).
Los lobos con piel de oveja seguirán existiendo hasta la venida definitiva de Cristo. «Harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, a los elegidos. ¡Estad atentos!, que os he prevenido de todo» (Mc 13, 22-23). Si ingentes son las maquinaciones de estos falsos profetas, aún mayores deben ser los antídotos para combatirlas. Por nuestra parte, todo se define por la fidelidad: «La victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1 Jn 5, 4).
Notas:
1 La división del texto se basa en la traducción publicada en: Lumen Veritatis. São Paulo. Año X. N.º 38 (ene-mar, 2017), pp. 101-117.