En los remotos tiempos en los que «la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados»,1 surgió un ideal supremo, envuelto en los esplendores del mito y encarnado en varones y damas que, con virtudes y epopeyas, escribieron algunas de las páginas más bellas de la historia. Benditos días, en que los niños crecían bajo el encanto de maravillosos relatos de guerreros que partían hacia tierras lejanas, dispuestos a sacrificar la vida en defensa de los más débiles, luchando incluso contra terribles dragones.2

Para la mentalidad moderna, extremadamente materialista, lo mítico sería sinónimo de lo falso. Del mismo modo, debido a la creciente incapacidad para comprender el lenguaje simbólico, hoy se suele asociar el término fantasía a una confusa amalgama de imágenes y tramas, en un contexto a menudo gnóstico, lascivo, egocéntrico y desconectado de la realidad.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que los antiguos vivían inmersos en un ambiente intrínsecamente religioso, lleno de símbolos que, según comenta el Dr. Plinio,3 son tanto más artísticos cuanto más expresan el fondo de la realidad, distanciándose al mismo tiempo de sus apariencias.

Se trataba de un mundo en el que la poesía4 desempeñaba un papel mucho más central de lo que uno pueda imaginar y, como fruto de la contemplación de esferas superiores, se desarrollaba en las más variadas expresiones artísticas, las cuales, en el ámbito del lenguaje, daban forma a los mitos y leyendas. Éstos eran auténticas parábolas vinculadas directamente a realidades tanto espirituales como materiales —en sentido histórico, moral o puramente metafísico—, interpretables desde diferentes perspectivas y con diversas aplicaciones, incluso prácticas,5 sirviendo en algunos casos de vehículo para evocar la primavera de la inocencia infantil.

Al dejar atrás las sombras del paganismo, correspondió a los bardos — poetas épicos de antaño— enriquecer el imaginario de la cristiandad naciente, difundiendo la luz de sublimes figuras como la de Carlomagno y sus doce pares. Y la Santa Iglesia no tardó en elevar a la honra de los altares a aquellos que, fieles al espíritu de la auténtica caballería, abrazaron el sacrificio de sí mismos hasta las últimas consecuencias.

Así, alcanzando una cumbre de sublimidad, resplandeció en la misma frente la corona terrenal junto con la diadema de las virtudes más excelsas, y a los votos del religioso se sumó el de no retroceder nunca en el campo de batalla.6 Encarnando la leyenda y superando toda ficción, resplandecieron las órdenes de caballería, junto a figuras como las de un San Luis, rey de Francia, un Cid Campeador, una Santa Juana de Arco, ¡y tantos otros!

El ideal del verdadero heroísmo se plasmó en un código de caballería que, fundamentado en la fe católica, asumió como objetivo supremo el deber de luchar por la gloria de Dios. En consecuencia, del sagrado espíritu que de ahí emanaba surgieron ceremonias de un refinamiento artístico nunca antes alcanzado, que impregnaron todos los estratos sociales y repercutieron durante los siglos posteriores en todos aquellos que reivindicaban un título nobiliario.7

Pero… al soplar los primeros vientos del Humanismo, el deseo de luchar en favor de la Santa Iglesia y del bien común se vio empañado por fines románticos, cada vez más egoístas, lo que llevó a la caballería a un triste ocaso. A pesar de ello, hasta hace poco se calificaba de caballero a quien —en una vaga reminiscencia de su verdadero origen— aunaba en sí la fuerza y la delicadeza, manifestando un trato cordial y refinado, propio del varón de fe.

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Desde la más remota Antigüedad, existe una relación de correspondencia entre la moralidad de las civilizaciones y sus mitos, ya que éstos representan, a veces de forma hipertrofiada, el objeto de su admiración y, en consecuencia, las más audaces aspiraciones, temores y tendencias del alma humana. Consciente de esta realidad, afirmaba el sabio romano Séneca: «Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz, por medio de ejemplos».8

Y… ¿qué queda hoy en día de esos arquetipos? ¿Qué modelos son ensalzados en nuestra sociedad como punto de referencia para las nuevas generaciones? En nuestro mundo neopagano y globalizado, los medios de comunicación y las diversiones masivas se han aprovechado del fenómeno psicoespiritual de la imitación para promover ideologías, tipos humanos y costumbres cada vez más alejados del modus vivendi cristiano. A cada uno le corresponde preguntarse: ¿Por qué ejemplos me dejo influir? ¿A qué tipos humanos les permito manipular a mis hijos, tan susceptibles a esas impresiones? ¿Quiénes son, en definitiva, sus héroes?

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Christianus alter Christus: el arquetipo absoluto de todo ser humano no es otro sino Dios hecho hombre. Junto a Nuestro Señor, también figuran como modelos los que se configuran plenamente con Él.

Los verdaderos héroes son, por tanto, aquellos que imitaron al Caballero por excelencia, Jesucristo crucificado, vencedor de las tinieblas, de la muerte y del pecado. Solamente el sublime e incomparable ideal de santidad puede forjar una sociedad de la que surjan almas sedientas de imitar al Redentor, participando así del único heroísmo auténtico: el heroísmo de la cruz. 

Notas:


1 León XIII. Immortale Dei, n.º 9.

2 El dragón era considerado una manifestación del mal, concepción de fundamento bíblico. Encontramos ejemplos de ello en el poema épico del héroe escandinavo Beowulf o en leyendas protagonizadas por santos, como la lucha de San Jorge contra el dragón, que simboliza el triunfo del cristianismo sobre el paganismo.

3 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. «Símbolos, fantasia e realidade». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año IV. N.º 42 (set, 2001), p. 34.

4 La palabra poesía proviene del latín poesis, y ésta, a su vez, del griego ποίησις (poiesis), que significa creación o producción.

5 Véase: Bucklow, Spike. The Alchemy of Paint. London: Marion Boyars, 2009. En este libro se explica cómo las recetas de pigmentos medievales, sin dejar de ser enteramente prácticas, sólo pueden entenderse desde una cosmovisión mítica de la realidad, procedente del pensamiento tradicional.

6 Como ocurrió con algunos miembros de antiguas órdenes de caballería.

7 Un claro ejemplo de ello es la armería heráldica, que no era un privilegio de los nobles, ya que su uso se extendió a los oficios más humildes, siendo accesible a quien quisiera.

8 Séneca, Lucio Anneo. Ad Lucilium epistulæ morales, VI, 5.