Tal plenitud de gloria iluminó su rostro que ya casi no se podía distinguir su fisonomía de la luz de Dios. Su Corazón se dilató tanto de amor que su cuerpo no pudo resistirlo… Un éxtasis la llevó a la eternidad, y durmió en el Señor. […]
El tránsito del estado pasible al glorioso no significó para María Inmaculada una ruptura desgarradora en su ser, como ocurre con el común de los hombres.
Desde su nacimiento, había mantenido un trato constante e intenso con los espíritus angélicos; y más marcada aún se manifestó la convivencia con su Hijo, el Verbo encarnado, que nunca cesó, ni siquiera después de la Ascensión.
A medida que transcurrían los años, nuevos universos de gracias y de dones resplandecían en su alma, pues su conocimiento y su amor a Dios, aunque siempre plenos, eran susceptibles de crecimiento. En cierto momento, la fe dio paso a la visión y subió a los Cielos plenísima de virtudes y de gloria; en suma, plenísima de la Santísima Trinidad.