En la educación de un niño, el movimiento desempeña un papel importante, pues el niño tiene una necesidad natural de consumir sus propias energías: correr, saltar, jugar. Doña Lucilia procuraba orientar adecuadamente las inclinaciones de sus hijos para que la vulgaridad no se apoderara de su espíritu, ni siquiera a través de aspectos tan cotidianos como los juegos infantiles.
Paseos germánicamente saludables…
Casi siempre era Fräulein Mathilde Heldmann, la institutriz alemana de Plinio y Rosée, quien los acompañaba en sus paseos, unas veces al Parque Antárctica, otras al Jardín de la Luz, lo cual hacía metódicamente, muy en consonancia con el modo de ser germánico, obligando en ocasiones al niño a hacer un poco de ejercicio, pues no era muy dado a grandes esfuerzos físicos. Plinio corría lo mínimo indispensable para evitar mayores complicaciones con la institutriz y poder así volver a sus pasatiempos favoritos, como, por ejemplo, contemplar el bello colorido de las mariposas, que jugaban con los rayos de sol y revoloteaban despreocupadamente entre el arbolado del parque.
En otras ocasiones, cuando iba a pasar temporadas en el balneario de Águas da Prata, en el interior del estado de São Paulo —muy recomendado por los médicos para aliviar problemas hepáticos—, Dña. Lucilia llevaba consigo a sus hijos.
Ni siquiera allí descuidaba la Fräulein los paseos, aunque Dña. Lucilia se mostrara a veces temerosa ante el exceso de celo de la institutriz. No obstante, tras oír las razones que ésta le daba, terminaba asintiendo, no sin cierta inquietud, con temor a que los niños no soportasen tanto esfuerzo. Pero eso ni se le pasaba por la mente a la dedicada alemana. Llevaba a los pequeños de la mano, uno a cada lado, y allá iba contenta, subiendo con paso decidido por las colinas de los alrededores. Estaba convencida de que un buen ejercicio sólo sería beneficioso para la salud de sus pupilos, tanto más cuanto que el aire de las alturas era excepcionalmente puro.
Si bien los niños demostraban a veces poco entusiasmo por esas caminatas, Dña. Lucilia procuraba compensar el necesario sacrificio con su maternal afecto. Así, para ellos, la estancia en Águas da Prata no carecía de entretenimientos más apetecibles, el mejor de los cuales era la compañía de su madre, que allí adquiría un colorido propio al hilo de la lectura de las historias de Bécassine...
En Águas da Prata, Bécassine
Con el fin de proporcionarle a Rosée una buena lectura, Dña. Lucilia se había suscrito, para alegría de su hija, a una revista infantil francesa titulada Semaine de Suzette. Ésta publicaba por entregas las historias de Bécassine, una pintoresca e ingenua campesina bretona, de escasa inteligencia, pero a la que no le faltaba una gran dosis de sentido común.
En las historietas entraba un sinfín de otros personajes, representativos de los diversos tipos humanos de la sociedad francesa de la época. Uno de los más interesantes era, sin duda, Madame la Marquise de Grand-Air, señora de un hermoso château, también en Bretaña, a quien Bécassine servía con fidelidad y dedicación desde muy joven. Asimismo, destacaba la simpática figura del oncle Corentin, característico «notable» de la pequeña localidad de Clocher-les-Bécasses.
El episodio era narrado por medio de dibujos en color dispuestos en viñetas, acompañados de su correspondiente texto, lo que hacía muy atractiva su lectura para los niños. En la actualidad, estudiosos franceses de sociología admiten que esas ilustraciones, atribuidas al ingenio y la pluma del commandant Pinchon, tienen el valor de auténticos documentos científicos.
Sin embargo, lo que más apreciaban los pequeños oyentes eran los comentarios que, con fino tacto psicológico, Dña. Lucilia intercalaba en la lectura, hecha por cierto en francés para que perfeccionaran una lengua que, según ella, toda persona culta y educada debía hablar como segundo idioma. Unas veces elogiaba la buena actitud adoptada por alguien, sacando de ahí una lección moral; otras, describía las costumbres de Francia y las normas de etiqueta, para que sus hijos aprendieran poco a poco a desenvolverse en sociedad.
Entretenidas horas de convivencia
El amor materno no conoce límites, y Dña. Lucilia nunca consideraba excesivo el tiempo que dedicaba a la educación de los pequeños, aunque fuese en perjuicio de su comodidad personal.
Durante las primeras temporadas en Águas da Prata, Dña. Lucilia se hospedaba con su familia en el Hotel Costa, donde ocupaban tres habitaciones contiguas. La vida en aquella estación termal, entonces lejana, del interior del estado de São Paulo era diferente de la que la familia llevaba en la capital, sobre todo para los niños. Éstos quedaban un tanto libres de las obligaciones y lecciones impartidas por la Fräulein, y disponían de más tiempo para estar con Dña. Lucilia.
La pequeña localidad parecía como disuelta en las vastas extensiones rurales de aquella bucólica región, cercana a Poços de Caldas. El hotel era un establecimiento acogedor y tradicional, pero de construcción tan antigua e inadecuada que desde la calle se podía ver el interior de las habitaciones, pues las ventanas quedaban muy bajas. Por eso, Dña. Lucilia mantenía las persianas venecianas cerradas, pues, debido a sus frecuentes indisposiciones hepáticas, pasaba largos períodos acostada.
Después de la siesta de los niños, hacia media tarde, éstos solían ir a la habitación de su madre, mantenida en penumbra, rasgada por discretos hilos de luz que se colaban por las rendijas de las ventanas. Abrían la puerta muy despacito, encendían la lámpara de noche, uno de ellos se recostaba junto a Dña. Lucilia, pasaba el brazo por encima de la almohada y, con la Semaine de Suzette ya en la mano, le preguntaba:
—Mi bien, ¿comentamos Bécassine?
Sus hijos conservaron una profunda nostalgia de aquellas largas horas de ininterrumpida convivencia, mientras el sol, filtrado por las persianas, se iba apagando poco a poco hasta dar paso a la oscuridad de la noche, sin que Dña. Lucilia mostrara en ningún momento cansancio ni diera a entender a los niños que habían llegado a deshora.
Redobladas manifestaciones de cariño
En una ocasión, se invirtieron los papeles. Plinio enfermó en Águas da Prata y tuvo que guardar cama. Todas las tardes, Dña. Lucilia, con el fascículo de Bécassine en las manos, iba hasta la habitación de su hijo y, sentándose a su lado, le comentaba largamente las pintorescas aventuras de la simpática campesina bretona. Con sus delicados dedos, pasaba despacio las páginas de la revista, mientras su melodiosa voz revestía de oro las descripciones ante los ojos del niño.
A pesar de todos los desvelos de Dña. Lucilia, la enfermedad de su hijo no remitía. Comenzó con un dolor de garganta, después apareció una erupción cutánea y, por último, el médico ya no sabía qué hacer. Esto bastó para que ella redoblara sus muestras de cariño, quedándose la mayor parte del tiempo junto a Plinio, con el fin de hacerle menos tedioso el lento discurrir de las horas.
No cabe duda de que tan agradable compañía hacía correr ligeras las agujas del reloj, y así transcurrieron diez inolvidables días.
Pero aquel paraíso se vio bruscamente interrumpido por el Dr. João Paulo, quien, a pesar de los temores de Dña. Lucilia, optó por una drástica medida: envolvió a su hijo en una manta y, junto con la familia, tomó un tren rumbo a São Paulo. Al bajar en la estación de la Luz, comprobaron que la enfermedad había desaparecido como por encanto.
Extraído, con adaptaciones, de: Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 212-216.