Elogiado por la Sagrada Escritura como «santo profeta» y «fiel a los ojos del Señor» (Eclo 48, 23.25, Vulg.), Isaías es reconocido por la larga duración de su vida pública y por el rico contenido de sus escritos. Considerado el primero de los cuatro profetas mayores del Antiguo Testamento, fue un varón clave en la historia hebrea y un ardiente anunciador de la salvación mesiánica. Su nombre, muy acertadamente, significa Dios salva.

Como es propio de la vocación profética, sus vaticinios trascienden el contexto inmediato de su tiempo: se aplican a Nuestro Señor Jesucristo y a la obra redentora realizada por Él, así como a la trayectoria de la Santa Iglesia. Sus profecías arrojan luz, incluso, sobre los días en que vivimos.

Una reflexión en profundidad acerca de su vida y misión nos ayudará a comprender mejor sus escritos, frecuentes en las lecturas de la santa misa y de la liturgia de las horas, y nos revelará la grandeza de los planes que Dios ha trazado para la humanidad.

Profeta de la esperanza

Hijo de Amós (cf. Is 1, 1; 2, 1), Isaías nació hacia el 770-760 a. C. Sus escritos y sus indicaciones precisas sobre Jerusalén dan a entender que era originario de la capital de Judá, ya que denotan una elevada formación cultural, difícil de adquirir en ciudades más pequeñas. Su ministerio profético comenzó durante el reinado de Ozías; en el 740 a. C. —año de la muerte del monarca—, el joven profeta, de unos 20 años, ya ejercía su misión en Jerusalén, y se prolongó durante los reinados de Jotán, Ajaz y Ezequías.1

Isaías vivió en una época convulsa de la historia hebrea: la crisis siro-efraimita y la invasión de Teglatfalasar III,2 rey de los asirios. En su tierra, los judíos se encontraban en un estado de gran relajación moral y religiosa. En este contexto, la predicación del profeta adopta dos vertientes: el aliento dado al pueblo frente a sus enemigos, con la promesa de la venida del Salvador —éste es el período de las profecías sobre el Enmanuel, el «Dios-con-nosotros» (Is 7, 14; cf. Mt 1, 20-23)— , y la vehemente reprensión por su estado de desamor al Señor.

Isaías se refiere a Dios, de manera enfática, como «el Santo de Israel» (Is 10, 20), para exhortar al pueblo a ser santo como Él es santo. En sus oráculos, el Señor es presentado revestido de majestad, entronizado como Rey del universo y Juez de las naciones, y en particular, del pueblo elegido.

Entre palabras de temor y esperanza, el profeta reanima a los hijos de David, convocándolos a seguir las sendas de la virtud; pero no vacila en anunciar la ruina de Israel y de Judá como consecuencia necesaria de sus infidelidades. En el tercer capítulo de su libro, por ejemplo, profetiza la anarquía que se instauraría en Judá con motivo de la invasión de los babilonios: «Mirad que el Señor, Dios de los ejércitos, aparta de Jerusalén y de Judá apoyo y sustento: todo sustento de pan, todo sustento de agua, el héroe y el guerrero, el juez y el profeta, el adivino y el anciano, el capitán y el notable, el consejero, el experto en magia, y quien sabe de encantamientos. Les daré adolescentes por príncipes, serán gobernados por muchachos» (Is 3, 1-4).

Vaticinios eternos

Ésa fue, a grandes rasgos, la coyuntura histórica de la actuación de Isaías. Sin embargo, al leer sus escritos, se advierte que Dios tenía un designio más amplio con la predicación del profeta. Sus palabras ofrecen dos claves de interpretación: una relativa al tiempo en que vivía; la otra, orientada al futuro.

El comienzo de su misión profética es un ejemplo de ello. En una visión mística, un serafín toca sus labios con una brasa y lo envía a profetizar. El mensajero celestial le ordena anunciar que, como castigo divino, las ciudades del pueblo elegido quedarían desiertas, las casas vacías y los terrenos abandonados (cf. Is 6, 11). Y concluye diciendo: «Y si aún quedara una décima parte, también sería exterminada. Como una encina o un roble que, al talarlos, sólo dejan un tocón. Ese tocón será semilla santa» (Is 6, 13).

Este pasaje, además de aplicarse a la situación concreta de los hebreos en aquel momento, guarda una profunda relación con la futura fundación de la Santa Iglesia. Nuestro Señor Jesucristo estableció su Iglesia a partir del «resto de Israel» (Jer 31, 7), la «décima parte», considerada como su pueblo elegido y convertida en «semilla santa», para echar raíces por toda la tierra.

Otro oráculo isaiano se refiere claramente a la figura del Mesías y de la Iglesia.

El profeta se dirige a Sobná, mayordomo de palacio, y le anuncia que sus poderes serían transferidos a Eliaquín, hijo de Esquías (cf. Is 22, 15-22), afirmando que éste vestiría su túnica y se ceñiría su banda. Por último, profetiza: «Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá» (Is 22, 22).

San Jerónimo3 comenta que el nombre Eliaquín significa Dios resurgente o resurrección de Dios. El Santo Doctor relaciona la expulsión de Sobná del ministerio con la transición de la Antigua Alianza a la Iglesia católica, en la que se encuentra la confesión de la verdadera fe. Esa llave la cargó el Salvador sobre sus hombros hasta la cima del Gólgota, y así nunca podrá «cerrarse» lo que Él obtuvo al precio de su sangre, es decir, el perdón de los pecados y los demás frutos de la Redención.

Amenaza contra el sacerdocio hebreo

Esa misma profecía continúa advirtiendo sobre el ocaso de la autoridad sacerdotal hebrea. Al comienzo de la perícopa, Dios ordena: «Preséntate ante aquel que habita en el Tabernáculo» (Is 22, 15, Vulg.), y describe la imagen de una estaca hincada en un sitio firme, símbolo de estabilidad y honor. Luego anuncia: «Ese día —oráculo del Señor de los ejércitos— se debilitará la estaca clavada en lugar seguro, se partirá y la carga que soportaba caerá y se destruirá» (Is 22, 25).

Una vez más encontramos las palabras de Isaías coronadas por dos significados paralelos, pues esta profecía también se cumple, y quizá incluso con más propiedad, en el anuncio de que los Apóstoles sacudieran el polvo de los pies ante el rechazo de la predicación en el nombre de Jesús (cf. Mt 10, 14), así como en la lamentación del Salvador ante la Ciudad Santa: «¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han sido enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido. Pues bien, vuestra casa va a quedar desierta. Os digo que a partir de ahora no me veréis hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 23, 37-39).

«Se revelará la gloria del Señor»

Igualmente elocuentes son los pasajes en los que el profeta exhorta a los israelitas a tener confianza, prometiendo la intervención divina en los acontecimientos a su favor. Sus descripciones trascienden la cronología inmediata y se alinean, con admirable precisión, con la fundación de la Santa Iglesia: el nuevo «linaje elegido» y la «nación santa» (1 Pe 2, 9) que, unida por un solo bautismo y una sola fe, se convertiría en signo visible de la gloria de Dios entre las naciones, llevando al mundo entero el gozo de la salvación y el perdón de los pecados.

En este sentido, resulta incomparable la llamada rebosante de esperanza que abre el capítulo 40, inmortalizada por los primeros compases del oratorio El Mesías, de Georg Friedrich Händel: «“Consolad, consolad a mi pueblo — dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”. Una voz grita:“En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos —ha hablado la boca del Señor—”» (Is 40, 1-5).

Isaías, una profecía viva

Una característica distintiva de la función profética, observada también en personajes como Oseas, es que la vida del profeta constituye un tejido de signos simbólicos. Dios no sólo habla a través de Isaías, sino que hace que se encarne, en su propia trayectoria personal y familiar, la esencia de su mensaje. El profeta se convierte, él mismo, en una profecía viva.

Un ejemplo de esto fueron los nombres que Isaías dio a sus dos hijos. Uno de ellos se llamaba Sear Yasub, que significa un resto volverá (cf. Is 7, 3), promesa que se repite varias veces en sus profecías en relación con una porción escogida del pueblo elegido que sobreviviría al castigo divino y sería fiel al Señor.

El otro hijo se llamaba Maher Salal Has Baz, que significa botín rápido, saqueo veloz (cf. Is 8, 1). Respecto a él, Dios le dijo al profeta: «Ponle por nombre “Pronto al saqueo-Presto al botín”, porque antes de que el niño sepa decir “papá” y “mamá”, las riquezas de Damasco y el botín de Samaría serán llevados ante el rey de Asiria» (Is 8, 3-4).

Sin embargo, mucho más que en la onomástica de sus descendientes, fue en su propia vida donde Isaías personificó sus profecías, por lo que padeció y por el cumplimiento íntegro de la voluntad divina. En sus escritos encontramos el famoso oráculo del siervo sufriente, figura interpretada por la exégesis cristiana como el Mesías. El Señor quiso triturarlo con sufrimientos expiatorios, asegurándole una descendencia duradera y llevando a buen término los designios de Dios (cf. Is 53, 10).

El profeta no sólo previó este misterio, sino que anticipó el viacrucis de su Señor. De hecho, al recorrer un camino de fidelidad inquebrantable, sufrió persecuciones que culminaron en el martirio: según la tradición, fue serrado por la mitad por orden del rey Manasés, hacia el año 668 a. C. Cumplió así plenamente su vocación, proclamando las glorias del Salvador casi ocho siglos antes de que Él naciera. 

Notas:


1 Cf. Schuster, Ignacio; Holzammer, Juan B. Historia Bíblica. Exposición documental fundada en las investigaciones científicas modernas. Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1934, t. i, pp. 630-631.

2 Teglatfalasar III inició una campaña militar contra Siria, Fenicia y Palestina. Siria e Israel (denominado Efraín, por ser ésta la tribu más influyente del reino del norte) intentaron atraer al reino de Judá a su alianza para liberarse del pago de ciertos tributos, pero Ajaz, rey de Judá, se negó. Por eso Siria e Israel invadieron Judá. La crisis siro-efraimita fue, por tanto, la situación resultante de dichos enfrentamientos militares.

3 Cf. San Jerónimo. Comentario a Isaías. L. VII, n.º 306.