Al ser arrebatado en un torbellino de fuego, Elías arrojó su capa sobre Eliseo, el discípulo fiel. El manto, al caer a los pies de su sucesor, simbolizaba la transmisión de la doble porción del espíritu del maestro. Así, Elías no moría: como el sol, simplemente comenzó a brillar en nuevos horizontes, pues «quedó en Eliseo la plenitud de su espíritu» (Eclo 48, 13, Vulg.).

Malaquías, el último de los doce profetas menores, al concluir sus profecías, predice acerca de los últimos tiempos: «Os envío al profeta Elías, antes de que venga el Día del Señor, día grande y terrible» (3, 23).

San Juan Bautista vino «delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías» (Lc 1, 17). El propio Jesús dijo que veía en él a «Elías, el que tenía que venir» (Mt 11, 14). Y además anuncia otro profeta de igual estatura: «Elías vendrá» (Mt 17, 11).

*     *     *

Al meditar estos pasajes, surge una ineludible conclusión: existe la transmisión de un espíritu de Elías que, como preciosa herencia, pasa misteriosamente de generación en generación.

¿Qué cadena une, por encima del tiempo, a hombres tan distantes en una emblemática y mística descendencia espiritual que, utilizando una expresión del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, podríamos denominar filón eliático? 1

Volvamos al patriarca de la familia.

El Carmelo, la nube y la promesa

Irrumpiendo como un connubio entre la llama y la tormenta, Elías hizo caer fuego tres veces y precipitó a los reyes a la ruina (cf. Eclo 48, 3.6). Ahora bien, por paradójico que parezca, fue el primer devoto de María. Cuando ascendió al monte Carmelo para implorar a Yahvé el fin de una gran sequía —símbolo de la humanidad que espera la Redención—, divisó una nubecilla que presagiaba una lluvia abundante. En esa pequeña señal vislumbró a la propia «Virgen Madre de Dios, quedando por esto la institución profético-monástica del Carmelo enteramente orientada hacia María».2

En esa misma cima, el Tesbita estableció profetas para que le sucedieran (cf. Eclo 48, 8), no sólo a Eliseo, sino también a muchos otros discípulos que vivían en comunidad, allí donde había sido prefigurada la Madre del Salvador. Por entonces, puede decirse que los «hijos de San Elías practicaban aquello que parece ser la flor de la piedad eliática: la esclavitud a Nuestra Señora».3

Juan el Bautista vino a confirmar el aspecto mariano de este simbólico filón. En todo semejante a los profetas del Carmelo —virgen, asceta y habitante de los montes y los desiertos, vivió «siguiendo el ejemplo de Elías y Eliseo»4—, los superó, sin embargo, en intimidad con la Virgen prometida. Al oír su voz, fue santificado por Ella (cf. Lc 1, 44).

El espíritu de María

Contemplado ese filón desde una perspectiva profética y marial, todo se aclara. La cadena que une a personajes tan dispares en torno a un mismo espíritu sólo puede ser la de los esclavos y devotos de la Santísima Virgen; ellos se lo entregan todo y Ella se les da por entero. El espíritu de Elías se presenta así como el propio espíritu de Nuestra Señora, presente y actuante en sus hijos predilectos: «El espíritu de María es el de la santa esclavitud».5

El filón eliático es depositario del espíritu de la Virgen en aquello que más caracteriza a un profeta: la mediación entre el Altísimo y los hombres, el «celo por la gloria de Dios, agilidad de águila para la contemplación divina y santa cólera contra los demonios».6 Se trata, por así decirlo, de la prolongación histórica de la presencia de María, «una inmensa veta que, vista en su conjunto, acaba presentándose ante nosotros como una unidad de hombres que se tocaron unos a otros al menos con la punta del dedo».7

Pues bien, tal presencia de Nuestra Señora ya se respiraba en esta tierra de exilio antes incluso de que Ella naciera.

A la espera de la Prefigurada

En el filón marial, Noé reflejó a la Reina universal al «invocar la ira misericordiosa y justiciera de Dios»;8 al convertirse en padre de una nueva humanidad, profetizó a la Madre de los redimidos.

Otros personajes, como Melquisedec y Rebeca, representarían diversos matices de la luz que habría de ser María, en los momentos de mayor decadencia del género humano. Serían el puente de la fidelidad tendido sobre aquellos abismos: ya fuera Noé bajo las olas del diluvio, Melquisedec en un escenario politeísta o Elías durante la apostasía de Israel… cada cual profetizó en el desierto la llegada triunfal de la «Nubecilla».

Secreto custodiado a lo largo de los siglos

Llegó entonces la «plenitud de los tiempos» (Gál 4, 4). Y el filón, cual glorioso y estrecho istmo, se encontró con el continente que anhelaba: María. Al fin, aquella cadena sagrada que había enlazado misteriosamente a los profetas de la Virgen Madre vincularía, a plena luz del día, a sus esclavos de amor.

San Juan Evangelista, por la misión que Jesús le encomendó en la cruz de acoger a María en su casa (cf. Jn 19, 27), aparece como el primer responsable de esta epifanía. En esos momentos de intimidad filial, cabe pensar que la Madre de la Iglesia le confiara los secretos de su corazón, en particular respecto a una relación más cercana con Ella, más tarde llamada esclavitud de amor. Se inició entonces, a lo largo de la historia, un movimiento de especial enternecimiento entre quienes se pusieron bajo el patrocinio de Nuestra Señora.

Por citar un ejemplo remoto, en la oración mariana más antigua, el Sub tuum praesidium, se aprecia el cántico del alma de un siervo que se pone en manos de su Señora: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!».

Si abrimos, además, la hagiografía del siglo x, hallaremos otro ejemplo. En una capilla solitaria, San Odilón, abad de Cluny, se consagraba perpetuamente como esclavo de la Virgen gloriosa.9

Pasando por San Bernardo, Santa Catalina de Siena y muchos otros sagrarios de esta especial devoción, podemos descubrir, ya en el siglo xviii, a «un hombre de fuego, dotado del espíritu y la fuerza de Elías: San Luis María Grignion de Montfort».10 A él le correspondía proclamar a los cuatro vientos el secreto custodiado por el filón marial: «hacerse esclavo amoroso de la Santísima Virgen, a fin de ser, de este modo, más perfectamente esclavo de Jesucristo».11

Hasta el fin del mundo

Después del Apóstol de María, ¿se extinguió aquella estirpe de la Virgen que la perpetúa en los momentos de mayor catástrofe moral? No.

En el mismo libro en el que revela dicha esclavitud, San Luis también profetiza quiénes serían los postreros eslabones de la cadena marial: «Éstos serán los verdaderos apóstoles de los últimos tiempos. […] Llevarán sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, el crucifijo en la mano derecha y el rosario en la izquierda. […] He aquí los grandes hombres que han de venir y que María formará, por orden del Altísimo, para extender su imperio sobre el de los impíos».12

Sólo así se explica que, según los Padres de la Iglesia, Elías «vendrá en el segundo advenimiento del Salvador».13 Será su espíritu —o, mejor dicho, el espíritu de los esclavos de María— el que se enfrentará al anticristo (cf. Ap 11, 3-12).

Pero, como «muchos anticristos han aparecido» (1 Jn 2, 18), no es posible que la Madre y Señora desampare a sus hijos y devotos.

Por eso, «en la convulsionada época en que vivimos, semejante a una noche profunda, debemos pedir la gracia de que ese espíritu de Elías vuelva a brillar sobre el mundo».14 ²

Notas:


1 Cf. Clá Dias, EP, João Scognamiglio. El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2016, t. iii, p. 316.

2 Fanti, Bartolomé; Xiberta, OCarm, M. La fiesta de la Virgen del Carmen, apud López Melús, OCarm, Rafael María. El profeta San Elías. Padre espiritual del Carmelo. Onda: Amacar, 1986, p. 138.

3 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 20/7/1983.

4 Fanti, Bartolomé; Xiberta, OCarm, M. La fiesta de la Virgen del Carmen, apud López Melús, OCarm, Rafael María. El profeta San Elías. Padre espiritual del Carmelo. Onda: Amacar, 1986, p. 138.

5 Lhoumeau, Antonin. La vie spirituelle à l’école du Bienheureux L.-M. Grignion de Montfort. 4.ª ed. Tours: Alfred Mame et Fils, 1920, p. 221.

6 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Lima: Heraldos del Evangelio, 2020, t. iii, p. 56.

7 Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. Amparo, 26/2/1966.

8 Clá Dias, ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres, op. cit., p. 52.

9 Véase el artículo «En el cuerpo, libre por el milagro; en el alma, por la esclavitud», de esta edición.

10 Clá Dias, ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres, op. cit., p. 105.

11 San Luis María Grignion de Monfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 75.

12 ibid., n.º 58-59.

13 San Jerónimo. Comentarios al Evangelio de San Mateo, L. III, c. 17: PL 26, 124; cf. San Agustín de Hipona. Epístola 193, c. iii, n.º 5.

14 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. «La fuerza de la predestinación eterna». In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Lumen Sapientiæ, 2013, t. vii, p. 85.