¿Qué es un carisma?
El Nuevo Testamento nos confirma la presencia, en las diversas comunidades cristianas, de carismas y ministerios suscitados por el Espíritu Santo. Recurriendo al catecismo de la Iglesia católica, es posible entender qué son los carismas:
«Son dones especiales del Espíritu Santo concedidos a cada uno para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y, en particular, para la edificación de la Iglesia» ( Compendio , n.º 160).
Basándonos en el catecismo, podemos entender que la pluralidad de carismas nace en la comunión:
«En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo “reparte gracias especiales entre los fieles” para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Cor 12, 7)» (n.º 951).
Los carismas son una de las mayores gracias que Nuestro Señor les da:
«Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo» (n.º 799).
«Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo; los carismas constituyen tal riqueza siempre que se trate de dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo y que se ejerzan de modo plenamente conforme a los impulsos auténticos de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad, verdadera medida de los carismas (cf. 1 Cor 13)» (n.º 800).
«La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias especiales, llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio (cf. LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (cf. 1 Cor 12)» (n.º 2003).
¿Cómo discernir el carisma?
San Pablo, en su primera carta a los Corintios, establece el criterio fundamental para discernir un carisma, un criterio que podría definirse como «cristológico»: un carisma no es auténtico si no impulsa a proclamar que Jesucristo es el Señor (cf. 1 Cor 12, 1-3).
¿Cuál es el carisma de los Heraldos del Evangelio?
El carisma al que están llamados los Heraldos del Evangelio es actuar con perfección en la búsqueda de la pulcritud en todos los actos de la vida cotidiana. Recordando siempre que Nuestro Señor Jesucristo ordenó: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
El carisma de los Heraldos del Evangelio nos enseña, por la gracia, que esta llamada a la perfección no se limita a los actos interiores, sino que debe exteriorizarse en todas las actividades, de modo que reflejen mejor el rostro de Dios en nosotros y en el mundo.
Cada heraldo, para mayor gloria de Dios, debe revestir de sacralidad sus acciones cotidianas, ya sea en la intimidad de su vida privada, ya sea en público, en la obra evangelizadora, en la relación con los hermanos, en la participación en la liturgia, en las actuaciones musicales y teatrales, o en cualquier otra circunstancia.
Este compromiso con la perfección cristiana significa abrazar la verdad, practicar la virtud y hacerlo con pulcritud y belleza como elementos de santificación.
En este sentido, san Juan Pablo II, en su carta a los artistas del 4 de abril de 1999, nos recuerda la oportuna enseñanza del Concilio Vaticano II:
«Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une a las generaciones y las hace comunicarse en la admiración».