En este párrafo, el catecismo enseña que el Salvador ejerce su misión profética no sólo por medio de los ministros ordenados, sino también a través de los laicos, quienes, por el bautismo, se incorporan a Nuestro Señor y participan de su triple función: la sacerdotal, la profética y la regia.

¿Qué significa participar de la función profética de Cristo? Siguiendo el ejemplo de los antiguos profetas y el modelo supremo del divino Redentor, el laico ejerce dicha función en dos aspectos complementarios.

Primero, le corresponde proclamar los derechos de Dios y la plena obediencia que a Él se le debe. Al exhortar a sus contemporáneos a la conversión, promueve el reinado de Cristo en los corazones y en toda la sociedad.1

En segundo lugar, para alcanzar tales objetivos, esa misión se lleva a cabo mediante la denuncia de los obstáculos, en particular, el pecado. Como subraya el catecismo, «a los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero».2 Es necesario deshacer el equívoco de que el profeta es un mero vidente del futuro; en realidad, como atestiguan las Escrituras y las hagiografías, la esencia del profetismo consiste en traducir la «voz de Dios» al presente, señalando el error y exhortando a los hombres a la conversión.

He aquí un verdadero y auténtico programa de vida. Aunque las circunstancias de su actuación en el siglo son innumerables, hay dos ámbitos que revisten una transcendencia capital en la vida «profética» de los laicos:

1) El testimonio de coherencia en el entorno social: el laico glorifica a Dios al observar los mandamientos en el tejido de las relaciones cotidianas. El anuncio más elocuente es la integridad, es decir, la armonía entre el discurso y la conducta, como exhorta San Juan: «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3, 18).

2) El testimonio en la Iglesia doméstica: en el seno de la familia, el laico ejerce su profetismo al edificar un hogar impregnado de fe y piedad. En él debe reinar la caridad mutua entre los cónyuges, de la que emanará el buen ejemplo para los hijos, a fin de que aprendan a ser sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14).

Los profetas, como mensajeros predilectos del Altísimo, fueron ante todo varones de profunda oración. En el coloquio íntimo con el Señor, recibieron luces para discernir la verdad y la fuerza para proclamarla. De manera análoga, sólo mediante las súplicas asiduas —especialmente por la intercesión de la Reina de los Profetas— y la frecuentación de los sacramentos, recibirán los laicos las gracias necesarias para que su vida secular sea acorde con su vocación profética, como auténtico eco de la Palabra de Dios. 

Notas:


1 Cf. Pío XI. Quas primas, n.º 34.

2 CCE 1488.