Deseoso de proporcionar descanso a los discípulos, Nuestro Señor navega por el mar de Galilea, dirigiéndose con ellos a un lugar desierto, cerca de la ciudad de Betsaida Julias. Pero la muchedumbre no les permitirá descansar: tras partir de Cafarnaúm y de las localidades vecinas, recorre en poco tiempo una distancia de aproximadamente diez kilómetros y llega antes que ellos. Cuando Jesús desembarca, se ve rodeado.1

¿Qué hace Él? «Se compadeció» y «curó a los enfermos» (Mt 14, 14). Si recordamos que había «unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños» (Mt 14, 21), podemos imaginar la animación que bullía en aquellos momentos: enfermos cargados por sus familiares, súplicas en alta voz, gritos de júbilo tras las curaciones, emoción, lágrimas, brazos alzados al cielo…

Mientras tanto, caía la tarde. En medio del intenso ajetreo, el cansancio de los Apóstoles debía de estar al borde del agotamiento, y quizá por eso le dijeron a Jesús: «Estamos en despoblado —¿acaso creían que Él no se había dado cuenta?— y es muy tarde —¿imaginaban que había perdido la noción del tiempo?—, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida» (Mt 14, 15).

¿Qué habrán pensado de la respuesta? No olvidemos que ésa fue la primera multiplicación de los panes. Nadie podía imaginar cómo resolvería el Maestro aquella situación: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16). ¡Qué actitud tan hermosa, noble y cariñosa! Meditemos en estas palabras del Salvador.

Desde tiempos inmemoriales se mantiene cierta costumbre social que rige el proceder de las personas al hacer una visita o recibirla: los anfitriones jamás toman la iniciativa de despedir a los visitantes, pues es el invitado quien decide cuándo retirarse. ¿Educación y cortesía? Sí, pero, sobre todo, práctica de la caridad. El dueño de la casa se encuentra en una situación que, en cierto modo, nos recuerda la de Dios, a quien todos acuden para recibir sus beneficios, como afirma el salmo de este domingo: «Es cariñoso con todas sus criaturas. […] Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo» (144, 9.15).

¿Cuándo nació esa costumbre? Probablemente nunca lo sabremos, pero podemos conjeturar que fue allí, en el desierto de Betsaida: el divino Anfitrión no quiso despedir a sus visitantes, sino que los retuvo junto a sí, preparándoles una nueva manifestación de su ternura. Cristo mismo daba uno de los primeros ejemplos de civilización… cristiana.

De este pasaje del Evangelio podemos, pues, sacar:

—Una convicción: Nuestro Señor jamás nos despedirá ni rechazará nuestras peticiones. El Sagrado Corazón palpita de compasión por nosotros y nos concederá su ayuda en superabundancia, a la manera del pan multiplicado, del cual quedaron «doce cestos llenos de sobras» (Mt 14, 20).

—Un propósito: ¡busquemos a Jesús con toda confianza! Él espera nuestra visita, no sólo en la comunión sacramental, sino también en la custodia o en el sagrario, desde donde nos inundará con la efusión de su misericordia. Nos aguarda en el confesionario para «curar a los enfermos», limpiando nuestras almas de toda la miseria del pecado.

Junto a Él se encuentra María Santísima, celestial anfitriona, por cuyas manos maternales llegará siempre hasta nosotros el inagotable torrente de la gracia y del perdón. 

Notas:


1 Cf. Tuya, OP, Manuel de. Biblia comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, t. v, pp. 337-338.