En el año 64 se desató la primera gran persecución contra los cristianos. Quien profesara la fe en Nuestro Señor Jesucristo podía ser arrojado a las fieras en las arenas, quemado vivo en los jardines imperiales, asesinado en las calles o crucificado para diversión del populacho. La Iglesia hubo entonces de refugiarse en las entrañas de la tierra, en catacumbas excavadas para albergar cadáveres y todo cuanto debía ocultarse de la luz del día. Al fin y al cabo, eran los únicos lugares relativamente seguros donde los fieles podían dar sepultura a los mártires y reunirse para orar. En aquellos tenebrosos subterráneos, los católicos asistían a la renovación del santo sacrificio iluminados por lámparas de aceite y velas de cera.
Estas luces solían colocarse en el suelo, a los pies del altar; una práctica litúrgica que probablemente se mantuvo durante toda la Alta Edad Media, hasta que, en la primera mitad del siglo xi, los candelabros empezaron a colocarse sobre la propia mesa sagrada. Todavía hoy se prescribe que al menos dos velas iluminen el altar durante la misa, y pueden llegar a siete si el celebrante es el obispo diocesano (cf. Instrucción general del Misal Romano, n.º 117).
Además de simbolizar a Cristo, Luz del mundo, y el fuego de la caridad que Él enciende en nosotros por su gracia, las llamas nos recuerdan que la Santa Iglesia vio sus albores bajo tierra, entre los cuerpos de los mártires y el ardor de la fe de los católicos perseguidos.