Sicut Augustinus dicit —«como dice Agustín»— se convirtió en una expresión frecuente en la pluma de Santo Tomás de Aquino. El obispo de Hipona es citado cerca de tres mil veces en la Suma Teológica. Numerosos documentos del magisterio eclesiástico y tratados dogmáticos también se basan en la doctrina de quien es, sin duda, una de las mayores lumbreras de la teología. Tesis audacísimas han atravesado incontestadas los siglos, debido únicamente a la autoridad de quien las formuló. Sin embargo, quizá menos comentado que el Augustinus dicit sea el Augustinus vixit

¿Cómo vivió? ¿Cómo enseñó a vivir? Dotado de una gran inteligencia y de una capacidad de amar no menor, San Agustín mantuvo su modo de vivir en consonancia con su modo de pensar. Mientras vivía entregado a las pasiones, siguió la herejía de Mani; al abrazar con fervor la verdadera doctrina, ¿cómo pasó a vivir?

Su existencia podría analizarse bajo muy distintos aspectos: desde profundos estudios filosóficos hasta minuciosos análisis de su proceso espiritual, pasando por reflexiones sobre la omnipotencia de la ternura materna en oración. En todo ello, el santo sería un paradigma. Pero limitémonos a uno de sus legados más elocuentes, reflejo de cada etapa de su itinerario: cómo organizó su modo de vivir.

En las sendas del pecado

Tagaste era una pequeña ciudad de Numidia, en el África proconsular. Hoy se llama Souk Ahras y se encuentra en el extremo oriental de Argelia, junto a la frontera con Túnez. Allí nació Agustín el 13 de noviembre de 354, heredando de su padre, Patricio, algo de la cultura romana y de su madre, Mónica, una semilla de fe católica y de vida cristiana. No obstante, según las costumbres de la época, no recibió el bautismo en la infancia.

Patricio se dedicaba con gran celo a la educación del muchacho, proveyéndole de todo lo que pudiera permitirle establecerse bien en el mundo. Con todo, «este mismo padre —lamenta Agustín— nada se cuidaba entre tanto de que yo creciera ante ti o fuera casto, sino únicamente de que fuera diserto, aunque mejor dijera desierto, por carecer de tu cultivo, ¡oh Dios!».1

Durante sus estudios en Madaura y Cartago, así como durante un período de ocio en Tagaste, el joven se fue entregando a los vicios, unas veces por vanidad y otras incluso por malicia, a pesar de las advertencias de su madre: «Hubo un tiempo de mi adolescencia en que ardí en deseos de hartarme de las cosas más bajas, y osé ensilvecerme con varios y sombríos amores. […] No guardaba modo en ello, yendo de alma a alma, como señalan los términos luminosos de la amistad».2

Aproximadamente un año después de su llegada a Cartago, en el año 370, le nació un hijo, Adeodato, fruto de una unión pecaminosa, en cuyos lazos permaneció Agustín durante muchos años.

A pesar de ello, y quizá gracias ya a las oraciones de Santa Mónica, la lectura del Hortensius, de Cicerón, despertó en su alma el deseo de buscar la sabiduría. Tal anhelo lo llevó incluso a la Sagrada Escritura, que, lamentablemente, rechazó enseguida por lo que consideraba una simplicidad de estilo.3

Adhesión al maniqueísmo

Con amplitud de miras, Agustín buscó una doctrina que justificara su vida a merced de las pasiones desenfrenadas.4 Se adhirió entonces a la herejía de los maniqueos y se entregó a ella con tal ímpetu que arrastró consigo a su benefactor, Romaniano, y a un compañero que seguiría sus pasos tanto en el error como en la conversión: Alipio.

Durante nueve años permanecería Agustín extraviado de la fe, aumentando con su conducta las lágrimas y las oraciones de su madre. Ésta, al acudir a un obispo para pedirle que intentara reconducir a su hijo por el buen camino, oyó esta respuesta: «Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas».5

Huida a Italia

Al concluir sus estudios, ni Tagaste ni siquiera Cartago satisfacían al nuevo maestro, que ya reunía a su alrededor un grupo de discípulos. Agustín resolvió irse a Roma, el centro del mundo, para alcanzar fama. Su madre sufrió aún más ante esa determinación y, previendo el desastre moral que supondría el cambio, decidió acompañarlo. Él, no obstante, había urdido otros planes y, engañándola cruelmente, huyó: «Como rehusase volver sin mí, apenas pude persuadirla a que permaneciera aquella noche en lugar próximo a nuestra nave, la Memoria de San Cipriano. Mas aquella misma noche me partí a hurtadillas sin ella, dejándola orando y llorando».6

Ya en Roma, Agustín obtuvo del prefecto Símaco el nombramiento para la cátedra de retórica de Milán, por entonces ciudad imperial, adonde marchó con sus discípulos. Sin embargo, esta vez no era Agustín quien hacía realidad sus anhelos… sino la Providencia la que trazaba los planes para responder a las lágrimas de su madre.

El encuentro con la sabiduría

Agustín se trasladó a Milán ya completamente decepcionado con el maniqueísmo, que había sustituido por el escepticismo filosófico. Pero algo —o, mejor dicho, alguien— lo llevó a preferir la doctrina católica.

Un santo varón llamado Ambrosio ocupaba la sede episcopal de esa ciudad y su sabiduría llegaba a los fieles a través de la elocuencia de sus palabras, acompañadas de la belleza de la liturgia, de los himnos y de los salmos. Santa Mónica —que, siguiendo los pasos de su hijo fugitivo, también había cruzado el Mediterráneo— enseguida entabló amistad con aquel prelado y, por las oraciones y la santidad de ambos, la gracia comenzó a ganar terreno en aquella alma tan endurecida como amada.

Asistiendo a los oficios en la catedral y, sobre todo, analizando la persona de San Ambrosio, Agustín intuía haber encontrado por fin la sabiduría, no de forma abstracta y conceptual, sino plasmada en la vida; e incluso se deleitaba contemplando al obispo mientras trabajaba. Había dado el primer paso; no obstante, la conversión definitiva aún tardaría en llegar.

Refiriéndose a San Ambrosio, recuerda: «Lo cierto es que a mí no se me daba tiempo para interrogar a tan santo oráculo tuyo, que era su pecho, sobre las cosas que yo deseaba, sino cuando sólo podía darme una respuesta breve, y mis inquietudes requerían mucho tiempo y dedicación en aquel con quien las había de conferir, cosa que nunca hallaba».7

Fascinación por la vida monástica

Si la lectura de Plotino, traducido al latín por Mario Victorino, le ayudó en cierta medida a refutar los errores maniqueos, fue principalmente en las epístolas de San Pablo donde Agustín encontró la verdad revelada y se disiparon sus dificultades doctrinales.

Acudió entonces a Simpliciano, un venerable anciano a quien el propio Ambrosio consideraba como un padre. Éste había tenido la alegría de acompañar el proceso de conversión del traductor de las obras de Plotino y de asistir, junto con toda la ciudad de Roma, a su solemne profesión de fe y a la consiguiente renuncia a la cátedra de retórica, hechos que relató con detalle.

Al oír estas narraciones, un intenso deseo de imitarlo invadió el alma de Agustín, pero su voluntad, debilitada por las pasiones, aún no era libre para hacerlo…

En otra ocasión, un dignatario imperial llamado Ponticiano fue a visitarlo. Al ver las cartas paulinas sobre la mesa del profesor de retórica, se sintió movido a hablarle de los prodigios de un nuevo género de vida iniciado por Antón y que ya se había extendido por Europa, incluso en Milán.

Ponticiano hasta llegó a contar un episodio singular: dos amigos íntimos suyos, tras visitar una de aquellas incipientes comunidades, habían decidido dejarlo todo para seguirlos; y sus prometidas, al enterarse de lo ocurrido, también abrazaron la virginidad.

La valentía de esos jóvenes bastó para despertar en Agustín una profunda vergüenza por su cobardía ante las pasiones carnales. Una gran lucha interior se apoderó de él, pues la flaqueza de su voluntad se debatía con la razón y se negaba a obedecerla como lo hacían sus miembros.

En su alma estalló «una tormenta enorme, que encerraba en sí copiosa lluvia de lágrimas»,8 la cual sólo amainó cuando, ya casi desesperado, se dirigió al jardín y abrió la Biblia en el siguiente pasaje del Apóstol: «Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos» (Rom 13, 13-14). Las tinieblas de la duda se desvanecieron y la luz de la certeza penetró en su corazón.

Rompiendo de inmediato con su carrera y con su compromiso matrimonial contraído unos años antes por influencia de su madre, Agustín se inscribió entre los catecúmenos y, en la vigilia pascual del 387, comenzó una nueva vida por medio de las aguas regeneradoras del bautismo, acompañado por su fiel amigo Alipio y por su hijo Adeodato.

Durante su preparación, Agustín se retiró con los suyos a Cassiciacum, donde llevó una vida de estudios y convivencia comunitaria. Una vez hecho cristiano, decidió regresar a África y allí ser consecuente con la fe que había abrazado.

Fue en el puerto de Ostia, mientras esperaban el barco que los llevaría a su tierra, cuando Santa Mónica, sintiendo cumplida su misión al ver que su hijo no sólo era católico, sino que incluso estaba dispuesto a hacerse religioso, entregó serenamente su alma a Dios.

Una vida de perfección

En los escritos del Santo Doctor no es difícil vislumbrar la grandeza de un alma que no conocía la mediocridad ni las medias verdades. Así como, alejado de Dios, había llegado a los extremos de las pasiones y, como corolario, de la herejía, una vez abrazada la gracia llevaría su vida al extremo de la perfección, permitiendo que ésta modelara no sólo su pensamiento, sino también su modo de vivir.

Su fascinación por la vida monástica queda descrita en una de sus primeras obras apologéticas, De moribus Ecclesiæ, compuesta poco después de su bautismo, durante el tiempo que estuvo en Roma tras las exequias de su madre.

Dirigiéndose a la Iglesia católica, observa: «Herencia tuya es también […] esa multitud de hombres hospitalarios, caritativos, misericordiosos, sabios, castos y santos, muchos de los cuales están abrasados del amor de Dios hasta tal punto, que, en su perfecta continencia e increíble desprecio del mundo, son sus verdaderas delicias la soledad».9 Y, arremetiendo contra sus antiguos compañeros de secta, contra quienes redacta la obra, exclama: «Abrazad vosotros, ¡oh maniqueos!, esas costumbres y esa admirable pureza de los cristianos perfectos, que creen un deber sagrado no sólo la alabanza de la castidad, sino también su práctica. […] Porque ¿a quién de vosotros está oculta esa multitud de cristianos, que cada día es mayor, diseminada por todo el mundo, principalmente en el Oriente y en Egipto, que viven una vida de suma continencia?».10 Al describir las diversas actividades de los religiosos, Agustín concluye diciendo: «Estas costumbres, esta vida, este orden, estas instituciones, aunque quisiera y fuera mucha mi elocuencia, no podrían ser elogiadas dignamente».11

Ése pasa a ser su ideal de vida. Al llegar a Tagaste, transforma la casa paterna en una comunidad religiosa, a la que se incorporan muchos de sus discípulos.

«Vix monachus bonus…»

Agustín pensaba abrazar para siempre la vida de recogimiento. Sin embargo, su virtud y sabiduría atrajeron la atención de Valerio, obispo de Hipona, y pese a su renuencia, fue ordenado sacerdote en el 391 y obispo coadjutor en el 395.

Gran perplejidad: hasta entonces, la vida monástica había parecido incompatible con la actividad pastoral. No obstante, el santo logró «unificar estrechamente la vida de clérigo y la vida de monje», y llevar a cabo la «simbiosis estudio-contemplación-apostolado»,12 añadiendo quizá un grado más de perfección a ambas formas de vida. «Entre todas las formas del antiguo monacato, la agustiniana es la que más explícitamente subraya la unión de la vida ascética con el sacerdocio ministerial y, por lo mismo, el consiguiente empeño en el estudio continuo de la ciencia sagrada. […] El sacerdocio es una cosa tan grande, que un buen monje —así pensaba San Agustín— apenas puede darnos un buen clérigo: vix monachus bonus facit bonum clericum».13

Para ello, organizó un monasterio-seminario en el que los más preparados eran elegidos para el sacerdocio.14 En poco tiempo, varias diócesis de África tenían al frente a clérigos formados en ese ambiente: «Unos diez santos y venerables varones, continentes y muy doctos, […] envió San Agustín a petición de varias iglesias, algunas de categoría. Y ellos también, siguiendo el ideal de aquellos santos, dilataron la Iglesia, y fundaron monasterios; […] no sólo por todas las partes de África, sino también por ultramar».15

Rigor en la observancia de la regla

Con tanta seriedad cuidaba de aquellos sacerdotes que lamentó profundamente que uno de ellos, al morir, dejara testamento legando sus bienes. Entristecido al ver cómo desatendía así el compromiso de pobreza evangélica asumido ante Dios, el obispo, que entonces tenía 71 años, reunió a su clero y, tras exponerles el caso, afirmó que cambiaría su decisión de ordenar únicamente a clérigos de vida comunitaria, para que no hicieran un voto y luego no fueran capaces de cumplirlo.16

El mal ejemplo sirvió para avivar su entrega y, en el siguiente sermón, Agustín exclamaría con aún mayor vehemencia: «Del mismo modo que afirmé que no quitaría el clericato a quien quisiese permanecer aparte y vivir de lo suyo, así ahora afirmo que, puesto que, con la ayuda de Dios, les plugo a ellos esta vida común, a quien encuentre viviendo en la hipocresía, a quien le halle poseyendo algo propio, no le permitiré hacer testamento, sino que lo borraré de la lista de clérigos. Apele contra mí a cien concilios; navegue contra mí adondequiera; hállese ciertamente donde pueda; el Señor me ayudará para que él no sea clérigo donde yo soy obispo».17

El obispo de Hipona también se ocupó de la formación de una comunidad femenina, dirigida por su propia hermana. Fue al escribirles en el año 423 cuando redactó el texto por el que su regla ha llegado hasta nosotros, precedido de sabias palabras de advertencia contra el espíritu de rebelión.18

Al definir los principios de la vida monástica —como la pobreza, la oración, el ayuno, la obediencia y la castidad—, la regla contiene este consejo lleno de sabiduría que tanto cautivó al fundador de los Heraldos, Mons. João: «Cuando salgáis, id juntos; cuando regreséis, quedaos juntos. En vuestra conducta, en vuestro porte, a lo largo de todos vuestros desplazamientos, que nada en vosotros ofenda la mirada de nadie, sino que todo sea conforme a la santidad religiosa».19

En la observancia de esa regla vivió durante treinta y cinco años como obispo-abad, predicando, sosteniendo numerosas controversias y disputas contra los herejes donatistas y pelagianos, participando en varios concilios y escribiendo numerosas obras, que suman un total de noventa y seis títulos, todos ellos revisados por él antes de su muerte.

Los vándalos llevaban ya tres meses sitiando Hipona cuando el Santo Obispo entregó su alma a Dios en el año 430. Los bárbaros lo destruyeron todo en el África romana, pero el ejemplo de vida de San Agustín, sus escritos y su regla atravesaron los siglos, conocieron un renouveau en el siglo xiv y llegaron hasta nuestros días; señalan a los clérigos y a los hombres de todos los tiempos un ideal de perfección, de entrega y de santidad, y revelan la verdadera profundidad de su sabiduría.   

Notas:


1 San Agustín. «Confesiones». L. II, c. 3, n.º 5. In: Obras. 7.ª ed. Madrid: BAC, 1978, t. ii.

2 Ibid., c. 1-2.

3 Cf. ibid., L. III, c. 4; c. 5, n.º 9.

4 Cf. Gobry, Ivan. Saint Augustin. Paris: Le Grand Livre du Mois, 2004, p. 30.

5 San Agustín, op. cit., L. III, c. 12, n.º 21.

6 Ibid., L. V, c. 8, n.º 15.

7 Ibid., L. VI, c. 3, n.º 4.

8 Ibid., L. VIII, c. 12, n.º 28.

9 Idem. «De moribus Ecclesiæ Catholicæ». L. I, c. 30, n.º 64. In: Obras. Madrid: BAC, 1955, t. iv.

10 Ibid., c. 31, n.º 65.

11 Ibid., n.º 68.

12 Álvarez Gómez, CMF, Jesús. Historia de la vida religiosa. Madrid: Publicaciones Claretianas, 1987, t. i, p. 340.

13 Turbessi apud Gutiérrez, OSA, David. Los agustinos en la Edad Media. Roma: Institutum Historicum Ordinis Fratrum S. Augustini, 1980, pp. 17-18.

14 Cf. San Agustín. Epistola LX.

15 Possidio. «Vita Augustini», c. xi. In: San Agustín. Obras completas. 4.ª ed. Madrid: BAC, 1969, t. i, p. 318.

16 Cf. San Agustín. Sermo CCCLV.

17 Idem. «Sermo CCCLVI». In: Obras completas. Madrid: BAC, 1985, t. xxvi, p. 268.

18 Cf. idem. Epistola CCXI.

19 Gobry, op. cit., p. 158.