Moisés, el incomparable profeta, pastor incansable de Israel, infalible transmisor de la Revelación divina y artífice de la liturgia hebrea divinamente instituida, no poseía, sin embargo, el singular poder confiado al Príncipe de los Apóstoles. Tampoco la Sinagoga recibió la promesa de inmortalidad concedida a la Iglesia católica.

El pontificado, conferido a Pedro, está dotado de tal autoridad y de tantos dones que quizá aún no se hayan manifestado plenamente en toda la fuerza de su ministerio, superando incluso los milagros obrados por Moisés. Mientras éste obtenía de Dios, mediante la oración, cuanto necesitaba, Pedro actúa como quien, por así decirlo, «impone» al Altísimo sus decisiones, respaldado por el poder de las llaves del que ha sido investido.

Se trata de un privilegio exclusivo y de una inmensa responsabilidad para el Papa, garantía de la permanencia de la Iglesia y de la validez de los sacramentos para la salvación de las almas. De hecho, San Agustín1 subraya que el Príncipe de los Apóstoles fue el único que mereció oír las palabras del Redentor: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Es sorprendente que el poder de las llaves fuera otorgado por Dios a Pedro para el bien de la Iglesia, y no conferido por la Iglesia a Pedro y sus legítimos sucesores, como bien lo describe Cornelio a Lapide.2 Sin duda, la Santa Iglesia Católica ha necesitado y sigue necesitando esa promesa de inmortalidad, como lo atestigua su historia bimilenaria, tantas veces convulsa, marcada por una sucesión de 266 pontífices, incluyendo 83 Papas santos —31 de ellos mártires—, pero también, por contraste, otros 35 antipapas.3

En cierta ocasión, el Dr. Plinio imaginaba así el sencillo comienzo de un día más del gran pontífice San Pío X:

«Toda Roma duerme. […] El Papa se prepara y se dirige a la capilla, donde se dispondrá para el augusto sacrificio de la misa. Mientras camina hacia el Señor, renacen en su alma las preocupaciones de la víspera […]. Antes de entrar en el oratorio, se detiene y dirige la mirada a través de una de las grandes ventanas del Vaticano. Enfrente, los primeros fulgores del sol besan la imponente cúpula de la basílica de San Pedro. En la plaza vacía se alza el famoso obelisco, que siempre nos recuerda el lema de los cartujos: “La cruz permanece en pie mientras el mundo gira”. De las dos grandes fuentes que flanquean el obelisco se eleva el armonioso rumor de las aguas al brotar y caer en sus pilas. La luz del día comienza a reflejarse con mayor intensidad en la cúpula. Y el pontífice piensa: “¡La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana! ¡El papado!”. Y su ángel de la guarda le susurra en el alma: “¡Tu es Petrus!”».4

A lo largo de veinte siglos, desde el día en que Nuestro Señor confirió el papado al humilde pescador de Galilea, innumerables amaneceres se han sucedido sobre los pontífices que han gobernado la Iglesia y han sido testigos de la caída de incontables imperios y reyes que juraron destruirla. Las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia, porque no prevalecerán contra Pedro. 

Notas:


1 Cf. San Agustín. Sermo CCXCV, n.º 2.

2 Cf. Cornelio a Lapide. «Commentaria in Matthæum», c. xvi, n.º 19. In: Commentaria in Scripturam Sacram. Parisiis: Ludovicus Vivès, 1857, t. xv, p. 370.

3 Según las fuentes, existen ligeras discrepancias en las cifras.

4 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Esplendor áureo». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VIII. N.º 91 (oct, 2005), p. 42.