Corría el año 1494. El Tratado de Tordesillas dividía el orbe —tanto el ya descubierto como el aún por descubrir— en dos partes, asignando a Portugal y a España determinadas zonas de exploración y dando comienzo no sólo a la conquista, sino también a la evangelización del Nuevo Mundo.
En noviembre de 1499, el experimentado navegante Vicente Yáñez Pinzón —quien años antes había comandado la carabela la Niña en la primera expedición de Colón (1492)— zarpaba de España al mando de una flota de cuatro naves. Aquella audaz travesía rumbo al sur alcanzó por primera vez las costas de América Meridional.
Tras afrontar una fuerte tempestad, el 26 de enero de 1500 Pinzón arribó a un punto de la costa nordeste de Brasil — que los historiadores identifican con el cabo de Santo Agostinho, en Pernambuco, o con la punta de Mucuripe, en Ceará—, al que dio el nombre de Santa María de la Consolación. En cualquier caso, consciente de que esas tierras quedaban fuera del dominio español según la división establecida en Tordesillas, la flota puso rumbo al norte y pasó por el estuario del río Amazonas —al que Pinzón llamó Santa María de la Mar Dulce—, hasta alcanzar el extremo septentrional de la costa brasileña, junto a la desembocadura del río Oiapoque. Más tarde, la expedición partió hacia el Caribe.
Aunque la historiografía oficial reserva el título de descubridor de Brasil a Pedro Álvares Cabral, cuya armada arribó a la costa de Bahía el 22 de abril de 1500, la hazaña de Pinzón sigue constituyendo un capítulo fascinante de la historia. Sea como fuere, lo cierto es que el país siempre ha estado bajo la mirada maternal de la Santísima Virgen María.