A menudo relacionado con ritos esotéricos, adivinos, magia y ocultismo en el paganismo antiguo, el profetismo era una función oscura no sólo por la misteriosa atmósfera que lo rodeaba, sino también por la familiaridad con que quienes lo ejercían trataban con ciertas fuerzas ajenas al mundo visible. Así era como todos los pueblos de la Antigüedad se sometían a auténticos portavoces del demonio, servidores de religiones —unas más, otras menos— aterradoras e inhumanas.
Todos los pueblos… excepto uno: Israel, la raza elegida, el pequeño rebaño del Dios verdadero. Allí sí que había profetas de verdad.
Varones consagrados por entero a la misión de ser hombres-símbolo, portadores de los mensajes del Señor de los ejércitos, heraldos de castigos y recompensas, de reprensiones y promesas; en una palabra, hombres que personificaban, por así decirlo, el pensamiento y los deseos de Dios.
Basta con recordar a San Elías, profeta que surgió como fuego y cuyas palabras ardían como una antorcha. Tras haber precipitado a reyes a la ruina y haber sido «designado para reprochar los tiempos futuros, para aplacar la ira [del Señor] antes de que estallara, para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob» (Eclo 48, 10), no predijo nada, o casi nada, sobre el futuro. Sin embargo, en la transfiguración del Señor en el monte Tabor, aparecieron, como síntesis de todo el Antiguo Testamento, Moisés, representando la ley, y Elías, la profecía.
Así pues, quien recorre las páginas del Antiguo Testamento comprende que ser profeta es algo más que predecir el futuro.
La voz de Dios para su pueblo
La tradición cristiana llama profeta a aquel que habla en nombre de Dios, el intérprete por medio del cual Él comunica al pueblo sus designios y sus verdades.
Es lo que encontramos, por ejemplo, en el libro del Éxodo. A pesar de los diversos intentos por liberar a Israel del yugo egipcio, la esclavitud de los hebreos se recrudecía. Ante el fracaso, Moisés clama a Dios: «Soy torpe de palabra, ¿cómo me va a hacer caso el faraón?» (Éx 6, 30). Y el Señor le responde: «Mira, te hago ser un dios para el faraón; y Aarón, tu hermano, será tu profeta» (Éx 7, 1). Esta afirmación deja muy claro que el profeta es aquel que sirve de voz al Altísimo.
Más de la mitad de los libros del Antiguo Testamento narran acontecimientos relacionados con la vida de los profetas. La teología ha podido encontrar en ellos abundante material sobre el que fundamentar explicaciones acerca del profetismo, desconocidas a menudo hoy para gran parte de los católicos.
Parece apropiado, por tanto, abordar este tema tan amplio e importante, estudiándolo sobre todo a la luz de una gran lumbrera de la teología católica: Santo Tomás de Aquino.
El don de profecía en la pluma del Doctor Angélico
En primer lugar, debemos tener en cuenta que el don de profecía forma parte de aquellas gracias llamadas gratis datæ y se refiere tanto al conocimiento de hechos futuros como al discernimiento de espíritus y a los misterios que trascienden las verdades comunes de la fe.1
El Doctor Angélico divide la profecía en tres categorías: de predestinación, de presciencia y de conminación.
La primera se refiere a aquellos vaticinios que han de cumplirse necesariamente, pues Dios los ha dispuesto para tal fin; en ellos no influyen los actos de los hombres, ya que los designios divinos son inmutables. Consiste, en resumen, en una revelación de aquello que el Todopoderoso realizará. Como ejemplos, podemos recordar las profecías acerca de la venida del Mesías en el Antiguo Testamento.
Si en este tipo de profecía le es dado al individuo conocer lo que Dios hará, en la de presciencia contempla los acontecimientos futuros determinados por las decisiones de los hombres. Tal es el caso, por ejemplo, de los vaticinios sobre guerras o invasiones en tiempos de los reyes de Israel.
Por último, la profecía de conminación es aquella que anuncia las consecuencias de los actos presentes, sin descartar la posibilidad de que cambien si se produce la conversión y el arrepentimiento de los hombres. El anuncio de la destrucción de Nínive hecho por Jonás, que tuvo como resultado la contrición de los ninivitas, es un ejemplo típico de ese género de profecía. Así lo señala la Sagrada Escritura: «Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó» (Jon 3, 10).
No obstante, como hemos dicho anteriormente, el profetismo rebasa la mera consideración de los acontecimientos futuros y se extiende a todo aquello que es útil y necesario conocer para la salvación. El carisma profético juzga también, desde la perspectiva divina, las costumbres, las tendencias y las doctrinas. Sus juicios son infalibles, porque, al ser infundidos por Dios en el alma del profeta, no pueden contener error.2
Por esta razón, en el Antiguo Testamento los profetas permanecían siempre al lado de los monarcas: por encima de los reyes, los varones de Dios poseían el «criterio divino» para valorar infaliblemente los acontecimientos. Al soberano que acataba los consejos del profeta le eran concedidas las bendiciones del Cielo; al que desobedecía, no había calamidad que no pudiera sobrevenirle.
El profeta desempeñaba un papel central; era como la ley viva, el punto de referencia hacia el cual debía volverse toda la jerarquía del pueblo elegido para ser agradable al Señor. Por otra parte, en el Antiguo Testamento, tocar a un profeta era como tocar a Dios.
¿Sólo en el Antiguo Testamento?
El carisma profético en la Iglesia
Del mismo modo que solemos restringir el don de profecía a la simple predicción del futuro, igualmente tendemos a circunscribir la actuación de los profetas al período anterior a la encarnación del Verbo. En realidad, «la venida de Cristo a este mundo, lejos de eliminar el carisma de profecía, provocó, por el contrario, la expansión que había sido predicha. “¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!” (Núm 11, 29), deseaba Moisés».3
Esa confusión puede explicarse por el hecho de que normalmente asociamos la comunicación profética con grandes arrobos místicos, acompañados de visiones de seres misteriosos o imágenes de proporciones gigantescas, como las de los célebres pasajes veterotestamentarios. Ahora bien, Santo Tomás nos explica que «más excelente es la profecía cuanto menos necesita de la visión imaginaria».4 En otras palabras, el carisma profético es más perfecto cuanto más se expresan las verdades mediante pensamientos e inspiraciones y menos mediante imágenes materiales.
Era lógico que los profetas posteriores a la Redención fueran favorecidos preferentemente con esa forma superior de profecía. Sin embargo, poco se habla del carácter profético en la vida de la Iglesia, pese a ser muchas veces el punto en torno al cual se esclarecen grandes y complejas hagiografías: «Sería difícil comprender la misión de muchos de los santos de la Iglesia sin hacer referencia al carisma profético».5
El propio San Pablo reconoce esa centralidad del espíritu de profecía cuando afirma que la Iglesia, cuya piedra angular es Cristo, se asienta únicamente sobre dos pilares: los apóstoles y los profetas (cf. Ef 2, 20). Y ello porque el profeta «es el que sabe leer en la trama de los acontecimientos el designio de Dios, el que sabe interpretar el sentido religioso de los hechos».6
Como explica el cardenal Charles Journet, la Iglesia no sólo conoce el depósito revelado, sino que además recibe, por medio de los profetas, luces sobre la situación del mundo y el discernimiento de los espíritus. Ellos sabrán percibir, a la luz divina, los males de su época y prescribir los verdaderos remedios: «Mientras la masa parezca herida de ceguera, mientras incluso los mejores vacilen o anden a tientas, ellos irán directamente al blanco con un infalible y sobrenatural instinto».7
El profetismo no ha muerto
Contra el hecho de que el profetismo subsista en nuestros días, podría plantearse la siguiente objeción: los profetas de la Antigua Ley transmitían al pueblo las palabras que Yahvé quería dirigirle; no obstante, habiéndose encarnado el propio Verbo, ¿qué más tendría que decirle el Altísimo al mundo? Ya está todo dicho…
Es muy cierto. Pero la humanidad siempre ha necesitado —y hoy más que nunca— hombres y mujeres que actualicen el mensaje de Dios conforme a los problemas de cada época. Por eso, el Aquinate aclara que en ninguna etapa de la historia ha faltado en la Iglesia alguien dotado del espíritu de profecía para guiar la actividad humana según los designios del Creador.8
Así, apoyándose en la multisecular doctrina cristiana, Mons. João Scognamiglio Clá Dias explica que «además del profetismo oficial existente en el Antiguo Testamento, siempre ha habido, en la trayectoria bimilenaria de la Esposa Mística de Cristo, hombres y mujeres que, a semejanza de los profetas de antaño, fueron elegidos por Dios para influir en la humanidad según los designios del Altísimo. Son los fundadores y fundadoras de las órdenes religiosas; los santos y santas de singular relevancia, que dejaron una huella indeleble en la sociedad civil y religiosa de su época; los pontífices intrépidos que supieron ejercer con mano firme el poder que les había conferido el propio Cristo. Ya fueran clérigos, religiosos o laicos, en ellos brillaba una luz divina que arrebataba a las almas y las conducía por los caminos escogidos por la Providencia».9
¿No es verdad que podemos discernir una misión profética en la acción de San Benito, patriarca de la Europa cristiana, o en la gesta evangelizadora de los hijos de San Ignacio en las Américas, así como en su lucha contra la seudorreforma protestante? ¿O incluso en las encendidas predicaciones de San Francisco de Paula, San Vicente Ferrer y San Luis Grignion de Montfort, y en las graves amonestaciones que Santa Catalina de Siena dirigía a los Papas de su tiempo? ¿Qué decir, entonces, de la luminosa trayectoria de Santa Juana de Arco, la pastorcita de Lorena que comandó ejércitos, venció batallas, coronó al rey de Francia y en varias ocasiones redujo al silencio a un tribunal de doctos, guiada por voces angélicas y mociones interiores?
La vida de aquellos que, guiados por una clara moción del Espíritu Santo, lucharon por los derechos de la Iglesia contra sus enemigos internos y externos, encubiertos o declarados, presenta con mucha frecuencia rasgos inequívocos de auténtico profetismo.
¡Qué días tan grandiosos vivimos!
Todo esto nos desvela un horizonte imponente: ¡qué grandiosa es la historia de la Iglesia! Algunos piensan que en nuestros días ya no acontecen hechos gloriosos y que las hazañas de los grandes hombres del pasado no se repiten. ¡Se equivocan!
A decir verdad, vivimos en uno de los momentos más decisivos de la historia. En este siglo en que la distinción entre el bien y el mal parece abolida, en que se ponen en duda las verdades más elementales, en que cada cual se arroga el derecho de redefinir los principios fundamentales de la moral y de reinterpretar la ley de Dios según su propio criterio egoísta; en estos tiempos, en definitiva, en los que el mundo avanza, como nunca antes, hacia su propia destrucción, ¿habría enmudecido Dios?
¡No! «La voz de Dios —asegura Mons. João— se hace oír hoy, como a lo largo de dos mil años, a través del magisterio de la Santa Iglesia. […] Pero también está presente por medio de aquellos que se distinguen por su fidelidad a ese magisterio».10
No rehuyamos esta inmensa, pero cuán gloriosa, responsabilidad: partícipes de la misión profética de Cristo por el bautismo, nosotros —y no otros— estamos llamados a ejercer el profetismo en nuestro tiempo, cada uno según su estado y condición. Únicamente hace falta esto: que seamos católicos, no sólo de nombre, sino de verdad; católicos fervientes, con una vida sacramental intensa y una piedad ardiente. Si abrazamos esa condición con toda nuestra alma, Dios nunca dejará de mostrarnos los rumbos que debemos seguir. Así podremos caminar con seguridad a la luz de su divina voluntad y guiar a muchos otros a la salvación.
Notas:
1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 171. Las gracias gratis datæ son dones que no están destinados propiamente a la santificación personal de quienes los reciben, sino que se conceden en beneficio de terceros. La profecía se encuadra en esta categoría por estar ordenada al bien de la comunidad.
2 Cf. ibid., a. 6.
3 Beauchamp, SJ, Paul. «Prophète». In: Léon-dufour, Xavier (Dir.). Vocabulaire de Théologie Biblique. 13.ª ed. Paris: Du Cerf, 2009, p. 1056.
4 Santo Tomás de Aquino, op. cit., q. 174, a. 2, ad 2.
5 Beauchamp, op. cit., p. 1057.
6 Ciardi, Fabio. Los fundadores, hombres de espíritu. Para una teología del carisma de fundador. Madrid: Paulinas, 1983, p. 271.
7 Journet, Charles. L’Église du Verbe Incarné. Saint-Maurice: Saint-Augustin, 1998, t. i, pp. 282-283.
8 Cf. Santo Tomás de Aquino, op. cit., a. 6, ad 3.
9 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Plinio Corrêa de Oliveira. Um profeta para os nossos dias. São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2017, p. 13.
10 ibid., p. 14.