Francia, finales del siglo x. Frente a una iglesia consagrada a la Madre de Dios, un niño espera solo el regreso de su ama y de algunos criados de su padre, que lo acompañaban. A su tierna edad, padecía una enfermedad que le había privado de la fuerza de sus miembros, dificultándole enormemente cualquier forma de desplazamiento. No había peligro de que se alejara mientras sus cuidadores compraban en unas casas cercanas provisiones para el viaje que estaban realizando.1

Sin embargo, al percatarse de su soledad y sentirse impulsado por una fuerte moción de la gracia, el niño decide emprender una aventura. Venciendo la inercia de su cuerpo, se arrastra entre las sombras hacia el interior del santuario. Con gran dificultad llega al presbiterio y, aferrándose con un esfuerzo supremo al mantel del altar, intenta incorporarse. No obstante, la dolencia se empeña en detenerlo…

De repente, el poder divino, por la intercesión de la Santísima Virgen, triunfa y restaura en un solo instante el vigor de aquellos diminutos miembros. ¡Milagro! ¡El niño se levanta! Liberado de la parálisis que lo encadenaba, empieza a correr de un lado a otro, exultante ante la inesperada intervención sobrenatural.

Mientras tanto, los criados regresan al lugar donde habían dejado al pequeño paralítico y, al no encontrarlo, comienzan a buscarlo por todas partes, angustiados. ¿Lo habrán raptado? Al entrar en el templo, se topan con una escena insólita: bajo la tenue luz del crepúsculo que se filtra por los vitrales románicos, el niño corre con agilidad. Reconociendo la maravilla de la gracia, se apresuran a concluir el viaje y a presentar a sus padres aquel «milagro ambulante» llamado Odilón.

Años más tarde, ese mismo niño, a quien el tiempo había hecho madurar y la gracia había transformado en monje —el gran abad de Cluny, la mayor familia monástica de la época—, volvería a aquella iglesia. Pero esta vez no serían sus brazos y piernas los que recuperarían prodigiosamente su vigor, sino su alma la que se elevaría a cumbres inimaginables de unión con la Reina de los ángeles.

Ante el altar en el que, en otro tiempo, la Madre de Dios había liberado sus miembros, ahora venía a someterlos de nuevo, ya no a la letífera servidumbre de la naturaleza, sino a la gloriosa y sagrada esclavitud a María. No hay nadie alrededor. Sólo los ángeles contemplan la escena, embelesados. Ciñendo a su cuello el extremo de una cuerda, el santo deposita la otra punta sobre el altar de la Virgen y, con el Cielo como único testigo, pronuncia su consagración.

«Oh, piadosísima Virgen y Madre del Salvador de todos los siglos, aceptadme desde hoy en adelante en vuestro servicio. En todas mis dificultades, oh Abogada misericordiosísima, acudid siempre en mi auxilio. Después de Dios, no antepongo nada a Vos. Y, por mi libre voluntad, me entrego como siervo a vuestro dominio por toda la eternidad».

Con este acto de entrega total, San Odilón, quien había conocido desde temprana edad el amor de María, coronaba el milagro de su liberación. Al convertirse en esclavo de tal Señora, alcanzaba la plenitud de la verdadera libertad. Con su alma preservada para siempre del poder del demonio y sus miembros definitivamente protegidos de la esclavitud del pecado, recorrería en brazos de la Virgen un camino recto y seguro hacia el Cielo. El santo revelaba así a la humanidad un secreto oculto desde la creación: la felicidad suprema de quien se confía por completo a la Madre de Dios y Reina del universo. 

Notas:


1 Cf. Jotsaud. De vita et virtutibus Sancti Odilonis abbatis. L. II, c. 1: PL 142, 915-916.