Quien ama no se contenta con ofrecer sólo lo necesario, lo indispensable; da con superabundancia, hasta de sobra. Un padre o una madre que ama a su hijo no le proporciona únicamente los alimentos indispensables para subsistir, sino que, en la medida de sus posibilidades, también le procura bebidas refrescantes, dulces sabrosos y, en definitiva, manjares agradables. No basta con que el hijo sobreviva; conviene que viva feliz, rodeado del cariño de sus padres, que se manifestará en todos los detalles de su existencia, incluso en una alimentación deleitosa y saludable. ¿Por qué? Simplemente por amor.

Ahora bien, como afirmó de manera insuperable el apóstol Juan, «Dios es amor» (1 Jn 4, 16). Y, aunque por medio de la Encarnación del Verbo y su Revelación —de la cual el Magisterio de la Iglesia es el fiel intérprete— nos concedió todo lo necesario, Él, «el Primero y el Último» (Ap 1, 17), quiso acompañarnos a lo largo de la historia con ciertas muestras de cariño, muy especialmente a través de las apariciones de María Santísima. ¿Son estrictamente necesarias? No, pero… ¡cuánto perdería nuestra fe sin ellas!

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada» (CCE 66). Y la Iglesia siempre sacará de su tesoro —el depósito de la fe (cf. 1 Tim 6, 20)— «lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13, 52).

La Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, por ejemplo, ya estaba contenida implícitamente en el depósito de la fe y hubo católicos que no la aceptaban hasta que se proclamó el dogma. Sin embargo, después del 8 de diciembre de 1854, cuando el papa Pío IX proclamó dogmáticamente la Concepción Inmaculada de la Virgen María, todos han de prestar plena adhesión a esta verdad, cuya explicitación solamente alcanzó su plenitud en el siglo xix.

Además, la Santa Iglesia enseña que «a lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Éstas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia» (CCE 67).

Las mariofanías —manifestaciones de la Santísima Virgen— no constituyen, obviamente, una «nueva revelación» que sustituyera a la Revelación de Cristo, sino una forma renovada en la que el Espíritu Santo conduce a los fieles de todas las épocas hacia la plenitud de la verdad, para que «la inteligencia de la revelación sea más profunda» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n.º 5).

Así pues, en el curso de la historia, las apariciones marianas han servido para guiar a los fieles en las luchas que afrontan, les ofrecen consuelo en las adversidades de la vida y señalan el rumbo a los hijos de la luz de todos los tiempos. Por mencionar sólo algunas de las más recientes, ¡cuánto hemos aprendido de las manifestaciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré en la Rue du Bac, a Santa Bernadette en Lourdes y a los pastorcitos de Fátima!

¿Serían superfluas estas apariciones? Bien podríamos responder con los franceses: «Lo superfluo: ¡esa cosa tan necesaria!…». ²