Hay algo enigmático en el Evangelio de este domingo. Una cananea —por tanto, no judía, sino pagana— va detrás de Jesús gritando e implorando que libere a su hija, atormentada por un demonio. Sin embargo, el Señor no le responde. La mujer insiste tanto en su súplica que los propios discípulos interceden por ella ante el Maestro. Y Él parece negarse a obrar el milagro: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (Mt 15, 24).
Lejos de desanimarse, la pagana redobla su audacia: se postra a los divinos pies del Salvador, quien vuelve a ponerla a prueba: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15, 26).
Suspense… ¿Acaso Jesús rechazará por primera vez la súplica de un alma angustiada? ¿Actuará con favoritismo al discriminar a una pagana? No, porque, postrada, la mujer se humilla e implora solamente una migaja. Compasivo, a causa de la gran fe de la madre, el Señor libera a la hija.
En las actitudes de la cananea se advierte que el Maestro la lleva a recorrer un camino que va del paganismo a la manifestación de la fe, haciéndola pasar de las tinieblas a la luz.
Tras reconocer la mesianidad de Jesús —«Señor, Hijo de David» (Mt 15, 22)—, le pide compasión. A pesar de cierto distanciamiento inicial, se postra ante Él, adoptando una actitud de humildad, de reconocimiento de la superioridad del Redentor y de adoración. No bastaba con tenerlo por Mesías; era necesario reconocerlo como Dios.
De hecho, ya había salido del paganismo, pues se había postrado ante el Dios verdadero.
No obstante, el Señor deja clara su misión: llama en primer lugar a los hijos de Israel, aunque estén descarriados. Es entonces cuando ella implora una migaja, como si dijera: «Aceptadme, Señor, entre aquellos que os tienen por amo, aunque sea como uno de los perritos. Quiero perteneceros y recibir lo que me deis».
Ante esto, se obra el milagro: curación y liberación para la hija y, al mismo tiempo, confirmación de una fe tan nueva, pero ya tan profunda.
Pues bien, en ese escenario, ¿habría hecho Jesús acepción de personas?
El profeta Isaías, en la primera lectura, aclara que la casa de Dios «es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos» (56, 7). ¿Todos? Sí, siempre que quien suba a la casa de Dios respete el derecho y practique la justicia.
Todo aquel que desee recibir los milagros del divino Taumaturgo —independientemente de su situación— debe proceder como la cananea: abandonar las tinieblas y buscar la Luz; postrarse ante el Salvador, pero también respetar el derecho y vivir conforme a la justicia que Él mismo nos enseñó. Por parte del Redentor jamás habrá acepción de personas. Sin embargo, el que no quiera abandonar las tinieblas ni el paganismo con sus obras se aparta del Maestro; ése es quien hace acepción de personas en desaire a Jesús, el Dios verdadero.
Imaginemos que la cananea no hubiera acudido al Señor. ¿Cuál habría sido su situación? Seguiría sumida en las tinieblas del paganismo y su hija, atormentada por el demonio. Hagamos como ella, sin miedo al «favoritismo»: ¡busquémoslo! ²