Todo hombre desea a Dios. Como la cierva sedienta de agua, el alma humana anhela a su Creador (cf. Sal 41, 2). Sin embargo, el pecado original introdujo un desorden interior que confunde este deseo natural, llevando a los hijos de Adán a buscar otros «dioses»: fama, bienes materiales, placeres… hasta llegar al paroxismo de querer matar al Inmortal. Así vocifera el necio: «¡“No hay Dios” (Sal 52, 2), porque, si existiera, nada se me permitiría!».

El Antiguo Testamento sintetiza esta contradicción: la Torre de Babel desafía al Altísimo (cf. Gén 11, 4); Sodoma prefiere la lascivia a la conversión (cf. Gén 19, 4-9); y el pueblo, al cambiar a «Aquel que es» (Éx 3, 14) por el becerro de oro (cf. Éx 32, 1-6), elige a «aquel que no es».

La maldad de este «pueblo de corazón extraviado» (Sal 94, 10) no conoce límites: matan hasta a los profetas (cf. Mt 23, 37) en un intento de eliminar al Autor de la vida.

En respuesta, el propio Verbo se encarna y habita entre los hombres. ¡El Eterno vive entre nosotros! ¿Y cuál es la reacción de la humanidad? Llaman a Jesús comilón y borracho por cenar con gente sencilla, amigo de pecadores por ofrecer la salvación (cf. Mt 11, 19), y «Belzebú» por expulsar demonios (cf. Mt 12, 24). La hostilidad del sanedrín culmina en el deicidio: ¡Crucifícalo!

No obstante, la muerte no tiene dominio sobre Él (cf. Rom 6, 9). Al presentarse como «la resurrección y la vida» (Jn 11, 25), Cristo vence a la muerte. Tras la ascensión, el Redentor no nos abandona, sino que transfigura su presencia y continúa vivo en su Cuerpo Místico, la Iglesia, inmortal como Él por promesa divina: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

Además, el Todopoderoso habita en el alma del justo, morada de la Trinidad. Convencidos de ello, una pléyade de mártires prefirió la muerte a perder la amistad con Dios. Ya sea Lorenzo sobre la parrilla, ya Ignacio devorado por las fieras, el testimonio de ambos clama al unísono: ¡Dios no muere! Y los santos, de la misma manera, viven para siempre, intercediendo por la Iglesia y sirviendo de ejemplo; para ellos, «el morir es una ganancia» (Flp 1, 21).

A lo largo de los siglos, innumerables impostores han intentado expulsar a Dios de la sociedad. La descristianización iniciada a finales de la Edad Media condujo a un progresivo cambio de mentalidad, cuyos valores, ya no impregnados de la preciosísima sangre de Cristo, fueron quedando cada vez más saturados de un paganismo sin precedentes.

De ahí surgieron las tres grandes revoluciones y sus lemas. Desde la Revolución protestante, que proclamó «Cristo sí, la Iglesia no», se pasó a la Revolución francesa, con su «Dios sí, Cristo no», hasta llegar a la Revolución comunista, que finalmente lanzó «el grito impío: Dios ha muerto; más aún: Dios nunca ha existido» (Pío XII. Discurso, 12/10/1952).

Pero ¿cómo puede el hombre pretender sustituir a la Iglesia? ¿Guillotinar al Inmortal? ¿Decretar el funeral de Dios? Y adviértase que esto no es cosa del pasado: aún presenciamos el destierro del divino Maestro de las escuelas, del supremo Legislador de los tribunales y, en definitiva, del Rey del universo de toda la esfera pública…

Ante aquellos que, con odio luciferino, buscan la extirpación de lo sagrado, siempre habrá hombres fieles que seguirán haciéndose eco del desafío de San Miguel: «¿Quién como Dios?». Si la muerte se acerca, también resonará el grito del presidente ecuatoriano García Moreno: «¡Dios no muere!». Y cuando sus corazones dejen de latir, sus cuerpos inertes exclamarán en silencio: «¡Dios es invencible!».