De diversa manera hay que amonestar a los impacientes que a los sufridos.

Persuádanse los impacientes de que, si no se esfuerzan en refrenar su ímpetu, éste los arrastrará a los abismos de iniquidad a que no quisieran, pues la pasión empuja al pensamiento a donde no la llevarían sus deseos y cuando obra por arrebatos y casi sin darse cuenta, luego tiene de qué arrepentirse cuando vuelve en sí.

Sepan ellos también que cuando hacen algo arrebatados, y como fuera de sí a impulsos de la pasión, apenas si llegan a reconocer el mal que han hecho.

Adviertan además que, si no ponen un freno a sus pasiones, llegarán a desfigurar las mismas buenas obras que habían realizado quizá a costa de prolijos afanes. […]

Por otra parte, ha de advertirse a los sufridos que no se quejen en su interior de lo que exteriormente padecen; que no malogren interiormente, por la infección de la malicia, el sacrificio tan costoso que en su interior consuma la virtud; pues siendo esa una acción desconocida para los hombres, pero que constituye un pecado a los ojos de Dios, es tanto más grave esa culpa cometida cuanto que conserva ante los hombres la apariencia de la virtud.

Sepan, además, los sufridos que deben esforzarse por amar a aquellos que han de soportar, pues si la paciencia no va acompañada de la caridad, lo que aparece como virtud se trueca en grave pecado de odio.

 

SAN GREGORIO MAGNO. Regla pastoral. Parte III, c. 9.