Confianza y madre son prácticamente sinónimos. No hay hijo que no confíe en su madre y donde no hay una buena madre, difícilmente florecerá la verdadera confianza. Quizá por eso devotos de todas partes deciden confiar sus peticiones, dificultades y necesidades, grandes o pequeñas, a Dña. Lucilia. Es lo que comprobaremos a lo largo de estas líneas.
Una petición y una respuesta inmediata
El Prof. Edson Sampel, de São Paulo —conocido lector por su devoción a Dña. Lucilia—, nos envió otro relato sobre un pequeño episodio en el que se hizo sentir la presencia discreta, pero eficaz, de Dña. Lucilia. Éste es su testimonio:
«Estábamos, mi mujer y yo, afanados buscando por toda la casa unos euros. No recordábamos bien dónde los habíamos guardado. O mejor dicho: yo sabía perfectamente dónde había puesto la pecunia, pero ya no estaba allí. Y empezábamos a pensar lo peor, como, por ejemplo, que un ladrón hubiera entrado en nuestro piso.
»En cierto momento, dejamos de buscar el dinero. Me puse muy nervioso. Así que decidí rezar el rosario. Al final de la segunda decena, como siempre, pido la intercesión de Dña. Lucilia. Esa tarde le pedí intensamente que me ayudara. Pues bien, terminé de rezar el rosario y volví a la caza de los euros. ¡En el primer sitio donde busqué, encontré el dinero!».
Una amiga en todo momento
Al igual que el Prof. Sampel, son muchos los que han comprobado cómo una simple oración es suficiente para que Dña. Lucilia interceda ante el Sacratísimo Corazón de Jesús por las intenciones de los que acuden a ella. Desde tierras lusas, María Laura Gonçalves Brandão nos envía un breve, pero conmovedor testimonio de la intervención de Dña. Lucilia en favor de esa madre, afligida por las tristezas de su propia hija.
En efecto, nos cuenta la lectora portuguesa que decidió poner en manos de Dña. Lucilia su petición: que fuera superada la infertilidad de su hija y que ella, finalmente, pudiera tener la alegría de estrechar entre sus brazos a un nieto. He aquí sus palabras:
«Por la presente quiero expresar mi gratitud por una gracia extraordinaria que pedí y recibí del Sagrado Corazón de Jesús, por intercesión de Dña. Lucilia. Mi hija deseaba tener hijos porque ya había perdido a dos bebés varones y se había sometido a varios tratamientos, pero no conseguía quedarse embarazada. Después de pedir esta gracia y rezarle a Dña. Lucilia, se sometió a otro tratamiento y quedó embarazada. Todo fue bien durante el embarazo y el parto, y así ha sido hasta ahora. Tengo un nietecito de quince meses y mi hija está de nuevo embarazada, de veinticuatro semanas. Les pido que recen por ella, pues ya tiene cuarenta y cinco años.
»¡Les agradezco que hagan llegar este “milagro” a quien corresponda para que sea publicado, y así podamos alabar a Dios y glorificar a nuestra amiga Dña. Lucilia, que nos protege en todo momento».
El comienzo de un calvario
En una reciente visita a Paraguay, tuve la oportunidad de conocer a una bendita familia, muy católica y devota de Dña. Lucilia, que hace unos años recibió el eficaz auxilio de esta bondadosa madre en favor de uno de sus miembros, Valeria Gutiérrez, cuando le detectaron un peligroso tumor cerebral.
Fue Micaela, la hermana de Valeria, quien me contó los pormenores de la penosa situación por la que pasaron y cómo la afrontaron en familia, todos unidos en las intenciones y en las oraciones, encomendando la completa resolución del caso al cuidado de Dña. Lucilia.
Todo empezó el 17 de enero de 2023. Valeria tuvo que ser hospitalizada debido a fuertes dolores en el cuello y a un extraño entumecimiento en el brazo izquierdo. Se le realizaron varias pruebas para determinar la causa de dicho malestar y, finalmente, se detectó un tumor cerebral de grandes dimensiones en la región frontal de la cabeza. Micaela nos relata lo que sucedió tras la noticia:
«Tan grande fue la angustia al enterarnos de ello que decidí recurrir a la ayuda de los Heraldos del Evangelio. Un sacerdote heraldo fue a visitarla al hospital, llevando consigo una fotografía de Dña. Lucilia, a quien rezamos y a cuya intercesión “milagrosa” hemos recurrido desde el primer momento. Esta imagen no se separó de Valeria hasta su recuperación».
Perplejidades y esperanzas
Como es natural, el deseo de que Valeria lograra superar esa prueba era grande por parte de todos sus familiares; sin embargo, los médicos daban pronósticos poco favorables. Así continúa Micaela su relato:
«El primer neurocirujano con el que hablamos nos dijo que era necesario realizar urgentemente una biopsia para determinar si el tumor era maligno. El 25 de enero, Valeria se sometió a un procedimiento con ese fin. El resultado fue un meningioma con características benignas.
»Días después, el mismo médico convocó una reunión familiar y nos advirtió de que, debido al tamaño del tumor y a la zona en la que se encontraba, las secuelas de una operación podrían ser numerosas: entre ellas, meningitis, pérdida de los sentidos, pérdida de movilidad e incluso deformidad facial postoperatoria… Según él, operarla en Paraguay tendría pocas probabilidades de éxito, por lo que sugirió llevarla al extranjero para obtener una segunda opinión».
El panorama era sombrío. No obstante, según el relato de Micaela, una luz vino a iluminar la situación:
«En ese momento, decidimos, por inspiración divina, consultar a otro neurocirujano que acababa de llegar de Estados Unidos. Tras analizar el caso, nos dijo que estaba capacitado para realizar la operación en Paraguay, ya que disponía de los instrumentos necesarios para la intervención; ahora bien, recalcó que lo más importante era contar con la ayuda de Dios, sobre todo en este caso, dada su complejidad».
Las posibilidades de éxito y las buenas disposiciones del médico infundieron nueva esperanza a la familia. Sin embargo, el doctor también aclaró que, ante la imposibilidad de extirpar el tumor por completo, Valeria necesitaría someterse a varias sesiones de radioterapia.
Intervención y recuperación sorprendente
Se llevaron a cabo los preparativos para la intervención quirúrgica. Prosigue el relato de Micaela:
«El 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, un sacerdote de los Heraldos volvió a visitar a Valeria antes de la operación para administrarle los sacramentos oportunos, e insistió en que recurriéramos a la intercesión de Dña. Lucilia».
Así lo hicieron, tanto ella como su familia, y, confiando en Dña. Lucilia, afrontaron la cirugía, realizada el 13 de febrero, que duró ocho horas:
«Cuando el médico salió a hablar con nosotros, nos dijo que estaba muy satisfecho con el resultado de la operación, porque había conseguido extirpar el tumor por completo. Afirmó que estaba muy sorprendido por la rápida y favorable reacción postoperatoria. Valeria despertó enseguida, lúcida y aparentemente con la mayoría de sus sentidos intactos. De hecho, el médico se asombró cuando ella dijo: “Tengo frío”».
Valeria tuvo una recuperación sorprendente. Permaneció en la UCI solamente dos días y, como única secuela de ese difícil momento, presentó una ligera pérdida del olfato y del gusto, un desenlace muy leve ante los riesgos que corrió. Así pues, recibió el alta antes de lo previsto y no necesitó ningún tratamiento postoperatorio.
Una pequeña molestia se convierte en tragedia
También para una familia de Maringá, en el interior de Paraná (Brasil), Dña. Lucilia fue un amparo seguro en un momento de aflicción. Se trata de Patricia Borges y su esposo, Mateus Fernando Borges, que narran lo sucedido a su hijo Felipe:
«En la madrugada del 24 de abril de 2025, Felipe se despertó tosiendo mucho y con una respiración muy agitada. Le di un medicamento y volvió a dormirse. Pero por la mañana, como seguía tosiendo bastante, decidimos que no fuera al colegio. Me quedé en casa con él y mi esposo se fue a trabajar. Sin embargo, me di cuenta de que durante toda la mañana mi hijo respiraba con mucha dificultad».
Lo que hasta entonces parecía un malestar pasajero empezó a revelarse como un problema complejo, razón por la cual Patricia le pidió a su esposo que regresara del trabajo para llevar al niño al hospital. Narra Patricia:
«Mientras tanto, noté que Felipe estaba empeorando mucho y decidí llevarlo yo misma al médico. Fui a buscar las llaves del coche, que estaban encima del libro de Dña. Lucilia;1 cogí las llaves junto con el libro, metí a Felipe en el coche y nos fuimos al hospital. Durante el trayecto, mi hijo ya se agitaba mucho y veía que casi no respiraba. ¡Así que conduje lo más rápido que pude! Cuando paré en el aparcamiento del hospital, mi hijo ya no podía salir del coche ni caminar; estaba desfallecido…».
Angustiada, Patricia entró al hospital con su hijo en brazos, suplicando ayuda. Fue derivada inmediatamente a la consulta, donde la médica evaluó la saturación de oxígeno del niño y constató la gravedad de su estado: el 97 % del pulmón de Felipe estaba afectado, lo que significaba que respiraba con sólo el 3 % de su capacidad pulmonar. Ante la urgencia, la doctora decidió aplicar un tratamiento de emergencia y llevó a la madre a la sala donde se realizaría el procedimiento. Continúa el relato:
«Cogí a Felipe en brazos y salimos corriendo por los pasillos del hospital. Mientras tanto, la médica me iba explicando el procedimiento que se iba a hacer, una combinación de inhalador y nebulización, porque si se le administraba oxígeno directamente, mi hijo no lo aguantaría. Llegamos al sitio de la medicación, vinieron varias enfermeras y le administraron el inhalador a Felipe. Me quedé allí paralizada, sin saber qué hacer ni qué pensar, viendo a mi hijo desfallecido, sin hablar, sin moverse siquiera…».
«Un niño que no respira no puede correr…»
Tras los primeros cuidados, la doctora consideró necesario ingresar al niño en la UCI, porque su estado era muy grave. Le explicó la situación a Patricia y se retiró para tramitar la documentación. La noticia la dejó consternada:
«El corazón se me aceleró, las piernas se me helaron y no sabía qué hacer. Las enfermeras continuaron con aquel procedimiento, la médica se marchó, me senté y me quedé mirando a mi hijo. Después de la segunda dosis de nebulización, las enfermeras se fueron y nos quedamos sólo él y yo. En ese momento, abrí mi bolso y saqué el libro de Dña. Lucilia».
Conviene explicar por qué Patricia tenía ese libro. Poco tiempo antes, había oído hablar de Dña. Lucilia y, deseosa de conocer su historia, consiguió que le prestaran un ejemplar de su biografía. Prosigue su narración:
«Cuando Felipe vio el libro, se quitó el inhalador y exclamó: “¡Sra. Dña. Lucilia, madre nuestra: ayudadnos! ¿Verdad, mamá?”. Le respondí: “Sí, hijo, ¡vamos a pedirle a Dña. Lucilia que nos ayude!”».
Minutos después, Felipe manifestó su deseo de levantarse. Patricia le sugirió llevarlo en brazos, pero el niño se negó rotundamente: «¡No hace falta, mamá!». Y, dicho y hecho, se quitó el inhalador, se bajó de la camilla y salió de la habitación corriendo…
Asombrada, una de las enfermeras que se dirigía por el pasillo a la habitación del niño para atenderlo le preguntó a la madre: «¡¿El que ha salido corriendo por aquí era Felipe?! ¡Eso no es posible! Un niño que no respira no puede correr…».
La enfermera tenía toda la razón, pero la cuestión es que el niño ya respiraba sin dificultad.
Otra caricia de madre
De vuelta en la habitación, Felipe recibió otra sesión de medicación y, como no había almorzado, pidió algo de comer. La enfermera, muy servicial, le preguntó qué quería. El niño respondió de inmediato: «¡Quiero pasta con ajo y aceite, con mucho beicon!».
La petición arrancó sonrisas a la enfermera y a la madre, pues era improbable encontrar un plato así en el hospital. Para suavizar la situación, la enfermera le explicó: «Felipe, eso no lo puedo conseguir, es imposible. Lo que sí puedo conseguir es un poco de pasta, pero en una sopa».
A continuación, el encargado de las comidas, que pasaba por el pasillo, le entregó a Patricia la única ración disponible. Su sorpresa fue enorme al abrir el recipiente y encontrar exactamente el plato que su hijo había pedido.
Sin duda, se trataba de otra muestra de cariño de Dña. Lucilia, que velaba por la salud del niño con la misma dedicación y solicitud con que, en el pasado, había cuidado a sus propios hijos.
En la despedida: una confirmación
Felipe, ya medicado y bien alimentado, regresó a la consulta acompañado de su madre. La médica, después de examinarlo de nuevo, se sorprendió ante el repentino cambio en su estado. «¡Estoy ante un milagro! —exclamó—. Llegó desfallecido y ahora está totalmente recuperado». Dada su mejoría, recibió el alta y continuó el tratamiento en casa.
Patrícia recuerda un momento conmovedor en la despedida: «Mientras guardaba las recetas, la doctora abrazó a Felipe y le dijo: “¡Salve María, Felipe!”». Él respondió de inmediato. En el coche, la madre preguntó a su hijo si había iniciado él el saludo y éste le explicó que sólo lo había devuelto. En ese instante, la madre tuvo la certeza de la intervención de Dña. Lucilia.
Notas: