La liturgia de este domingo nos presenta el pasaje del Evangelio de San Mateo en el que Nuestro Señor Jesucristo, tras expulsar a los mercaderes del Templo y responder a los jefes judíos acerca de su autoridad (cf. Mt 21, 12-13; 23-27), lanza una contundente advertencia a los sumos sacerdotes y a los ancianos: los publicanos y las prostitutas van por delante de ellos en el Reino de los Cielos.

De hecho, estos pecadores creyeron en Juan el Bautista, mientras que aquellos empedernidos rechazaron rotundamente al Precursor.

La comparación resulta, sin duda, humillante para aquellos líderes religiosos. ¿Por qué el Señor usa un lenguaje tan severo? ¿Falta de amor? Todo lo contrario: los trata así precisamente porque los ama.

El divino Artífice ama a sus criaturas (cf. Sab 11, 24) y «quiere que todos los hombres se salven» (1 Tim 2, 4). La Santísima Trinidad conoció desde siempre a aquellos miembros del sanedrín, los eligió y los creó para que, como autoridades del pueblo elegido, glorificaran a Dios en sus vidas y se unieran a Él.

Con este fin, el Hijo habría de encarnarse y, «tomando la condición de esclavo» (Flp 2, 7), sufrir la pasión y morir en la cruz. No hay mayor prueba de amor (cf. Jn 15, 13).

Ahora bien, para Dios no somos meros números; somos hijos. Así pues, como buen Padre, el Señor adapta su pedagogía al temperamento, a las circunstancias, a la situación espiritual de cada uno, incluso al corregirnos.

En los santos evangelios podemos contemplar diferentes formas de corrección. Con algunos, Jesús utiliza expresiones duras: reprende a Pedro, llamándolo «Satanás» (Mt 16, 23); denuncia la hipocresía de los fariseos, comparándolos con «sepulcros blanqueados» (Mt 23, 27) y «serpientes, raza de víboras» (Mt 23, 33).

En cambio, con otros se muestra indulgente: perdona a la mujer adúltera, exhortándola a no pecar más (cf. Jn 8, 11); le enseña a Marta a no andar inquieta con muchas cosas, pues sólo una es necesaria (cf. Lc 10, 41-42); busca incesantemente salvar incluso a Judas, hasta el último momento, interrogándolo sobre la traición en el huerto de los olivos (cf. Lc 22, 48).

Ese amor infinito le costó al Redentor su propia pasión y muerte ignominiosa. Ante esto, ¿cómo actuamos? ¿Omitimos la corrección por miedo a las consecuencias, por temor, por ejemplo, a perder una amistad?

Y, cuando corregimos, ¿buscamos realmente el bien del prójimo o simplemente descargamos sobre él nuestro orgullo? Por último, ¿aceptamos humildemente la corrección que nos hacen o nos rebelamos, nos excusamos?

Roguemos a la Virgen María que interceda por nosotros ante su divino Hijo, a fin de que obtengamos gracias superabundantes para tener un corazón como el suyo: lleno de amor, desinteresado, fuerte, compasivo, paciente y humilde.

De este modo, podremos tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2, 5).