La iglesia1 tiene la clásica forma de cruz. En el brazo derecho de ésta, por tanto, a la izquierda de quien entra, sobre el altar de la nave lateral, se encuentra la imagen de la Inmaculada Concepción. No hace falta que diga que yo iba directamente a visitarla.
Es una buena imagen, de calidad aceptable y digna de figurar en esa iglesia, aunque de una belleza muy corriente.
Yo lo sabía, pero sentía gran complacencia al estar allí, cerca de Ella; y cuando rezaba tenía la impresión de que Nuestra Señora atendía la súplica que yo le hacía y transmitía a Dios, nuestro Señor, mi petición.
Al mismo tiempo, también sentía algo de la pureza de Ella, y algo por lo que Ella es inmensamente superior a todos los grados y formas de santidad posibles e imaginables.
Mi alma se elevaba a un alto orden de realidades que yo no era capaz de explicitar.
Una joven mártir romana
Un poco más adelante, cerca del altar de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, hay una imitación, muy parroquial y provinciana, de lo que sería un sarcófago romano.
Es una especie de pequeña sepultura bien hecha, de buen mármol blanco —creo que de Carrara—, totalmente encerada, con una gran cubierta de cristal transparente y biselado, donde yace una figura de cera, con cabello incluso, que representa a Santa Donata, una niña romana de 12 o 13 años que murió mártir.
Dentro de esta figura se encuentran las reliquias —supongo que son los huesos— de la propia Santa Donata. Exponer los huesos podría horrorizar la sensibilidad humana, de la cual la Santa Iglesia no es enemiga, sino, por el contrario, amiga. Resultado: se hace una graciosa escultura de cera para recubrirlos.
Cuando era pequeño —por tanto, antes de los hechos que estoy contando—, me acerqué una vez a aquella figura, con mucha curiosidad, y alguien me dio una explicación sumaria, como se suele hacer con los niños: «Es Santa Donata la que está ahí».
No obstante, como era tan pequeño, para empezar no sabía distinguir bien si estaba viva o muerta… Y si estaba muerta me preguntaba cuánto tiempo llevaba así. Pero me daba cierto reparo preguntar.
Así que me quedaba mirando para ver si Santa Donata respiraba, lleno de sospechas e incertidumbres ante aquella situación.
Por otro lado, aunque sabía lo que significaba la palabra mártir, no tenía ese concepto tan arraigado en mi espíritu como la idea de santidad, y pensaba: «¡Es una santa! ¡Oh! ¡Eso es formidabilísimo!».
Incluso más tarde, en esa época en que comencé a frecuentar más la iglesia de Santa Cecilia, no sabía con certeza si aquella figura era la propia santita, que estaba allí con su cuerpo incorrupto, o si se trataba de una imagen, dentro de la cual se encontraban sus reliquias.
Había allí una placa escrita en latín, que intentaba leer y entendía en parte, pero no por completo. Aun así, tenía idea de que no se trataba exactamente de su cuerpo.
Está vestida con un bonito traje romano o, al menos, con lo que alguien del São Paulo de principios de siglo podría imaginar —sin preocupaciones arqueológicas— que era la vestimenta de una antigua demoiselle2 romana, aún muy joven.
Una túnica hasta los pies, hecha de seda común, pero muy arreglada, toda adornada con bordados que me parecían de oro y unas bonitas piedrecitas cosidas —de las que sólo mucho más tarde me di cuenta de que eran meros abalorios de vidrio—, que me daban la idea de una muchacha noble y acomodada, a quien sus padres habrían enterrado con esas joyas.
Adornos que refulgían como un libro de mística
Miraba con mucha atención los bordados, los abalorios, la seda y el mármol de Carrara, con la idea de que me decían algo y me explicaban quién era la mártir Santa Donata. Aquellas piedras aplicadas sobre el vestidito me daban la impresión de refulgir con algo de su santidad y de la propia santidad de la Iglesia primitiva.
Era, pues, como si cada adorno fuera la palabra de una frase, la cual, a su vez, sería el conjunto de los adornos y representaría la definición de Santa Donata.
En determinado punto de la imagen hay una banda que cubre discretamente una parte del vestido y que, como remate del diseño, ostenta una especie de lirio con un cristal labrado, que imita un gran topacio u otra piedra semipreciosa.
De hecho, se parece a un topacio auténtico y es, por tanto, de un amarillo dorado claro muy bonito. Miraba con especial atención aquella piedra de color, pues me parecía el centro de los adornos y, por tanto, la parte más inteligible y aprovechable del traje.
No es que analizara aquello con ojos de joyero codicioso, por el valor de la piedra. ¡Ni siquiera se me pasaba por la cabeza! Era el color el que producía, en mi alma, cierto efecto.
Por lo general, a la hora en que solía ir allí a rezar, la luz entraba por los vitrales e incidía sobre el sarcófago de Santa Donata, reflejándose en el cristal biselado. Y más de una vez coincidió que los rayos del sol daban en aquel seudotopacio.
Veía la luz pasear por la joya y rebrillar con bonitos reflejos en aquel color cálido. Aquello me causaba una intensa impresión y una conmoción religiosa, llevándome a sentir mayor admiración y respeto por Santa Donata, pues la luminosidad especial de aquel adorno de cristal era como la expresión del heroísmo de la mártir.
¡Yo entendía que aquello simbolizaba sus virtudes de un modo magnífico! En mi espíritu, el color del topacio también guardaba cierta relación con la gloria de su alma y me llevaba a comprender el género de felicidad del que gozaba la mártir.
Era como si su Cielo se viviera dentro de un topacio.
Un toque místico, un trabajo de la gracia, se servía de realidades materiales ponderables —un trozo de cristal o una piedra— para hacerme intuir, a través de su valor simbólico, mediante el discernimiento de los espíritus, algo imponderable y sublime que el simple raciocinio no me habría permitido entender: cómo es la gracia en una persona que tenga analogía moral con el topacio.
Al mismo tiempo, encendía en mí el amor y la devoción por esos imponderables en el espíritu de una santita y, en ese sentido, su cuerpo, para mí, era como un libro de mística.
Sin embargo, mi emoción no se debía tanto a la propia Santa Donata. Era, sobre todo, una idea de virtud y de rectitud que me tocaba profundamente y, aunque ella no poseyera de hecho las características que yo veía, Dios quería que comprendiera hasta qué punto la santidad abarca todo eso.
Así aumentaba mi respeto por la santidad como tal, al considerar aquella piedra.
San Expedito y la dignidad del Imperio romano
Frente a la reliquia de Santa Donata hay una imagen muy común de San Expedito, representado con una cruz en la mano y vestido de legionario romano.
La condición de guerrero católico me entusiasmaba, y las corazas siempre ejercieron sobre mí una verdadera fascinación. Por eso, miraba aquella figura con un interés extraordinario.
Esas imágenes de Santa Donata y San Expedito ponían ante mis ojos cierta noción de la dignidad del Imperio romano, con mucho colorido. Me venía al espíritu la siguiente idea: «¡Qué bien vestidos están!». Y hacía un raciocinio un tanto infantil:
«¡Naturalmente! Tenían que comparecer ante el emperador para ser juzgados y, aunque fuera como reos, por respeto debían presentarse así. Llevan una especie de traje de corte, con el que fueron martirizados».
Por lo demás, la palabra romano me parecía uno de los títulos más hermosos que podía haber. Era como una especie de palabra predestinada, que contenía todos los sonidos…
Vida de Santa Cecilia
Yo también solía prestar mucha atención a una serie de pinturas alrededor del altar mayor, obras del pintor Benedito Calixto, que representan los principales episodios de la vida de Santa Cecilia, patrona de la iglesia.
Una de las escenas, por ejemplo, es la conversión de Valeriano, cuya historia es la siguiente: los padres de Santa Cecilia la obligaron a casarse con este hombre, pero ella convirtió a su marido.
Ambos decidieron mantener la castidad perfecta después del matrimonio, y así ella conservó la virginidad.
Entonces, la pintura representa una sala donde Santa Cecilia y Valeriano —que también fue mártir— están arrodillados, rezando o conversando, después del matrimonio. Aparece un ángel resplandeciente, que lleva en cada mano una corona de lirios blancos para los dos, lo que simboliza su propósito.
La escena está semivelada por una cortina y, escondido detrás de ella, hay un hombre mirando. Es Tiburcio, hermano del marido, que notó que estaba pasando algo extraordinario en aquel lugar donde se encontraban los recién casados y quiso ver de qué se trataba.
Se acercó sigilosamente, sin que ellos se dieran cuenta, apartó la cortina y consiguió descubrir la escena justo en el momento en que el ángel descendía con las coronas, irradiando haces de luz.
Entonces, los dos miran la aparición con aire extasiado, mientras Tiburcio permanece en actitud de quien está pasmado, muy asombrado…
Al ver aquella representación grandiosa y llevado por el discernimiento de los espíritus, yo tenía una noción de las diferentes «capas» de gracias que ellos recibían y de cuál era la gracia propia de cada uno. La pareja se encontraba mucho más arriba y el otro apenas estaba comenzando. ¡Aquello me encantaba!
Supe que Santa Cecilia convirtió después a su cuñado Tiburcio, que también fue mártir. Así, los tres emprendieron el camino del martirio.
Escenas del martirio
En otra escena, se ve a Santa Cecilia haciendo una proclamación de fe, que es también una invectiva contra los ídolos, y negándose a rendirles culto. Tenía la impresión de que ya se encontraba ante los verdugos, pero luego, mirando mejor, me di cuenta de que se trataba de un tribunal.
También miraba la representación del martirio, en la que aparece degollada y postrada, con sangre corriendo por el cuello. Me parecía que se trataba de una decapitación común, pero, tiempo después, al leer una vida de Santa Cecilia, comprobé algo que me causó un escalofrío horroroso: aquella decapitación había sido mal ejecutada, porque el verdugo no le cortó el cuello por completo, y su cabeza quedó un tanto unida al tronco, por tanto, en las más atroces circunstancias.
Aún con vida, estuvo en esa situación durante tres días y, al no poder ya hablar para expresar su creencia en la Santísima Trinidad, respondía a sus sayones mostrando tres dedos extendidos. Así permaneció la virgen hasta morir, desafiando a los propios verdugos.
Las gracias de la Iglesia naciente
La siguiente escena muestra una misa en las catacumbas, y en ella se ve un juego de luz.
Esas pinturas de Benedito Calixto que representan la vida de Santa Cecilia, aunque son muy corrientes e incluso objetables en cuanto a la perspectiva, son bonitas y hay en ellas una especie de inocencia provinciana, además de cierta particularidad, no desde el punto de vista artístico, sino social: revelan el consenso que existía, a finales del siglo pasado, sobre el ambiente de la Iglesia primitiva.
De hecho, expresan dignamente — aunque no de un modo enteramente verdadero— las gracias de la Iglesia naciente.
Extraído, con adaptaciones, de: Notas autobiográficas. São Paulo: Retornarei, 2014, t. IV, pp. 33-53.