A lo largo de los siglos, Nuestro Señor Jesucristo ha obsequiado a su Esposa Mística, la Iglesia, con innumerables tesoros: la túnica inconsútil de la unidad, el manto albísimo de la ortodoxia, el vigoroso cetro de la autoridad pontificia y —el mayor de los dones— la corona de la santidad.

La montura de esa diadema está hecha del oro puro de la caridad y sobre ella rebrillan además ricas y variadas incrustaciones: las perlas de las vírgenes, las amatistas de los ascetas, los zafiros de los doctores…

Sin embargo, entre todos estos ornamentos, destaca un majestuoso rubí: la sangre de los mártires.

«¡Eres un mártir!»

Un episodio histórico ilustra hasta qué punto valora la Iglesia esta preciosa gema.

El 24 de marzo de 1934, el papa Pío XI recibía en audiencia privada a Mons. Teófilo Matulionis, obispo lituano que había estado recluido en campos de concentración soviéticos.

Al comienzo del encuentro, interrumpiendo la genuflexión del visitante, el propio Santo Padre se arrodilló y declaró: «¡Tú eres un mártir! Eres tú quien debe bendecirme a mí primero».1

Como si esta excepcional deferencia no fuera suficiente, el Papa incluso besó la frente del prelado, en señal de singular aprecio.

Aunque Mons. Matulionis no hubiera, stricto sensu, derramado su sangre como un mártir, los sufrimientos que padeció por amor a Cristo y por el odio a la fe de sus perseguidores guardaban una analogía tan estrecha con los de una víctima que merecían tal reconocimiento.

No en vano, el propio nombre de mártir es considerado por la Iglesia un honor supremo. Ya un antiguo escritor eclesiástico nos lo justifica con la célebre expresión: «¡Es semilla la sangre de los cristianos!».2 Pero ¿en qué sentido?

Estímulo de fervorosos, valor de vacilantes

En primer lugar, el ejemplo de los mártires estimula a los católicos a una santa emulación, a un progreso aún mayor en la virtud y a un empeño en la expansión del Reino de Dios.

Corría el año 1220. Tras difundirse la fama de santidad y del posterior martirio de cinco frailes menores en Marruecos, Fernando de Bulhões sintió la llamada a hacerse, como ellos, hijo de San Francisco y evangelizar a los paganos, para así alcanzar también algún día la palma del martirio.

¡A esos santos misioneros les corresponde la gloria de haber contribuido, incluso después de su muerte, a que Fernando se convirtiera en el gran San Antonio de Padua!

Por otra parte, el testimonio de los mártires infunde fe y valor en quienes vacilan entre la fidelidad a Dios y las seducciones del demonio. En este sentido, las actas de los mártires están repletas de ejemplos elocuentes. Consideremos sólo uno.

Un antiquísimo documento histórico narra el atroz y sublime martirio de algunos de los primeros cristianos cartagineses, en marzo de 203.

Mientras permanecían encarcelados, a la espera del día en que serían arrojados a las fieras, su fortaleza impresionó a Pudente, soldado a cargo de la prisión, quien les manifestó una discreta simpatía. Era la brecha por la que entraría la luz en su alma…

Ya en la arena, uno de los católicos condenados, llamado Sáturo, tras haber salido ileso de varios ataques de las fieras, se dirigió así al soldado:

«Como yo presumí y predije, ninguna fiera me ha tocado hasta el momento presente. Y ahora ¡ojalá creas de todo corazón! Mira que salgo allá y de una sola dentellada del leopardo voy a ser acabado».3

Cumplida su predicción, Sáturo, ya bañado en sangre, se volvió de nuevo hacia aquel a quien deseaba ganar para Cristo: «Adiós, y acuérdate de la fe y de mí, y que estas cosas no te turben, sino que te confirmen».4

Y, dejándole en herencia la reliquia de un anillo empapado en su propia sangre, fue a presentarse ante el Señor.

El soldado Pudente, animado por este ejemplo, abrazó la fe. Más tarde alcanzaría también la palma del martirio.

Argumento silencioso y elocuente

El martirio —que etimológicamente significa testimonio— no sólo habla a los bautizados; también es un eficaz instrumento de defensa de la fe.

Al considerar los heroicos martirios de los primeros siglos del cristianismo, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira reflexiona sobre la finalidad de tanta sangre:

«No se trataba sólo de vencer, sino de dar un argumento apologético para los siglos venideros. ¿Cuál era ese argumento apologético? [Los mártires] eran los testigos vivos de la veracidad de la narración del Evangelio. Estos testigos, para demostrar que la religión católica es verdadera, se dejaban estrangular. […] De ahí nació la Europa católica, nació la Edad Media, nació la civilización católica».5
Escena de un martirio, de Gherardo Starnina - Galería Nacional de Londres

¿Puede un soldado ser mártir?

Si la gloria del martirio es tan grande para la Santa Iglesia, ¿sería lícito que un católico se defendiera de una agresión injusta? ¿Tendría la obligación de aceptar pasivamente el martirio?

En realidad, la aceptación del martirio no significa necesariamente una resignación inerte ante la injusticia. Hay ocasiones en las que Dios pide silencio y sacrificio, pero también hay circunstancias en que la gracia nos lleva a decir: «¡No, señor! ¡Me siento honrado por ser perseguido así por vosotros, y me presento con la cabeza alta! […] ¡Acepto esta humillación con desdén, y combato a visera levantada!».6

En efecto, aunque el mártir no pronuncie palabras de reproche a sus verdugos, su silencio constituye una elocuente denuncia. La tradición cristiana, en palabras de Tertuliano, entendía el martirio como una forma eminente de combate:

«Ciertamente lo queremos, pero del mismo modo que el soldado quiere la guerra. […] La batalla es para nosotros el que seamos llevados ante los tribunales, para que allí, a riesgo de nuestra vida, luchemos por la verdad. Y la victoria consiste en conseguir aquello por lo que luchábamos. Victoria que conlleva la gloria de agradar a Dios y el botín de vivir para siempre».7

Si la Providencia invita a algunos a aceptar la muerte antes que renunciar a la fe, a otros los convoca a defenderla ante impías agresiones. La caballería medieval, por ejemplo, reflejaba esa gloria: el martirio, no en cuanto sufrido, sino en cuanto buscado en la lucha en defensa del bien.8

Un combatiente mártir

Para armonizar estas dos formas de heroísmo aparentemente antagónicas, basta con observar el ejemplo de San José Luis Sánchez del Río. A los 14 años, se alistó en el Ejército Cristero para defender la libertad de la Iglesia en México, especialmente perseguida tras la promulgación de la llamada Ley Calles en 1926.

En una batalla en la ciudad de Cotija, el joven fue rodeado y apresado. Conducido ante el comandante enemigo, declaró: «General, sepa que caí prisionero no porque me rindiera, sino porque se me acabaron las balas; si hubiera tenido más, habría seguido luchando».

Después de un breve cautiverio, José fue condenado al suplicio. A las once de la noche del 10 de febrero de 1928, los verdugos le arrancaron las plantas de los pies y lo obligaron a caminar por un terreno pedregoso hacia el cementerio.

Al llegar a la fosa destinada a su sepultura, los soldados le propinaron más golpes, con el objetivo de llevarlo a la apostasía.

Frustrados sus intentos, el capitán de la tropa le preguntó, en tono burlón, si el pequeño héroe tenía algún mensaje que transmitir a sus padres. Altivo, José Sánchez contestó: «Sí, dígales que nos volveremos a ver en el Cielo».

A continuación, pidió ser fusilado con los brazos en cruz. La respuesta fue inmediata, furibunda y despiadada: un disparo de pistola en la sien.

En el martirio del joven mexicano, podemos constatar la veracidad de la afirmación del Dr. Plinio: «Es noble que un mártir muera con los ojos puestos sólo en Dios. Es noble también morir perdonando a sus verdugos. Pero también es noble morir luchando contra ellos».9

Al fin y al cabo, la vida del hombre en esta tierra es una lucha (cf. Job 7, 1); ¿por qué no habría de serlo también su muerte?

Negar cualquiera de estas formas de heroísmo sería privar a la Iglesia católica de una de las múltiples glorias del cruento rubí de su corona.

Volviendo al rubí

Ahora bien, ¿qué confiere al martirio esa nobleza que lo distingue de todas las demás formas de perfección? El mártir lleva a la plenitud la imitación de Nuestro Señor Jesucristo, en la que consiste propiamente la santidad.

El amor con amor se paga. Si no hay mayor prueba de amor que dar la vida por los amigos (cf. Jn 15, 13), comprendemos bien el elogio de San Agustín: «Devolvieron lo que se había pagado por ellos».10 Y además:

«“Te has sentado a una gran mesa; considera atentamente lo que te ponen, porque conviene que tú prepares otra igual” (Prov 23, 1-2). Grandiosa es la mesa en la que los manjares son el mismo Señor de la mesa. […] Él es quien invita, Él la comida y la bebida. Los mártires reconocieron, pues, qué comían y qué bebían, para devolverle lo mismo».11

La sangre de los mártires va mucho más allá de engendrar nuevos cristianos: riega a toda la Iglesia. Como miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, el sacrificio de esos héroes de la fe, unido al del Redentor, beneficia a todos los fieles por la comunión de los santos.

Así, su testimonio es como la savia que alimenta y fortalece a los bautizados en un misterioso flujo de gracias. Tal fecundidad brota de una profunda verdad: si cada cristiano completa lo que falta a la pasión del Señor (cf. Col 1, 24), podemos afirmar que, de manera especial, la sangre de los mártires es también la propia sangre de Cristo.

San José Sánchez del Río

 

 


1 Cf. Gaida, Pranas. Bispo, prisioneiro e mártir do comunismo. Vida de Dom Teófilo Matulionis. São Paulo: Artpress, 1991, p. 53.
2 Tertuliano. El Apologético, c. l, n.º 13. Madrid: Ciudad Nueva, 1997, p. 186; cf. Carta a Diogneto, n.º 6.
3 Passio Santorum Perpetuæ Et Felicitatis, n.º 21. In: Ruiz Bueno, Daniel (Ed.). Acta de los mártires. 5.ª ed. Madrid: BAC, 2003, p. 438.
4 Ibid.
5 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 18/2/1972.
6 Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 27/5/1986.
7 Tertuliano, op. cit., n.º 1-2.
8 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 7/9/1989.
9 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 8/1/1972.
10 San Agustín. Sermón 329, n.º 1. In: Obras completas. Madrid: BAC, 1984, p. 186.
11 Ibid.