Stefan Zweig, escritor austriaco de fama mundial, cuenta en el prólogo de su obra sobre Fernando de Magallanes qué le motivó a estudiar las aventuras de los tiempos de los descubrimientos y las grandes navegaciones.

Un día, bien instalado a bordo de un transatlántico con todas las comodidades que ofrece una embarcación de esas características, viajaba a Argentina, donde le esperaba un grupo de amigos. Tras siete u ocho días de viaje, las horas le parecían interminables y tediosas.

Al observar la lentitud de las manecillas de su reloj, análoga a la baja velocidad del barco en alta mar, el célebre escritor se sintió invadido por un repentino sentimiento de vergüenza. ¡La simple comparación de su viaje con el de un navegante de la época de los descubrimientos le hizo sonrojarse! Estaba realizando la más tranquila de las travesías, en un navío espléndido y lujoso, con todas las comodidades imaginables. Cuando por la noche bajaba la temperatura, le bastaba con pulsar el botón del calefactor; cuando al mediodía el calor se volvía abrasador, tenía a su disposición un ventilador e incluso una piscina; sobre la mesa del restaurante había apetitosos platos y exquisitas bebidas; si deseaba ocupar el tiempo con una provechosa lectura, allí tenía una vasta biblioteca; y no faltaban acogedores salones para juegos y música.

En esta confortable situación, recordar las expediciones marítimas de antaño le resultaba humillante e incluso embarazoso: en aquella época, hombres como él se embarcaban en frágiles carabelas, decididos a explorar mares desconocidos, enfrentándose a las inclemencias del tiempo, a la escasez de alimentos y agua potable, en una aventura cuyo desenlace era sumamente incierto.

Ahora bien, a una aventura de esa envergadura se lanzó en 1610 un joven religioso jesuita llamado Pedro Claver, con el único objetivo de salvar almas.

«Vida oculta»

Pedro Claver nació en Verdú (España), el 25 de junio de 1581. Al período comprendido entre su nacimiento y la profesión de los votos simples en la Compañía de Jesús, a los 21 años, algunos autores lo denominan su «vida oculta». Esto se debe a la escasez de información, documentos y relatos biográficos sobre su infancia y adolescencia.

No obstante, se sabe que el acontecimiento decisivo para su formación y el cumplimiento de su vocación fue el encuentro con otro religioso de la Compañía de Jesús, San Alonso Rodríguez, quien desempeñó durante cuarenta y siete años el humilde cargo de portero en el Colegio Nuestra Señora de Montesión, de Palma, en la isla de Mallorca.

Guía, maestro y modelo

Alonso Rodríguez sabía muy bien que la santidad es el estado propio de quien cumple constantemente la voluntad de Dios. Así pues, la sencillez de su oficio, que desempeñaba con un amor extremo a la obediencia, nunca supuso un obstáculo para alcanzar su más elevado ideal: honrar, amar y servir al Creador. La docilidad, la sumisión y la fidelidad a su vocación conformaban el perfil de aquel que sería el maestro de Pedro Claver y lo llevaría a recorrer el camino de la imitación de Cristo.

Tan fructífera fue la convivencia entre estos dos santos jesuitas que uno de sus biógrafos llegó a afirmar: «Sin San Alonso Rodríguez no se explicaría, ni existiría, San Pedro Claver».1 Consta que, cuando se encontraron por primera vez, ambos se abrazaron sin poder contener las lágrimas. San Alonso fue quien inspiró, orientó e incluso predijo la misión de Pedro Claver.

¿Cuál era esa misión?

San Pedro Claver - Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, Santander (España)

¡Pedro, «duc in altum»!

Pedro Claver se sentía llamado a adentrarse, literalmente, en aguas más profundas, siguiendo el mandato del Señor al Príncipe de los Apóstoles: «¡Duc in altum!» (Lc 5, 4). Dios lo convocaba a atravesar mares desconocidos y ser un gran pescador de hombres, en un continente lleno de dificultades.

Sin embargo, no se trataba sólo de una voz o una moción interior. Su misión fue claramente expresada por San Alonso Rodríguez, un día en que los dos estaban sentados a la sombra de un árbol en el patio del colegio. El venerable anciano le dijo: «Cuántos que están ociosos en Europa podrían ser apóstoles de América». Y, con lágrimas en el rostro, añadió:

«¡Oh, que la caridad de Dios no haya de surcar aquellos mares que ha sabido hendir la humana avaricia! Pues qué, ¿no valen también aquellas almas la vida de un Dios? Por ventura, ¿no ha muerto Él también por ellas? Ah, Pedro, hijo mío amadísimo, ¿y por qué no vas tú también a recoger la sangre de Jesucristo?».

Para Pedro Claver, era evidente que Dios manifestaba su voluntad por medio de aquellas palabras de su maestro. Pero hablar de América en aquellos tiempos causaba espanto incluso entre los misioneros más audaces. Por eso mismo, Alonso Rodríguez no dejó de animarlo: «¡No sabe amar el que no sabe padecer, y allá te espera, y ay si supieses el gran tesoro que te tiene preparado!».

Poco tiempo después, a los 29 años, Pedro zarpaba del puerto de Sevilla, despidiéndose definitivamente de Europa el 15 de abril de 1610.

Las «voces» no mintieron

Largos y peligrosos eran los viajes en aquellos tiempos, pero llegó sin mayores problemas a Cartagena de Indias, en Nueva Granada (actual Colombia).

Al final de su vida, San Pedro Claver reveló en confianza otra parte de la profecía de su maestro. Afirmó, con alegría de verlas cumplidas, que éste le había comunicado con claridad tres cosas: la primera, que su labor se dirigiría sobre todo a los negros; la segunda, que se desarrollaría en Nueva Granada; y la tercera, que tendría lugar concretamente en Cartagena de Indias.

Al comienzo de la misión, algo parecía contradecir la predicción, pues fue enviado primero a Bogotá y luego a Tunja. No obstante, las dos misiones que se le encomendaron en ese período sumaron sólo tres años de los más de cuarenta que vivió en Colombia. ¡Las «voces» de San Alonso no mintieron!

De regreso a Cartagena, Pedro no tardó en empezar su labor apostólica con los esclavizados traídos de África.

Tras un período de incertidumbre y discernimiento respecto a su vocación al sacerdocio, recibió el sacramento del orden el 19 de marzo de 1616, configurándose con Cristo, Sacerdote y Víctima. A partir de entonces, su apostolado sería mucho más eficaz y fecundo.

Liberados de la peor esclavitud

No disponemos de elementos suficientes para trazar un cuadro completo de los sufrimientos que padecieron en los barcos negreros aquellos seres humanos reducidos a la condición de esclavos. Pero, por misericordioso designio divino, atravesar el océano Atlántico, cual nuevo mar Rojo, les traería la liberación de otra esclavitud: la del pecado.

Dios, que sabe sacar el bien incluso de las circunstancias de calamidad y desgracia, preparó a un guía capaz de darles algo que ni siquiera podían imaginar: la vida divina, por medio de las aguas del bautismo. A orillas del mar, no muy lejos del puerto, Pedro Claver esperaba a aquellos cautivos, que necesitaban urgentemente remedios para el cuerpo y, mucho más aún, cuidados para el alma.

Cuando llegaba un barco, corría inmediatamente hasta él, acompañado de intérpretes y cargado de alimentos, bebidas y medicinas. Entraba sin vacilar en las bodegas pestilentes y nauseabundas, con la intención de limpiar heridas, aplicar vendajes y abrir los corazones de aquellos desventurados a la gracia de Cristo. Con afectuosas palabras que llenaban a todos de confianza, iba preparando poco a poco a estas almas para recibir el bautismo y hacer el propósito de llevar una vida cristiana, fundada en la práctica de los mandamientos.

Muerto para sí mismo, vivo para Dios

Por medio del P. Pedro Claver, Dios se revelaba a aquellos pobres desterrados como un Padre benigno, acogedor, misericordioso. El santo misionero bautizó a cerca de trescientos mil negros a lo largo de sus cuarenta y cuatro años de misión apostólica. Su amor a la Santísima Virgen lo llevaba también a predicar con gran entusiasmo la devoción al santo rosario, que él mismo confeccionaba y distribuía por miles todos los años.

Sus últimos cuatro años en esta tierra transcurrieron en la enfermería del convento, con el cuerpo prácticamente inmovilizado a causa de una enfermedad. Aquel que, a ejemplo de San Pablo, se había hecho todo para todos (cf. 1 Cor 9, 22), pasaba los días en silenciosa contemplación, abandonado y olvidado por los hombres. Aún le aguardaba un postrer sufrimiento: el joven esclavo —uno de aquellos a quienes había dedicado toda su vida—, designado como su enfermero, se comportaba en realidad como un cruel verdugo, tratándolo con suma brutalidad y privándolo muchas veces del alimento necesario.

Hasta el final de sus días, Pedro Claver fue un hombre muerto para sí mismo, para sus preferencias, sus comodidades, su gloria personal. Para él, como antaño para el Apóstol de las gentes, vivir en función de sus cautivos fue una ganancia, y morir, una ventaja que lo condujo al Cielo (cf. Flp 1, 21).

La noticia de su inminente muerte pareció despertar a Cartagena de Indias del letargo sobrenatural en el que yacía. Toda la ciudad —esclavos y libres, ricos y pobres— pasó junto al lecho donde agonizaba para rendirle su homenaje de gratitud, manifestando la veneración debida a un verdadero santo.

Aureolado de grandes méritos, partió de este mundo a la bienaventuranza eterna el 8 de septiembre de 1654, fiesta de la Natividad de la celestial Señora a quien tanto amó. Dejó un cuerpo que parecía simplemente dormido y exhalaba un suave y agradable olor.

Su vida, un valioso legado

Hoy, el epitafio Esclavo de esclavos, grabado sobre el altar que guarda sus restos mortales, nos recuerda que, para ser grande ante Dios, el hombre debe servir a los demás mediante la caridad, soportando en su carne los padecimientos de Cristo (cf. Col 1, 24).

¡Qué lejos están del vocabulario moderno las palabras sufrimiento, cruz y sacrificio! ¡Cuánto rechazo y menosprecio suscitan!…

Sin embargo, aunque la vida contemporánea esté llena de placeres, comodidades y confort, nunca dejará de tener momentos de dolor, drama y perplejidad. Si, en la adversidad, nos acordamos de San Pedro Claver, tendremos valor y coraje para abrazar la cruz de Cristo, sacrificarnos sin reservas por la salvación de las almas y, como él, hacernos esclavos unos de otros por la caridad (cf. Gál 5, 13). 

San Pedro Claver bautizando a un esclavo -
Iglesia de San Pedro, Lima

Notas:


1 Valtierra, SJ, Ángel; Hornedo, SJ, Rafael María de. San Pedro Claver. Esclavo de los esclavos. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, p. 34. Los datos biográficos contenidos en el presente artículo han sido tomados de la misma obra.