Sabemos que en el Antiguo Testamento la forma de reparar las ofensas contra Dios consistía en ofrecer una víctima, inmolándola con derramamiento de sangre, símbolo de la vida. Este sacrificio aplacaba la ira divina y tenía como consecuencia la reparación de la mancha contraída (cf. Lev 5, 15-26).

En la Sagrada Escritura encontramos numerosas figuras al respecto, desde el Génesis, en el episodio en que Abrahán, al desatar a Isaac y retirarlo del altar, ve un carnero enredado por los cuernos en la maleza y lo sacrifica en lugar de su hijo (cf. Gén 22, 3-13), hasta la glorificación del Cordero inmolado narrada en el Apocalipsis (cf. Ap 5, 9-14).

No obstante, en el libro del Levítico (cf. Lev 16, 10.20-22) se describe otro ceremonial que la ley imponía a los judíos desde la época de Moisés y que debía repetirse cada año en el llamado Día de la Expiación. La asamblea se reunía y presentaban un macho cabrío atado.

El sumo sacerdote se acercaba y, poniendo las manos sobre la cabeza del animal, confesaba todos los pecados cometidos por el pueblo de Israel durante todo el año. Después llevaban al macho cabrío a un lugar apartado del desierto, donde lo soltaban y lo dejaban en libertad como un ser maldito, cargado de ignominias.

Nuestro Señor, la Víctima por excelencia

Ahora bien, debemos recordar que todas las costumbres y ritos de la Antigua Ley eran, de alguna manera, prefigurativos del gran y único Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Heb 9, 8-12).

La escena del chivo expiatorio también sugiere a la mente una idea sumamente expresiva mediante metáforas: el Dios de toda pureza, sin culpa alguna, ya no se presenta como el cordero pascual albísimo, limpio, perfumado y adornado con cintas, sacrificado para salvar nuestras vidas, sino bajo la horrenda imagen de un animal feo, sucio y maloliente, con los rasgos de la infamia del pecado, cubierto de clamores de maldición.

Mucho más que el Atlas de la mitología griega, que sostiene sobre sus espaldas la bóveda celeste, Jesús se nos muestra cargando sobre sus hombros la triste, pesada y repugnante carga de tantos crímenes acumulados, no sólo por el pueblo judío, sino por la humanidad de todos los tiempos y lugares…

Sin proferir una sola queja, el Redentor se sometió a todos los tormentos que le infligieron sus adversarios, que lo odiaban.

Sin embargo, lejos esté de nosotros asombrarnos ante este aspecto de Nuestro Señor, creyendo que se trata de una exageración, pues todo ello es aún inferior a la realidad: no hay palabras que expresen la gravedad infinita de toda falta mortal, ya que constituye una desobediencia formal al Ser eterno.

Así, una vez que el pecado entró en el mundo, necesitábamos una víctima cuyos méritos también fueran infinitos, «porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados» (Heb 10, 4). ¿Cómo llevar a cabo esa reparación?

Era necesario que el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, al tomar nuestra carne y unir la naturaleza divina con la humana, asumiera sobre sí las miserias de la humanidad y derramara su propia sangre para reparar la ofensa cometida contra el Padre, reintroducir en nosotros la vida sobrenatural y abrirnos las puertas del Paraíso.

Ofrecimiento en la encarnación y en la presentación en el Templo

Desde el primer instante en que la sombra del Espíritu Santo envolvió a María y el alma fue infundida en el embrión que se estaba formando en su claustro bendito y maternal, Jesús ya poseía la más alta y elevada comprensión de todo el pasado, presente y futuro, pues su alma había sido creada en la visión beatífica.

Y, al ver a Dios cara a cara, Él conoció su misión de víctima y la aceptó en la libertad de su voluntad humana, en un holocausto lúcido y consciente.

Ese acto, el Salvador lo renovó innumerables veces a lo largo de su vida, pero el momento culminante tuvo lugar en el misterio de la presentación.

Cuando sus padres lo prepararon para llevarlo al Templo y Él entró allí en brazos de Nuestra Señora, su corazoncito de bebé de cuarenta días quizá latiera más rápido, pues ardía de emoción y deseo de entregarse.

En efecto, desde la salida de los judíos de Egipto, la ley exigía que los primogénitos varones fueran presentados al sacerdote como ofrenda a Dios, quien tenía derecho de propiedad sobre ellos por haberlos salvado de la plaga exterminadora que mató a los egipcios (cf. Éx 13, 2.14-15).

Por eso, de las manos de su Madre, el Niño pasó a las del anciano Simeón, que, por revelación del Espíritu Santo en lo más hondo de su alma, esperaba ver al Mesías.

Allí, en el Templo de Jerusalén, se encontraron dos sacerdotes: Simeón y Jesús; porque no sólo el venerable anciano, como ministro de la Antigua Alianza, lo ofreció oficialmente, sino que el propio Niño se consagró como víctima expiatoria al Padre.

Ahora bien, si ya pertenecía a Dios Padre, ¿por qué quiso someterse a esa ceremonia? Porque deseaba, desde su más tierna edad, sellar la redención del género humano y la derrota del mal.

Nuestra Señora comprendía perfectamente lo que estaba sucediendo y también Ella lo ofreció, sabiendo que en esa ocasión era posible rescatar a su único Hijo por cinco siclos de plata (cf. Éx 13, 13; Núm 8, 17; 18, 15-16) y recuperarlo, pero que llegaría el momento en que Ella misma consentiría en entregarlo en el Calvario.

Magnífica y conmovedora escena, contemplada por todos los presentes, que escucharon las palabras de Simeón y se dieron cuenta de que se trataba de algo completamente fuera de lo común.

¿En qué consiste la vocación de víctima expiatoria?

El ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, arquetipo de expiación en favor de las almas, nos abre el camino, invitándonos también a expiar con Él.

He aquí un deber sobre el que poco meditamos y que a menudo olvidamos: el de la penitencia voluntaria por las propias culpas y las de nuestros hermanos en todo el mundo, mezclando, de alguna manera, una gota de nuestra sangre en el cáliz del Redentor.

¡Cuántas almas se purificaron por la penitencia, como David, el rey profeta, San Pedro, Santa María Magdalena, San Agustín! Otras, inocentes y fervientes, como Santa Teresa del Niño Jesús, se inmolaron con miras a la alabanza a Dios y a una dedicación total a Nuestra Señora.

La víctima expiatoria por excelencia es aquella persona que, ante una necesidad de la causa de Dios y del bien de las almas, entrega consciente y voluntariamente su propia vida para producir el efecto deseado. Se trata de una vocación muy específica y sublime, que la Providencia hace sentir claramente en lo más hondo del alma.

No todos están llamados a seguir ese camino; conviene discernir si la inspiración proviene de la gracia o no, y buscar la orientación de un superior.

No obstante, según la teología,1 para que una persona sea considerada víctima expiatoria no es necesario que el ofrecimiento sea explícito y formal; basta con expresarlo de manera genérica, conformándose con la voluntad de Dios y dejando en sus manos que haga de ella todo cuanto quiera: quitarle la vida, dejarla postrada en cama, dejarla paralizada, ciega, muda, sorda…

Pero, en general —dicen también los teólogos—, todos aquellos que hacen un ofrecimiento real y válido, y cuya ofrenda es acogida por la Providencia, no relacionan los tormentos por los que pasan con el ofrecimiento hecho, e incluso lo olvidan.

Entonces, los asalta la duda y, en la honestidad de su conciencia, consideran que merecen ese «castigo» a causa de las faltas cometidas en su vida pasada.2

La Providencia lo permite así porque si la persona tuviera aquí en la tierra clara conciencia de que su ofrecimiento ha sido aceptado, todo se volvería fácil, la prueba cesaría y tal lenitivo haría disminuir enormemente sus méritos, pudiendo incluso constituir una tentación de vanidad.

¡Sólo cuando vea a Dios cara a cara en el Cielo todo quedará claro!

Todos tenemos algo que ofrecer

Alguien podría preguntar: puesto que este llamamiento es una invitación especial e inequívoca, y nada indica que la gracia haya tocado lo más hondo de mi alma en ese sentido, ¿debería entonces cruzarme de brazos, pensando que no tengo nada que ofrecer?

¿Se trata, tal vez, de ponerme un cilicio y flagelarme con disciplinas? O si ya he renunciado a los bienes materiales, a mi carrera e incluso a la posibilidad de disponer de mi tiempo mediante un voto de obediencia, ¿qué más voy a entregar?

¡No nos engañemos! Por muy excelente que sea un hombre, mientras viva en esta tierra siempre tendrá algo que mejorar, porque, según Santo Tomás de Aquino,3 sólo la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Señora y la visión beatífica no podrían haber sido mejores.

Tomemos el ejemplo histórico de los Apóstoles: cuando se encontraron con Nuestro Señor, dejaron atrás a sus familias, sus barcas, sus redes, toda una vida, y lo siguieron. Dondequiera que Él durmiera, allí acampaban también; vivían de limosnas de la gente, ya no poseían bienes, lo habían dado absolutamente todo.

¿No tenían nada más que entregar?…

Los evangelios relatan que, cuando Nuestro Señor subió a Jerusalén por última vez, les anunció de manera tajante que allí sería arrestado, juzgado, condenado y asesinado, pero que al tercer día resucitaría (cf. Mt 20, 17-19).

Pues bien, tras esa conversación, la madre de Santiago y Juan, parientes de Jesús, se postró ante Él y le pidió que sus hijos se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda en el Reino que Él iba a instaurar (cf. Mt 20, 20-21).

La escena fue tal que los demás Apóstoles comenzaron a discutir entre sí cuál de ellos merecía tan prestigioso lugar…

Por lo tanto, habían entregado todo lo que era fácil. Pero ¿entendían que el Reino del Mesías no era de este mundo? Pedro, que había proclamado la divinidad del Maestro (cf. Mt 16, 16), ¿comprendía eso?

Los Apóstoles tenían mentalidades, principios y maneras de analizar las cosas y de comprender a Nuestro Señor de los que no querían desprenderse, porque dejarían de compartir esa seductora concepción del mundo que estaba en boga en la sociedad hebrea de aquella época.

¿Y nosotros? ¿Acaso no tenemos también una visión del universo que no se ajusta a la de Nuestro Señor Jesucristo? ¡Cuántas indecisiones, cuánta condescendencia, cuánto liberalismo, cuánta falta de entrega absoluta! ¿Por qué? Porque nos gusta aferrarnos a nuestros propios criterios.

Debemos saber ofrecer actos expiatorios, aunque sean sencillos y comunes, y depositar nuestra ofrenda en el altar del holocausto, pues esta lucha dura toda la vida y siempre presenta nuevos aspectos.

Cada uno debe descubrir los puntos que ha de corregir, y es cierto que la Providencia, a través de nuestro ángel de la guarda, nos inspirará la privación adecuada para lograrlo.

Para unos será, por ejemplo, una curiosidad hasta entonces incontenible. Para otros, un sentimiento de honor tan arraigado en su interior que se rebela cuando lo acusan injustamente.

Para otros, en cambio, la lucha contra el amor propio, la vanidad y el orgullo, la dificultad de poner en las manos de Nuestra Señora su propio fracaso…

Si Dios se complace en el ofrecimiento que parte de un alma inocente y lo acepta, lo mismo ocurre con nosotros: «un corazón contrito y humillado» (Sal 50, 19) conmueve al Cielo y es como la lluvia que riega esta tierra, para que de las semillas plantadas broten árboles de gigantesco porte, que se desarrollarán a lo largo de los siglos y los milenios, produciendo efectos extraordinarios y alcanzando la plenitud de sus frutos.

Por eso, la hora más sagrada de nuestra existencia se produce cuando la prueba y la tentación nos asaltan, porque nos acercamos a Nuestro Señor Jesucristo en el huerto de los olivos.

Siempre que suframos en unión con Él, avanzando hacia el dolor como verdaderos «varones fuertes»4 —según la expresión de Santa Teresa a sus monjas—, entonces nos volveremos sacrales.

Y, si bien es cierto que el católico está llamado a guiar el corazón de la opinión pública mediante el ejemplo y las costumbres, debemos comprender que sin el martirio no se hace nada, no se mueve nada, no se consigue nada.

El núcleo de la transformación social y de la fundación de una nueva civilización llamada Reino de María tiene sus raíces en el holocausto de las víctimas expiatorias. «¡Mi Inmaculado Corazón triunfará!»; ¿quién no percibe que ese triunfo ya ha empezado a manifestarse sobre la faz de la tierra?

El que no se da cuenta de ello o está ciego y sordo, o bien no sabe interpretar el futuro al observar el presente… 

Fragmentos de exposiciones orales pronunciadas entre 1992 y 2010.

 


1 «Pero aun sin el voto propiamente tal puede hacerse la oblación de sí mismo al Amor misericordioso de Dios, según la fórmula compuesta por Santa Teresa del Niño Jesús y aprobada por la Sagrada Penitenciaría el 31 de julio de 1923 […]. Podemos, igualmente, pedir a la Santísima Virgen que Ella nos ofrezca cada día a su Hijo, según su prudencia maternal, que hará no nos sean enviados dolores superiores a nuestras fuerzas; que nos ofrezca en conformidad con su ardiente celo para que podamos dar a su Hijo todo lo que Él espera de cada uno de nosotros, hasta el día de nuestra entrada en la gloria» (Garrigou-lagrange, OP, Réginald. La unión del sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima. Madrid: Rialp, 1955, pp. 115-116).
2 Comentando los cuarenta y cinco años de desolación interior padecidos por San Juan de la Cruz, afirma fray Garrigou-Lagrange: «Se trata verdaderamente de la vía reparadora en toda su profundidad y elevación; del apostolado por el sufrimiento espiritual en un grado excepcional. No sólo fue la privación de las consolaciones sensibles, sino como un eclipse de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. El santo se creía abandonado por Dios, creía que Dios estaba airado contra él. Las tentaciones de desesperación y tristeza eran aplastantes» (Garrigou-lagrange, OP, Réginald. Les trois âges de la vie intérieure. Prélude de celle du ciel. Paris: Cerf, 1951, t. ii, p. 666). En lo que respecta específicamente a las víctimas expiatorias, las palabras de la Madre Francisca de Río Negro —ella misma una de esas víctimas—, publicadas por el mismo dominico francés, su director espiritual, resultan muy esclarecedoras: «Tales almas se ven, por consiguiente, abrumadas por grandes sufrimientos morales y como absorbidas y devoradas por inexpresables dolores. […] Es como si en ciertos momentos el Infierno se desatara para arrancarles un acto de desesperación y convencerlas de que, tras la muerte, sólo les espera la nada absoluta o la pérdida eterna» (Garrigou-lagrange, OP, Réginald. Madre Francisca de Jesus. Campinas: Ecclesiæ, 2013, p. 114). Sobre las pruebas sufridas por la religiosa, fray Juan Arintero comentó, en respuesta a una carta suya: «Es menester experimentar ese vacío absoluto para poder llenarse de la plenitud de Dios. Y Dios sólo puede consolar a quien sufre esta prueba… Es necesario configurarse con Jesucristo en su desamparo de Getsemaní y del Calvario para encontrar una nueva vida gloriosa en Él. Esto no es “el preludio de una muerte eterna”, como usted teme, sino que es la verdadera muerte mística a todo y a sí misma y el preludio de la vida eterna» (Arintero González, OP, Juan. Carta para Madre Francisca de Jesus. In: Garrigou-lagrange, Madre Francisca de Jesus, op. cit., p. 18).
3 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 25, a. 6, ad 4.
4 Santa Teresa de Jesús. Camino de perfección, c. VII, n.º 8.