Las manos juntas, palma con palma, ante el pecho, en actitud de oración: he aquí una de las posiciones más habituales y expresivas de la plegaria cristiana. Ya sea el sacerdote durante el sacrificio de la misa, el estudiante angustiado antes de un examen o la madre intercediendo por sus hijos, esa postura trasciende generaciones y fronteras. Y con toda razón, dados los orígenes de dicha tradición.

Esta específica actitud de súplica surge en la Edad Media. Era la época del feudalismo, en la que, con una promesa de ayuda mutua y completa fidelidad, los hombres se unían jerárquicamente, no por fríos y protocolarios contratos de letra muerta, sino mediante una entrega personal. Un caballero que se ofrecía al servicio de un señor feudal — fuera éste un rey u otro superior— prestaba juramento de fidelidad ante su señor con las manos juntas sobre el pecho.

También los soldados de Cristo —«miles Christi» (2 Tim 2, 3)— comenzaron a dirigirse así al divino General en sus oraciones, costumbre que se hizo muy popular a partir del siglo xii. A la par del movimiento generalizado a favor de esta práctica, la propia Iglesia se la recomendó a sus hijos: en el Sínodo de Oxford (1222), por ejemplo, el cardenal Langton indicó que los fieles mantuvieran las manos juntas durante la elevación de la hostia. Con el tiempo, el gesto cobró protagonismo en las ceremonias sagradas y, con el uso, acabó siendo la posición de oración más común en la liturgia.

Al juntar las manos para rezar, recordemos la profundidad de este acto: le declaramos a Dios que somos sus vasallos y guerreros. Que tal hábito nos inspire a pedir con humildad la fortaleza necesaria para servirle con lealtad y valor.