Bajo las calles, plazas y anfiteatros de la bulliciosa capital romana de los primeros siglos después de Cristo, palpita una vida diferente. Verdaderos laberintos se extienden, estrechos y húmedos, ocultando, como si fueran criminales, a personas que gozan de la suma libertad; oscuras criptas albergan almas revestidas de luz, destinadas en breve a las alturas celestiales.
En una de las cámaras, algunos fieles se reúnen en torno a un cadáver ensangrentado… Un sacerdote pronuncia unas oraciones por la víctima recién asesinada. La crudeza del lugar palidece ante la melancolía de la escena.
A pesar de ello, se aprecia en sus rostros un brillo inexplicable: contrariamente a lo que cabría esperar, todos manifiestan un contentamiento profundo, grave y sereno, mezclando lágrimas de dolor y de alegría.
Aunque la muerte siempre trae consigo sufrimiento por la separación, el júbilo triunfa en el corazón de aquellos pobres fugitivos, impulsado por la certeza de la fe, consolidado en la esperanza: el alma del difunto se encuentra, por fin, en los brazos de Dios, desde donde intercederá por aquellos que aún luchan en la tierra.
¡Ah, mártires! ¡Cuánta gloria hallaron tras las hojas de los verdugos o después de las mordeduras de las fieras, qué gran recompensa por la pérdida de su propia vida!
La Santa Iglesia siempre les ha dedicado entusiastas alabanzas y una destacada devoción, cautivada por aquello que, a los ojos del mundo, sólo causaría horror.
Pero ¿qué tiene de especial el martirio si la muerte es el destino de todos los hombres?
De vocablo común a título de gloria
La palabra mártir proviene del griego μάρτυς (mártys), que significa testigo. El término fue pasando de un concepto genérico al de testimonio dado con la propia sangre.
En el Nuevo Testamento, Esteban, «hombre lleno de fe y de Espíritu Santo» (Hch 6, 5), «no es llamado mártir por el hecho de morir, sino simplemente porque es testigo de Cristo en su actividad evangelizadora».1
Sólo a partir del siglo ii, con el Martyrium Policarpi —relato de la ejecución de San Policarpo—, el vocablo comenzó a designar la inmolación de la vida, máxima expresión del testimonio. Desde entonces, se reservó ese título para aquellos que abrazaron la muerte por caridad perfecta.
Según la teología, el martirio se ha descrito como el «acto de la virtud de la fortaleza por el que se sufre voluntariamente la muerte en testimonio de la fe o de cualquier otra virtud cristiana relacionada con la fe».2
Fieles hasta el derramamiento de sangre
En esa descripción, hay dos aspectos indispensables: el testimonio de la fe y la aceptación de la muerte.
En cuanto al primero, si el mártir es, ante todo, un testigo, ¿cómo podrían serlo los cristianos que no convivieron con el Salvador?
En sentido estricto, se denominan testigos de la fe cristiana a los Apóstoles y discípulos del Salvador, aquellos que vieron con sus propios ojos, contemplaron y palparon la manifestación del Verbo de la vida (cf. 1 Jn 1, 1).
Sin embargo, los mártires también son considerados testigos, pues vieron al divino Redentor con los ojos de la fe al acoger la doctrina cristiana a través de la Tradición.
Al declarar su firme adhesión a la Iglesia, atestiguan la verdad que recibieron de Cristo, presente en ellos para fortalecerlos en sus sufrimientos.
Para esta declaración, no son necesarios largos discursos; basta la confesión de la fe, pues en ella reside la verdad misma.3 Los relatos de la persecución de Trajano (97-117) atestiguan que cualquiera que llevara el nombre de cristiano podía ser condenado a muerte, y la única forma de evitarla era renunciar a ese título.4
La muerte es un requisito esencial del martirio.5 Muchos fieles sufrieron torturas y encarcelamientos, convirtiéndose en confesores de la fe, pero, al sobrevivir, no consumaron el testimonio final que reproduce la pasión de Cristo.6 Esto no resta mérito a su fidelidad, sino que sólo los distingue de los mártires.
Dos condiciones
Morir no basta. El martirio requiere dos condiciones: primera, la víctima debe aceptar voluntariamente tal sacrificio7 por amor a la verdadera religión, pues «la madre del martirio es la fe católica»;8 segunda, el odio a la fe —odium fidei— por parte del ejecutor debe ser la causa del asesinato.
Para comprender mejor la doctrina, analicemos dos casos hipotéticos.
Un cristiano, sometido a persecución, reniega de la fe para escapar de la ejecución por hipotermia en una piscina con hielo.
Al ser sacado del agua y puesto en una bañera con agua caliente, muere debido al choque térmico. No hay martirio, pues la muerte fue involuntaria: la intención de la víctima era preservar su vida, no dar testimonio de la fe.
El asesinato de un joven católico a manos de un ladrón, motivado exclusivamente por la codicia, no constituye un martirio. Aunque la víctima hubiera ofrecido su vida a Dios, la ausencia de odium fidei por parte del agresor descarta el carácter de martirio.
En este sentido, asegura San Agustín:
«El malvado puede soportar la misma pena que soporta el mártir, pero el motivo es diverso. Tres estaban en la cruz: uno era salvador; otro, salvado, y el otro, condenado; todos sufrían igual pena, pero por causa distinta. […] Así, pues, el suplicio no hace mártires, sino la causa».9
Laurel de virtudes coronadas por el amor
Como piedras preciosas, algunas virtudes resplandecen especialmente en el alma de los mártires.
Al resistir al mal hasta el heroísmo, practican la virtud de la fortaleza, que robustece el alma humana para que no desista del bien arduo, ni siquiera ante el peligro de la vida corporal.
El bien arduo —la perseverancia en la vida de gracia— es anhelado por encima de todas las cosas, pues consideran el mundo como una verdadera cárcel y las prisiones terrenas como una especie de liberación de ella.10
Poseen una profunda fe, virtud por la que afrontan la batalla del martirio.11 Para ello, no basta la creencia del corazón, sino que también es necesaria la manifestación externa, es decir, la confesión de la fe, acto con el que demuestran que poseen esa virtud: «Con mis obras te mostraré la fe» (Sant 2, 18).12
También están revestidos de perfecta obediencia, pues imitan al Hombre-Dios en su plena sumisión a la voluntad del Padre en la pasión:
«Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2, 7b-9).
Los mártires también se destacan por la paciencia, al soportar con entereza tormentos físicos y morales. Ante los maltratos, las torturas, los insultos y las calumnias, no ceden al amor propio, a la ira ni a la desesperación, pues saben que cualquier padecimiento es pequeño comparado con la gloria celestial que un día se nos manifestará (cf. Rom 8, 18).13
Por último, la caridad es la virtud más importante en el martirio, porque, como atestigua el Apóstol, «si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría» (1 Cor 13, 3).
Puesto que la caridad es el «vínculo de perfección» (Col 3, 14) y no hay «amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13), el mayor acto externo de la caridad es el martirio, cuando el cristiano desprecia su vida por amor a Dios.14
De sus méritos, se beneficia todo el Cuerpo Místico de Cristo
Los frutos del generoso holocausto de los mártires son sublimes.
El bautismo de sangre borra el pecado original y abre las puertas del Cielo a aquellos que mueren por la fe aun sin haber recibido el bautismo sacramental.
Es lo que ocurrió con los Santos Inocentes, asesinados por orden de Herodes, movido por odio al divino Redentor que había nacido en Belén (cf. Mt 2, 16).15
A los bautizados que han caído en pecado grave, el martirio les devuelve el estado de gracia y anula las penas temporales que deberían expiar en el Purgatorio. En resumen, el fiel es santificado para gozar en el Cielo de la compañía de aquel que le abrió el camino del martirio.16
Además del beneficio individual, el martirio fecunda la Iglesia. Como dice Tertuliano, «sangre de mártires, semilla de cristianos».17 Gracias a su sacrificio, innumerables almas alcanzan la misericordia,18 y el Cuerpo Místico de Cristo se fortalece y crece en todo el orbe. Incluso después de muertos, atraen, por su heroico desprendimiento, a multitudes hacia la luz de la fe.
¡Todos podemos ser mártires!
Al final de estas reflexiones, dirijamos nuestra mirada hacia María Santísima, la Reina de los mártires. Con el alma traspasada por el dolor (cf. Lc 2, 35), sufrió en el Calvario lo que la teología denomina, por analogía, martirio moral —o martirio de corazón—, bebiendo con su amado Hijo cada gota del cáliz de la Redención.
Aun sin haber derramado sangre corporal, su sufrimiento, con el que nada se puede comparar,19 provenía de la suprema unión con la pasión de Jesús.
A ejemplo de María, todos estamos llamados al martirio, si no por una muerte violenta, al menos por el amor vivido fervorosamente cada día. Entregar cada minuto de nuestra existencia al servicio de Dios es una forma bellísima de martirio.
Esforcémonos «en la práctica callada y heroica de las virtudes de la vida cristiana ordinaria, que constituyen el “heroísmo de lo pequeño” y una especie de “martirio o alfilerazos”».20
Aunque este martirio cotidiano sea, a menudo, más penoso y arduo que la muerte entre los dientes de las fieras, es el camino seguro hacia la santidad y nos garantiza, en el día del juicio, la recompensa eterna junto a los héroes de la fe.