El pasaje del Evangelio de esta liturgia dominical se encuentra entre dos fragmentos que le confieren pleno sentido. En primer lugar, la advertencia que lo precede: «No es voluntad de vuestro Padre que está en el Cielo que se pierda ni uno de estos pequeños» (Mt 18, 14).

Al dictar las normas para la corrección fraterna, en este domingo, el divino Maestro enumera algunos poderes otorgados a sus discípulos: juzgar a los pecadores públicos, atar y desatar en la tierra y en el Cielo, interceder infaliblemente ante Dios y hacerlo presente allí donde los fieles se reúnan en su nombre.

Sin embargo, todas estas facultades están ordenadas al fin último de la Iglesia: la salvación de las almas.

Ésta es tan deseada por Dios que, como atestigua la primera lectura de este domingo, Él le impone a Ezequiel la obligación de advertir al pecador, de cuya salvación eterna rendirá cuentas el profeta si se abstiene de hacerlo.

Si avanzamos dos versículos más allá de los designados para esta liturgia, encontramos: «Por mi vida —oráculo del Señor Dios— que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva» (Ez 33, 11).

Se trata, por tanto, de la corrección fraterna prescrita ya en el Antiguo Testamento, con vistas al cambio de conducta y a la consiguiente salvación.

El motor y la razón de ser de esa corrección los señala San Pablo en la segunda lectura: el amor, del cual dependen todos los mandamientos. ¡Qué diferente es esto de la mentalidad contemporánea, que confunde el amor con la aceptación pasiva del error ajeno!

La presente conjugación de textos sagrados enseña lo contrario: amar a alguien es hacer todo lo posible para que en él se realicen los designios divinos, sobre todo, ayudándole a evitar el pecado.

La manera gradual en que Jesús ordena que se lleve a cabo la corrección manifiesta la caridad: primero, corregir a solas, en privado: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Mt 18, 15). Si ha faltado docilidad a esta amonestación secreta, la presencia de testigos aún puede convencer al infractor de que abandone el mal camino.

No obstante, si aun así no se enmienda, la caridad adquiere entonces un carácter más amplio: en virtud de la justicia, el culpable obstinado es castigado y tratado como pecador público, con el fin de evitar el escándalo y disuadir a los incautos.

Sin embargo, siempre queda abierta para el pecador, si se arrepiente, la posibilidad del perdón, principal meta de la corrección fraterna. De este perdón ilimitado hablará el divino Redentor en la siguiente perícopa, sirviéndose de la elocuente parábola del deudor implacable (cf. Mt 18, 21-35).

Así, mediante la disposición de estos pasajes evangélicos, el divino Maestro nos enseña que la corrección fraterna nace del deseo de salvar almas y florece en el perdón, ambos frutos refinados del amor, el cual, a su vez, es «la plenitud de la ley» (Rom 13, 10).