Tal vez incurramos en la mayor de las trivialidades al afirmar que estamos muy lejos —¡y cuán lejos!— de la época en que se escribían cartas. Pero, dejando de lado lo obvio, consideremos hasta qué punto una misiva puede seguir siendo, incluso en el siglo de la comunicación global e instantánea, un interesante objeto de análisis social y psicológico.
¿Cómo concebir los movimientos interiores de quien escribía o recibía una carta, tan acostumbrados como estamos a la comunicación vertiginosamente rápida de nuestro día a día?
«Era como un correo electrónico de aquellos tiempos», diría alguien. Pero la comparación, bien analizada, presenta más diferencias que semejanzas, y sólo por contraste nos ayudará a comprender la importancia de escribir y recibir cartas en la vida del hombre anterior a la revolución cibernética.
Sin pretender polemizar ingenuamente contra las innumerables facilidades que ofrecen los medios de comunicación modernos, nos aventuramos a establecer ese paralelismo, a fin de comprender mejor al hombre, el de ayer y el de hoy.
La carta revela mucho más la personalidad de su autor. Aún hoy en día, la grafología utiliza la escritura de puño y letra como instrumento de discernimiento psicológico. Cual sismógrafo inconsciente, la caligrafía delata las emociones, el temperamento e incluso las convicciones más íntimas, llegando a traicionar las líneas al desvelar lo que esconden entre líneas…
En la mayoría de los casos, se plasmaba en el papel un pensamiento madurado o, al menos, esos sentimientos profundos que resisten las primeras impresiones. Llevaba tiempo sentarse a escribir, costaba adquirir papel y tinta. Nada podía decirse en vano. Ahora bien, ¿no propicia tantas veces la facilidad de un clic una verborrea inútil y vacía?
La carta era todo un acontecimiento. Cuando llegaba a manos del destinatario, traía, por fuera, el perfume de las distancias recorridas entre tantos riesgos y, por dentro, algo de la presencia del remitente. Ciertamente, nuestros correos electrónicos son incomparablemente más versátiles, pero ¿quién se atreverá a afirmar que poseen la misma poesía?
En las misivas de antaño se podía hablar verdaderamente de autógrafos; nada, entre el alma y el papel, se adelantaba al pensamiento ni lo dirigía, ¡ni siquiera un corrector automático! A un ritmo natural, el pensamiento se vertía sobre el papel y el corazón intuía las palabras cuyas sonoridades serían más penetrantes. ¡Qué abismo entre los manuscritos y los automatismos…!
Cuando las ideas eran muy elevadas y los sentimientos muy profundos, las palabras ya no alcanzaban a expresarlos. Se recurría a la poesía, que es casi canto. Como afirmó San Agustín, «no puede explicarse con palabras lo que se canta en el corazón. […] Alégrese el corazón sin palabras y no tenga límites de sílabas la amplitud del gozo».1
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Observe el lector, por un instante, las fotografías de las cartas que aparecen en estas páginas. Y, a modo de desafío, preguntamos: ¿es posible discernir alguna característica de su autor? ¿Quizá la categoría social, algún rasgo psicológico o el estado de ánimo del remitente? Para facilitar la tarea, adelantamos que se trata de cartas escritas en el siglo xvii, en tierras brasileñas.
¿No ha servido de mucho? Con todo, seguramente será la misiva de un personaje ilustre: un noble, un gobernador, un militar de alto rango o un burgués influyente. Quién sabe si es la correspondencia de algún colono dirigida a otro colono o a la Corona portuguesa… tal vez de algún descendiente de Pero Vaz de Caminha o… —¡ya sé!— ¡de un misionero jesuita!
Al examinarlas, resulta difícil saber qué dicen, pero su aspecto no deja lugar a dudas: expresan algo de gran sentido intelectual, volitivo, pasional y, subrayémoslo, personal. La identidad de su autor, o de sus autores, así como el sorprendente contexto que las rodea, se desvelará en un próximo artículo.
Notas: