Desde los albores del cristianismo, el martirio ha sido para los fieles motivo tanto de temor como de fascinación. El simple recuerdo de lugares como el Circo Máximo y el Coliseo Romano o de nombres como Lorenzo, Sebastián e Ignacio de Antioquía, por ejemplo, evoca gestas de tal grandeza y pulcritud que superan con creces los paradigmas humanos. ¡Cuán pequeños parecen los héroes paganos comparados con estos paladines, que, en medio de grandes tribulaciones, lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14)!
¿Qué los llevó a tales actos de valentía? ¿El mero desencadenamiento de energías naturales con miras a la exaltación del propio ego? ¿O actos de virtudes excelsas practicadas bajo el impulso de la gracia divina? En este caso, ¿qué virtudes estarían más directamente implicadas en el acto del martirio? Santo Tomás aborda este tema en la Suma Teológica, II-II, q. 124, a lo largo de cinco artículos.
Dado que el hombre está compuesto de cuerpo y alma, las potencias de ésta no siempre actúan de forma ordenada, haciendo prevalecer en ella lo que hay de más noble, es decir, la razón iluminada por la fe. Ahora bien, ante los múltiples embates de los perseguidores de la fe, ya sea mediante falaces sofismas, insultos morales o actos de violencia, se le exige al mártir firmeza en la verdad y en la justicia para que no claudique ante los sufrimientos. Tal perseverancia sólo puede ser obra de la virtud, pues a ella compete «permanecer en el bien de la razón» (a. 1).
Entre las virtudes fundamentales presentes en el martirio, destaca la fortaleza, a la que pertenece «confirmar al hombre en el bien de la virtud contra los peligros, sobre todo contra los peligros de muerte» (a. 2). De este modo, si la fortaleza tiene el gran mérito de estar en el núcleo del martirio, de ser la «virtud madre» de la que procede el acto del martirio, éste tiene como fin la confirmación de otra virtud aún más excelsa: la fe. ¡Todo mártir es un valiente soldado de Cristo, pero, sobre todo, un insigne héroe de la fe!
Sin embargo, la virtud princeps, aquella que resplandece en el acto del martirio «como primer y principal motivo» (a. 2, ad 2), es la caridad, fin último de todo impulso perfectivo del alma humana. Como afirma el Apóstol, «si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría» (1 Cor 13, 3).
El Aquinate concluye su glosa sobre el tema con la siguiente pregunta (cf. a. 3): ¿Es el martirio el acto de mayor perfección? Explica que, si se examina desde la perspectiva de la virtud de la que emana —la fortaleza—, no se puede decir que sea el más perfecto de los actos, puesto que soportar la muerte no es de suyo encomiable, salvo en cuanto ordenado a un bien superior.
No obstante, si lo consideramos a partir de su motivo principal —el amor de caridad—, podemos afirmar que es, «entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género», porque la caridad «es el vínculo de perfección» (Col 3, 14). Así declara el divino Maestro: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).