Ya se han escalado los mil quinientos metros de muralla. Queda por conquistar el corazón palpitante del castillo. Los prudentes desisten. Sólo dos temerarios se atreven a avanzar: Wisse y Gabriel.
¡Al asalto! El volcán Pichincha, último bastión del misterio en la geografía ecuatoriana, está a punto de ser tomado este 15 de enero de 1845.
Pero el cráter se resiste a ser vencido y hace valer su naturaleza indómita. De repente, un monstruoso peñasco se precipita sobre el joven Gabriel. ¡Es su último segundo de vida!
* * *
Habría sido su último segundo de vida… si sobre él no velara una promesa mucho más grandiosa que todas las rocas incandescentes arrojadas por aquel volcán.
En efecto, el 16 de enero de 1599, María Santísima había profetizado a los pies de ese mismo Pichincha:
«En el siglo xix vivirá un presidente verdaderamente cristiano, varón de carácter, a quien Dios nuestro Señor dará la palma del martirio en la plaza donde está éste mi convento. Él consagrará la República al Divino Corazón de mi Hijo Santísimo».1
Gabriel ignoraba estas palabras de la Virgen. Sin embargo, sobre él chocaron aquel día la promesa y el volcán. ¡Y la promesa venció! A partir de entonces, no obstante, le correspondería al intrépido joven hacer realidad, contra todos los volcanes, esa promesa que desconocía.
¡Estalla la juventud!
Gabriel García Moreno vivía con efervescencia sus 23 años en Quito, la capital de Ecuador.2 Ya impartía clases y ejercía como abogado; estudiaba Física y Matemáticas, realizaba experimentos de química, cartografiaba cráteres activos…
Como se puede apreciar, no le faltaba una inteligencia multifacética y prodigiosa. De hecho, había dejado Guayaquil —ciudad donde nació la víspera de la Navidad de 1821— para estudiar en la única institución de enseñanza superior del país, hoy Universidad Central del Ecuador.
Fue entonces cuando hubo de enfrentarse solo al inevitable volcán de la juventud. Lejos de sus padres, en plena mocedad, con tiempo disponible y prestigio intelectual, lo tenía todo para ser engullido por la lava de la concupiscencia.
Pero no fue eso lo que ocurrió. Cuando despertaron los inevitables ardores de aquella edad para robarle el corazón, éste ya había sido arrebatado por la ciencia.
En su horario de estudiante no había vacaciones. Se levantaba a las tres de la madrugada para hojear durante largas horas los libros de Derecho —la carrera que cursaba—, así como los de Ciencias Naturales y Matemáticas. ¿Descansaba? Sí, aprendiendo idiomas…
El volcán de sus años juveniles había entrado en erupción, pero sobre los campos de la ciencia, fertilizándolos. La promesa seguía venciendo.
El joven volcán
Sin embargo, otra pasión, mucho más arriesgada, surgió en el espíritu de García Moreno: la política. Corría el año 1843 y el estudiante participaba en una conspiración para derrocar al régimen de índole autocrática.
Se dice que, puñal en mano, llegó a esperar en una esquina de Quito, en plena noche, al jefe de Estado, Juan José Flores. No es del todo improbable, dado el carácter que lo incendiaba.
En su interior ardía un temperamento volcánico —incansable, magmático y productivo—, que encajaba a la perfección con la promesa de María acerca de un «varón de carácter»…
El problema era que semejante índole provocaba efectos colaterales desconcertantes, como retar a duelo a un soldado o editar él solo un periódico extraordinariamente agresivo, cuyos acerbos dardos varios hombres del Gobierno —¡y de la Iglesia!...— experimentaron.
Recordemos que este joven carecía de cualquier apoyo político o económico, quedando a merced de la cárcel o del destierro, cuando no del patíbulo.
Pero sólo hasta 1847, año en que se casó con Rosa Ascásubi, oriunda de una influyente y adinerada familia quiteña. Con ello todo se resolvió. En poco tiempo, asumió importantes cargos gubernamentales.
Estaba a salvo de la pobreza. No de la política ni de su temperamento: dos volcanes infatigables.
Vencido…
Esas dos fábricas de explosiones seguían sumamente activas: en poco más de dos años, estallaron diecisiete revoluciones en el país, y en Quito vieron la luz tres nuevos periódicos de García Moreno, cada uno más implacable que el anterior: El zurriago, El vengador, El diablo…
¿Quién era más activo: el inquieto Ecuador o el inquietante ecuatoriano? Es difícil responder… pero llegó el día en que la política venció al político: cuando éste fundó su cuarto periódico, en 1853, para desafiar al poder, el cual —escribía Gabriel— usaba y abusaba del «derecho de la opresión» y del «privilegio vergonzoso del peculado y del robo».3
El Gobierno lo obligó entonces a cruzar la frontera. García Moreno estaba derrotado. No obstante, sería en la tierra de su destierro, Perú, donde comenzaría la guerra de su vida: la escalada del volcán interior.
… ¡se venció!
Por entonces, ¿era católico? «Soy católico —afirmó en cierta ocasión— y me glorío de serlo, si bien no puedo contarme en el número de los devotos».4
Un católico no practicante, por usar los paradójicos términos de nuestros días. Pero la Virgen había profetizado que sería «verdaderamente cristiano», y haría prevalecer su palabra.
Voluminosas lecturas de filosofía y teología escolásticas, unidas a la soledad forzada de Paita —una pequeña localidad peruana donde se recluyó—, le fueron desvelando a García Moreno los horizontes de la fe.
Quizá alentado por esos luminosos impulsos, a finales de abril de 1855 partió hacia Europa, con destino a París. Su objetivo era profundizar en los conocimientos científicos. Sin embargo, Dios tenía otros planes.
¡El sudamericano lleva una vida escandalosa en París! Estudia unas doce horas al día, desdeña los refinados bailes parisinos y conserva intacta, a pesar de la distancia, su fidelidad conyugal. Un auténtico escándalo o, en otras palabras, un católico coherente… aunque no del «número de los devotos».
Pero un día todo cambió.
Discutía Gabriel sobre la eficacia de los sacramentos, defendiendo con ahínco estas maravillas de la gracia. De repente, uno de sus compañeros le arguye:
—Usted habla muy bien, pero me parece que lo descuida un poco en la práctica. ¿Desde cuándo no se confiesa?
—Me ha respondido usted con un argumento personal que tal vez le parezca excelente hoy, pero que mañana no valdrá más.
Esa misma tarde, Gabriel va a confesarse. De ahí en adelante, asistirá a misa todas las mañanas y rezará el rosario diariamente. Será «verdaderamente cristiano».
Vencido, se venció a sí mismo.
10 de marzo de 1861
Mientras tanto, Ecuador continuaba con sus «erupciones» políticas. En una de ellas, García Moreno fue amnistiado y regresó a su patria en diciembre de 1856. Su prestigio se había acrecentado durante su ausencia y pronto lo nombraron alcalde de Quito.
Unos meses después asumía un papel dirigente en el triunvirato —gobierno provisional formado por tres miembros— tras una grave crisis.
Pero estalló una nueva sublevación, durante la cual a nuestro protagonista le usurparon sus poderes y lo encarcelaron. No obstante, su personalidad era más sólida que las rejas:
—¿A quién has jurado ser fiel? —le preguntó al guardia de la prisión.
—Al jefe del Estado.
—El jefe del Estado soy yo.
El centinela saludó militarmente al recluso, quien, con paso solemne, escapó de la cárcel por la puerta principal. Y la autoridad que allí se había afianzado se consolidaría a escala nacional menos de dos años después.
10 de marzo de 1861. En Quito, la Convención elige al Dr. Gabriel García Moreno como presidente de la República, por treinta y siete votos contra uno. Por fin había sido dominado aquel enorme volcán: Ecuador.
«¡Tirano! ¡Dictador!»
Es el momento de la gran obra de este católico apostólico romano. Pero antes de recordar cuanto impulsó, es necesario desmentir ciertas calumnias que lo tildan de tirano y dictador. Veamos por qué.
¿Puede llamarse aprovechado un hombre que se empobrece cada vez que ocupa un cargo, que no nombra a familiares como ministros, que castiga a culpables incluso cuando son sus amigos?
¿Es un dictador un hombre elegido y reelegido con casi unanimidad, que intenta renunciar a la presidencia y no se lo permiten, cuya Constitución es aclamada por todo el pueblo? Qué «dictadura» inédita…
Tirano: he aquí el título que le dan por haber aprobado la pena capital en una época en la que figuraba en las leyes de todos los países —la primera nación en abolir la pena de muerte fue Venezuela, en 1863—.
Un tirano que, sólo después de perdonar en varias ocasiones a un general culpable de reiterados delitos de alta traición, decreta finalmente su ejecución.
El militar es arrestado y no quiere huir, a pesar de la negligencia de los guardias, pagados por García Moreno para que dejaran escapar al traidor a la patria… El delincuente es llevado al cadalso, pero el presidente no acude al acto.
¿Qué hacía? Rezaba por el condenado, como lo había hecho durante toda la noche —un «tirano», admitámoslo, bastante original…—. El arzobispo interrumpe las oraciones del presidente para suplicar clemencia para el reo. Y recibe la respuesta de un hombre de conciencia a la vez delicada y fuerte:
— Si usted me asegura que incurro en pecado venial por esta sentencia de muerte, perdono al condenado, aun exponiendo la paz de la República.
El prelado no tuvo nada que objetar.
El desarrollo de una nación católica
Dejando a un lado las calumnias, pasemos a los hechos.
Los años del gobierno de García Moreno marcan un hito en el gran desarrollo de Ecuador. Esta tierra, en treinta y nueve años, había sufrido nada menos que cincuenta revoluciones.
Por fin llegaba la estabilidad y, con ella, la renta anual se multiplicó por siete; llegaron el ferrocarril, el telégrafo, setecientos kilómetros de caminos, más de cien escuelas, enseñanza universal… y tantos otros avances que desafían cualquier capacidad de síntesis.
Resumamos, pues, esta magna obra en su punto neurálgico. García Moreno buscaba ante todo «restablecer el imperio de la moral, sin la cual —explicaba— el orden no es más que tregua o cansancio y fuera de la cual la libertad es engaño y quimera».5 ¿Cómo lo consiguió? Infundiendo en la sociedad el espíritu de la Iglesia.
Su Constitución, aprobada por más del 95 % de la población, es emblemática. En ella podemos leer: «Para ser ciudadano se requiere ser católico».6 A la vista de todo lo que deriva de esta premisa, ¿cuál es el resultado? La principal cárcel de Quito, con capacidad para trescientos reclusos, apenas albergaba cincuenta.
Con Ecuador así preparado, había llegado el momento de que se cumpliera la profecía: «Él consagrará la República al Divino Corazón de mi Santísimo Hijo».
El 25 de marzo de 1874, finalmente, Ecuador es dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. De pie, tras el repique de las campanas y las salvas de cañón, ante la nación, García Moreno se dirige al Rey Eterno: «Éste es, Señor, vuestro pueblo».
He aquí los frutos de la pujante vida interior de Gabriel. Su actividad iba generando el nuevo Ecuador, porque él mismo se había transformado.
El volcán produce viñedos
El nuevo Gabriel de 50 años ya no es el viejo Gabriel de la juventud. Su temperamento, siempre magmático, obedece ahora a los dictados de la razón. Su humildad lo lleva a pedir que lo corrijan y a rechazar honores.
Y el pueblo, admirado, sigue observando a su presidente visitando a leprosos, enseñando el catecismo a agricultores, asistiendo a misa todos los días y desgranando largamente el rosario.
Su programa espiritual, escrito en un papel, es más que elocuente: conservar siempre la presencia de Dios, hacer lo contrario a lo que dicte su humor colérico, hacer examen de conciencia tres veces al día, no hablar de sí mismo, refrenar la vista y el paladar.
He aquí algunos de los propósitos llevados a cabo por el hombre más ocupado de Ecuador.
Gabriel, que había escalado el Pichincha antes de los 25 años, sólo alcanzaría su propia cima tras cumplir medio siglo de vida. Comentando una de sus fotografías de su madurez, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira observa:
«Al hacer de sus defectos como volcanes extintos, en cuyas laderas nacen viñedos —más o menos como el Vesubio que, cuando se sabe tratar, produce viñedos espléndidos —, hay en él algo de una superior y magnífica coherencia, de una superior y magnífica rectitud, […] que hacen que él no esté mirando a nada en concreto ni a nadie, sino que contemple algo que existe muy por encima de sí mismo».7
¿Qué vislumbraba por encima de él? Quizá una promesa que susurraba: «un presidente a quien Dios dará la palma del martirio en la plaza donde está éste mi convento»…8
La victoria final
6 de agosto de 1875, primer viernes del mes, día de la Transfiguración del Señor. El presidente de Ecuador se encuentra en la galería del Palacio de Gobierno, frente a la plaza que une el edificio con el real monasterio de la Inmaculada Concepción, de las monjas concepcionistas, donde se encuentra una hermosa imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso que había profetizado maravillas en 1599.
Acaba de rezar en la catedral, donde quizá haya repetido a Dios la súplica que le había dirigido al Papa: morir en defensa de la fe y de la Iglesia.
De repente, un grito:
—¡Tirano!
Y un golpe de machete impacta en la nuca de García Moreno. Éste se defiende con su bastón, pero llegan otros jóvenes asesinos, sin duda instigados al crimen por instancias superiores.
El presidente, tras recibir disparos y puñaladas, es empujado y rueda por los escalones hasta la plaza.
Uno de los asesinos corre hacia él y le acuchilla repetidamente en la cara, mientras grita:
—«¡Muere! ¡Muere!»
Entre golpe y golpe, García Moreno aún encuentra fuerzas para lanzar un último grito de fe:
—«¡Dios no muere!»
* * *
Sobre Gabriel chocaron aquel día la promesa de la Virgen y el volcán de la serpiente infernal. ¡Y la promesa triunfó!
¡Sí, triunfó! Ésta había ganado al Pichincha, dominado a Ecuador, subyugado a Gabriel. Sólo le faltaba vencer a Dios… ¡Y Dios sólo es vencido por la cruz!
Mientras el pueblo recogía reliquias de su amado líder, Nuestra Señora del Buen Suceso presentaba a Gabriel García Moreno, su promesa cumplida, al Dios que no muere, sino que triunfa en sus mártires.