Durante siglos, Judea, territorio dominado por el Imperio romano, guardó un profundo secreto: el paradero de la cruz de Cristo. No fue hasta el año 326 cuando Santa Elena, madre del emperador Constantino y fervorosa cristiana, decidió emprender una peregrinación a Tierra Santa, al frente de una expedición, en busca de la más preciada reliquia de la cristiandad.
Los trabajos de excavación fueron arduos. El monte Calvario había sido soterrado y nivelado por los romanos al convertir aquel lugar sagrado en una explanada. Sin embargo, tras semanas de intensa labor, el equipo de obreros finalmente reveló la topografía original. La sorpresa llegó a continuación: al profundizar en la investigación, ¡se encontraron tres cruces! Quedaba por saber cuál era la prenda de nuestra salvación…
En medio de la conmoción general, el obispo de Jerusalén, San Macario, suplicó a Dios que enviara una señal: «¡Danos a conocer, Señor, de forma evidente, cuál de estas tres cruces sirvió para tu gloria!». Ahora bien, había en la ciudad una mujer enferma, desahuciada por los médicos. Al ser tocada con las dos primeras cruces, no ocurrió nada. Pero al entrar en contacto con la tercera, la mujer recuperó instantáneamente la salud. El prodigio no dejaba lugar a dudas: ¡la verdadera cruz había sido hallada!
Santa Elena dividió después la valiosa reliquia, destinando partes a Roma, Constantinopla y Jerusalén. Dada la devoción de los fieles, esas porciones fueron posteriormente fragmentadas, permitiendo que reliquias del Santo Leño se extendieran por todo el orbe cristiano. De manera simbólica, pues, la cruz sigue en pie mientras el mundo gira: stat crux dum volvitur orbis.