Durante su último viaje a Jerusalén, Nuestro Señor Jesucristo pronuncia la parábola de los obreros de la viña. En ella, el Salvador revela la extrema bondad que emana de su divino Corazón.

Para la cosecha, se necesitaba un buen número de trabajadores adicionales. Por eso, el propietario sale varias veces a lo largo del día en busca de obreros.

De un modo similar, Dios procede con nosotros: en cierto momento de nuestra vida, nos invita a trabajar en su viña. He aquí la súplica amorosa, llena de esperanza y de perdón, para que «el malvado abandone su camino; […] se convierta al Señor, y Él tendrá piedad» (Is 55, 7). ¡Cuánta benevolencia!

No obstante, como observa Fillion:

«No todos los hombres comienzan a trabajar en su salvación y en su santidad en la misma época de su vida. Unos comienzan a la hora prima, en su infancia; otros, en el tiempo de la juventud; otros, cuando han llegado a la edad madura: otros, en fin, cuando se manifiestan ya las señales precursoras de su muerte».1

No importa cuándo la gracia nos haya alcanzado: ya sea en la primera hora o en la última. La recompensa para todos será insuperable. Lo que importa es la prontitud de nuestro «¡sí!»:

«¡Dichosos los obreros de la primera hora que no hayan vivido más que para Dios! ¡Dichosos también los que, oyendo en cualquier época de su vida el llamamiento de la gracia, correspondan a él y acudan junto a su Salvador, a trabajar con Él y para Él!».2

Dios no renuncia a ninguno de nosotros. Si el demonio del desánimo nos sugiere que nuestras faltas nos hacen indignos, recordemos que los planes del Señor distan de los nuestros «cuanto dista el cielo de la tierra» (cf. Is 55, 8-9).

Las cuentas divinas no se rigen por la lógica humana: la misericordia del Corazón de Jesús cubre multitud de pecados. Dios no es un «patrón» que remunera el trabajo realizado; es un Padre que nos convoca a todos al Cielo. ¡Basta con decirle «sí»!

Aunque digamos «¡sí!» y luego cambiemos a un «¡no!», ni siquiera así podemos desanimarnos, pues ¡la gracia nunca nos abandona!

Si caemos en las tortuosas y malditas sendas del pecado, siempre habrá un Padre esperando nuestro regreso. La invitación a trabajar en la viña del Señor sólo expira cuando exhalamos nuestro último aliento.

Por lo tanto, «nadie debe desanimarse si ha dejado para muy tarde el preocuparse por su salvación, porque la misericordia de Dios les reserva a todos un premio. Sin embargo, también es necesario atender enseguida a la convocación que Jesús nos hace, y con decisión.

Ninguno de los llamados al trabajo en esta parábola llegó a proponer un horario más tardío, sino que se puso a trabajar inmediatamente. Tampoco ninguno lo rechazó. Así tenemos que proceder nosotros: no debemos retardar nuestro “sí” al llamamiento del Maestro».3

Las dificultades y el pondus diei et æstus —«el peso del día y el bochorno» (Mt 20, 12)— son inevitables, pero la recompensa extraordinariamente grande que nos está reservada en el Cielo supera cualquier sacrificio sufrido en esta tierra. 

 


1 Fillion, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo: Vida pública. Madrid: Rialp, 2000, t. II, p. 435.
2 Ibid.
3 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. «El gusano roedor de la envidia». In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Lumen Sapientiæ, 2014, t. II, p. 352.