La máxima de la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», regía las relaciones sociales de los pueblos antiguos. Tan grande fue su influencia como norma moral que incluso el pueblo elegido —receptáculo de la Revelación y de la esperanza mesiánica— se dejó guiar por esta mentalidad cruel, descuidando el sublime precepto de amar al prójimo como a uno mismo, ya prescrito por Moisés (cf. Lev 19, 18).

Por otra parte, la íntima convivencia con Cristo llevó a los Apóstoles a dar testimonio de un insondable océano de bondad hacia todos los que se acercaban a Él con el corazón contrito: los leprosos, los ciegos y los paralíticos eran curados; los endemoniados, liberados; los muertos, resucitados…

Sobre todo, ¡los pecadores eran perdonados, recuperando la amistad con Dios y, en consecuencia, el inestimable don de la paz interior!

El divino Maestro inauguraba así un nuevo paradigma en la relación entre Dios y los hombres: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Ese nuevo modelo exigía a los Apóstoles un cambio radical de vida, una verdadera metanoia. Se trataba de conformar la propia existencia al modelo de perfección evangélica, fundado en la renuncia al amor propio y orientado por completo a la gloria de Dios y al bien de las almas.

En este contexto se sitúa la pregunta de San Pedro, recogida en la liturgia de este domingo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18, 21).

La respuesta del Señor es elocuente: hay que perdonar no sólo siete veces, sino ¡hasta setenta veces siete! En aquella cultura, el número siete simbolizaba la plenitud. La multiplicación de estos números enfatiza la necesidad de un perdón ilimitado.

Para ilustrar esta exigencia, Jesús presenta la parábola del criado al que se le perdonó una enorme fortuna; el texto griego, más preciso, habla de «diez mil talentos» (Mt 18, 24), una suma astronómica equivalente a cientos de toneladas de plata o a millones de jornadas de trabajo… Para la época, se trataba de una deuda imposible de saldar con el esfuerzo humano.

Algo similar ocurre en relación con el Reino de los Cielos: en el plan salvífico, toda criatura le debe una cantidad impagable al Creador. El pecado original y nuestras faltas, al ofender al Ser infinito, adquieren también gravedad infinita.

Sólo por los méritos de la preciosísima sangre del Redentor, derramada por amor a la humanidad, se salda nuestra deuda y el Paraíso vuelve a abrirse. La condición innegociable para obtener este perdón consiste en imitar a Cristo, perdonando —aunque de forma incomparablemente inferior— a quienes nos ofenden.

El mismo principio puede aplicarse, mutatis mutandis, al triste estado de la humanidad contemporánea. Únicamente mediante un inmenso y gratuito perdón del Corazón de Jesús, obtenido a ruegos de su Santísima Madre, el mundo se levantará de nuevo, arrepentido, hacia la auténtica fe.

Las grandiosas promesas de Fátima —«¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!»— apuntan al reinado de María y de su divino Esposo, como realización plena de la súplica del Hijo de Dios al Padre eterno: «Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo» (Mt 6, 10).