El catecismo sintetiza una misión fundamental en la vida del bautizado: el deber de proclamar y defender las verdades de la fe. Para ello, el texto propone dos modelos clave: Nuestro Señor Jesucristo, culmen de la virtud y de la santidad, y San Pablo, notable ejemplo de intrepidez e integridad.
Al referirse al diálogo del Redentor con Pilato (cf. Jn 18, 37), el catecismo invita a reflexionar sobre el testimonio de la verdad. Santo Tomás de Aquino,1 en la introducción a la Suma contra los gentiles, cita precisamente este pasaje del Evangelio para sostener que es propio del sabio dedicarse a la contemplación de esta verdad suprema, es decir, Dios, origen de toda verdad.
Con gran sentido didáctico, el Aquinate explica que, así como la medicina procura la salud y combate la enfermedad, el sabio necesita meditar sobre Dios y refutar todo error y falsedad, como afirma el libro de los Proverbios: «Mi paladar saborea la verdad, mis labios detestan el mal» (8, 7).
Dar testimonio de Cristo exige abnegación y coherencia, virtudes que San Pablo inculcó a su discípulo Timoteo (cf. 2 Tim 1, 8).
Reafirmando esta vocación, el Concilio Vaticano II2 recuerda que los cristianos deben manifestar, con el ejemplo y el testimonio de la palabra, la vida nueva recibida en el bautismo y fortalecida por la confirmación. La intrépida defensa de la verdad por parte del Apóstol ante el gobernador Félix (cf. Hch 24, 16) atestigua que la credibilidad del testigo cristiano no reside únicamente en las palabras, sino en la autenticidad e integridad de su vida.
Ante la actual sociedad neopagana, a menudo hostil o indiferente a la fe, la vocación universal a la santidad exige valentía. Fortalecidos por los sacramentos y recurriendo a la intercesión de María Santísima —cuyo modelo de intrépida fidelidad al pie de la cruz es paradigma para todos—, los fieles están llamados a cumplir, con rectitud, esa sublime y honrosa misión de testigos del Redentor.
Notas: