«Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven» (Gén 3, 20). «Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos» (Gén 17, 5). «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)» (Jn 1, 42).

Acostumbrados a considerar los nombres de las personas, incluso los nuestros, simplemente como una convención social, podemos pasar por alto toda la profundidad de estos pasajes bíblicos. ¿Por qué el Altísimo revestía de tanta solemnidad un pormenor tan sencillo y corriente como la elección de un nombre?

El pueblo hebreo del Antiguo Testamento no pensaba como nosotros, pues «consideraba el nombre de una persona como portador de un significado trascendente, máxime si era inspirado por Dios», 1 como explica Mons. João. Así, cuando el Creador daba nombre a alguien, mostraba con ello que éste había sido investido de una misión celestial.

Un nombre dado por Dios

Si la Biblia presenta a tantos hombres y mujeres providenciales cuyo nombre mismo encierra un propósito sobrenatural, es imposible suponer que el Padre eterno haya prestado menos atención al elegir el nombre de su Predilecta.

Las Escrituras no mencionan nada acerca de la infancia de la Virgen, ni de la elección de su nombre. Sin embargo, según piadosas revelaciones privadas, incluso antes de que María Santísima fuera concebida milagrosamente, el arcángel Gabriel «comunicó en sueños a Joaquín que su esposa había recibido una visita celestial, donde se le había revelado que iba a concebir una hija. Y le dijo también que la niña debería llamarse María».2

¡María! ¡Qué universo de simbolismos se esconde tras ese nombre! Con toda propiedad, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira afirmó:

«El Santísimo Nombre de Nuestra Señora, al igual que el Santísimo Nombre de Jesús, debe considerarse como un nombre simbólico de su virtud excelsa, de su misión, de lo que Ella verdaderamente es».3

Pero ¿qué aspectos de la inconmensurable misión de la Reina de los ángeles pueden vislumbrarse a través de su Santo Nombre?

Amada de Yahvé

La primera María que aparece en la Sagrada Escritura es la hermana de Moisés y Aarón (cf. Éx 15, 20), probablemente la misma que convenció a la hija del faraón de salvar de las aguas al profeta (cf. Éx 2, 4-10).

Esto llevó a los estudiosos a buscar en el idioma de Egipto la etimología del nombre. Una posibilidad es que provenga de Myr-yayam, es decir, «la amada de Yahvé». 4 ¡Cuán apropiada resulta esta interpretación aplicada a la Virgen: aquella que ha sido objeto del amor divino desde toda la eternidad lleva en su propio nombre la marca de su predestinación! Además, el hecho de que este nombre se relacione con la hermana de Moisés —que colaboró en la liberación del pueblo elegido— puede aludir al tradicional papel atribuido a María Santísima en la Redención del género humano obrada por su divino Hijo.

No obstante, por muy hermosas que sean esas interpretaciones, filólogos y exegetas no se contentaron con ellas. Quizá impulsados por un soplo de la gracia, prosiguieron sus investigaciones.

Colmada de dádivas

Tras considerar a la Virgen como el receptáculo del amor infinito del Creador, la mariología la contempló llena de dones y gracias, corolarios de la benevolencia celestial. De ahí la hipótesis de que el nombre María provenga de mārā’, término que puede entenderse como bella.5 Aquí encontramos a Nuestra Señora como la tota pulchra, la toda hermosa a los ojos del Altísimo (cf. Cant 4, 7).

Colmada de dádivas, fue elevada por encima de toda la creación, alzándose «como el alba, hermosa como la luna, refulgente como el sol» (Cant 6, 10). Por esta razón, María también puede significar «la excelsa».6 Así, al igual que ante Dios es la amada y la hermosa, en relación con el resto de la creación aparece de tal manera sublimada que se ha convertido, por derecho, en soberana; de ahí que Señora sea la interpretación siríaca de este santo nombre.7

Luz en las tinieblas del mundo

La plenitud de gracias hace radiante el alma de la Virgen, verdadera fuente de luz. Como afirma Santo Tomás de Aquino, «se la llama convenientemente María, que se interpreta “iluminada en sí misma”; por donde en Isaías se dice: “Llenará de esplendores tu alma” (Is 58, 11)».8 Ahora bien, como sucede con los astros celestes, tanta luz necesita difundirse; por eso su nombre «se interpreta también como “iluminadora de los otros”, en cuanto al mundo entero; y, por eso, se asemeja al sol y a la luna».9

María es, pues, como un astro celeste que nos ilumina en las tinieblas de este mundo. De ahí la interpretación, muy extendida en la Edad Media —aunque filológicamente imprecisa—, de que María significa estrella del mar: la que nos guía en medio de las tribulaciones del mare magnum en que vivimos.

En este sentido, resulta oportuno citar el celebérrimo fragmento del abad de Claraval:

«María es la estrella radiante que nace de Jacob, cuya luz se difunde al mundo entero, cuyo resplandor brilla en los cielos y penetra en los abismos. […] Tú, quienquiera que seas y te sientas arrastrado por la corriente de este mundo, náufrago de la galerna y la tormenta, no apartes tu vista del resplandor de esta estrella si no quieres sumergirte bajo las aguas».10

Gota de la divinidad

Hemos mencionado que la traducción estrella del mar no es del todo correcta desde un punto de vista lingüístico. De hecho, proviene de un lapsus en la interpretación de San Jerónimo, quizá debido a un error material de un copista: de stilla maris (gota del mar) se derivó stella maris (estrella del mar).11

Aunque el equívoco haya sido, en cierto modo, providencial, no podemos dejar de contemplar a María como una «gota» del mar de la divinidad. Si una «gota de gracia» vale más que toda la obra de la creación —como le gustaba a Mons. João parafrasear a Santo Tomás12—, ¿cuánto no valdrá esta «gota» divina que es María? Está tan plena de Dios que el arcángel Gabriel, en la anunciación, sustituye su nombre por el título «Llena de gracia» —kecharitomene— (Lc 1, 28), revelando que esta designación la identifica desde la eternidad y que de su santidad proceden todas las gracias que recibimos.

Un grito de guerra

Si el nombre María significa belleza y predilección ante el Señor, así como luz y gracia para sus hijos, ¿qué representará para los enemigos de Dios?

La respuesta no se encuentra esta vez en la filología, sino en la historia. En efecto, el papa Inocencio XI instituyó la celebración del Dulce Nombre de María con motivo de la victoria en la batalla de Viena, el 12 de septiembre de 1683. Este triunfo milagroso, que salvó a la cristiandad de la invasión mahometana, se atribuyó a la invocación del nombre de María, a quien se había encomendado el desarrollo de la contienda. Allí, junto al Bosque de Viena (Wienerwald), para los cristianos el nombre de María se mostró fuerte y alentador, y para los infieles, «imponente como un batallón» (Cant 6, 10).

Esto nos recuerda las palabras de San Bernardo: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira la estrella, invoca a María».13 Ante cualquier dificultad en la que nos encontremos, especialmente cuando nos enfrentamos a las asechanzas del demonio, los atractivos del mundo y la tiranía de la carne, acordémonos siempre de que el Santísimo Nombre de María es para nosotros grito de guerra y prenda segura de victoria.

Un nombre cargado de bendiciones

¡María! Nombre santísimo, perfectamente adecuado a la misión impar de la Madre de Dios. Nos revela que Nuestra Señora fue amada desde toda la eternidad, colmada de las gracias más insignes y elevada por encima de los serafines; Reina y soberana, ejerce su mando con misericordia e, iluminando a los pecadores que caminan por este valle de lágrimas, guía sus pasos como un lucero celeste, hasta que, protegidos de los ataques del enemigo, alcancen el océano de la divinidad.

Si este nombre está tan cargado de bendiciones y su invocación es tan poderosa, ¿cómo no depositar en él toda nuestra esperanza? Quien invoca a María obtiene de Dios todo lo que necesita. Y si alguien aún duda, que haga la prueba. A éste le asegura San Bernardo: «Así comprobarás por tu propia experiencia con cuánta razón se dijo: “Y el nombre de la Virgen era María”».14 

Notas:


1 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Lima: Heraldos del Evangelio, 2021, t. ii, p. 99.
2 Ibid., p. 65.
3 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/9/1964.
4 Ropero Berzosa, Alfonso. Gran diccionario enciclopédico de la Biblia. 7.ª ed. Barcelona: Clie, 2021, p. 1700.
5 Cf. Born, Adrianus van den. Dicionário enciclopédico da Bíblia. 6.ª ed. Petrópolis: Vozes, 2004, col. 946.
6 Ropero Berzosa, op. cit., p. 1700.
7 Cf. San Isidoro de Sevilla. Etymologiarum. L. VII, c. 10, n.º 1: PL 82, 289.
8 Santo Tomás de Aquino. Expositio salutationis angelicæ, a. 1.
9 Ibid.
10 San Bernardo de Claraval. De laudibus Virginis Matris. Homilia II, n.º 17: PL 183, 70.
11 Cf. San Jerónimo. Liber de nominibus hebraicis. Novi Testamenti: PL 23, 886; BORN, op. cit., col. 947.
12 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 113, a. 9, ad 2.
13 San Bernardo de Claraval, op. cit., 70.
14 Ibid., 71.