Dios tiene un secreto inmenso, que se resume en un nombre: María. Ése es el secreto por el que el Señor quiso realizar sus obras más portentosas.

La Santísima Virgen es el pórtico grandioso del que brotó todo el amor de la Trinidad sobre la creación. Por Ella, el Verbo eterno, en quien habita «la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9), se hizo hombre, elevándola, por el privilegio de la maternidad divina, al plano de la unión hipostática de modo relativo, muy por encima de los ángeles y de la gracia. Ella estaba en la mente de Dios desde antes de los siglos, en un solo pensamiento junto con Jesucristo, pues era inconcebible el Hijo humanado sin el misterio de la Virgen Madre.

En función de Nuestra Señora, Dios creó todos los seres. Las estrellas y el mar, el fuego espléndido de los querubines o las innumerables arenas de los desiertos, el vuelo del águila y los mayores actos de heroísmo: todo ello canta, de alguna manera, la grandeza de aquella que es la matriz del orden del universo. Hombres y ángeles serán juzgados, por tanto, según se asemejen a María; Ella es el Libro de la Vida.

La Madre de Jesús es también el eje de la historia. Ya en los albores de la obra de los seis días, la prueba de los ángeles consistió en curvarse en adoración ante Dios hecho hombre, nacido de una pura criatura humana: María (cf. Francisco Suárez, SJ. De angelis. L. V, c. 6). Los espíritus más elevados, superiores en naturaleza, debían obedecer a una simple mortal. Los ángeles orgullosos se rebelaron y fueron expulsados del Paraíso. Y así, incluso antes de existir en el tiempo, la Santísima Virgen fue la espada que «separó la luz de la tiniebla» (Gén 1, 4) en la aurora de la creación.

He aquí el secreto de Dios. He aquí a María.

Pero si ése es el secreto del Eterno, ¿cuál es el secreto de su Hija, Madre y Esposa? ¿Qué la convirtió en la muy amada en quien el Todopoderoso, por así decirlo, «agotó» su capacidad creadora (cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 25, a. 6, ad 4), haciéndola la más perfecta e insuperable de las criaturas?

Encontramos parte de la respuesta a esa pregunta en la definición que Nuestra Señora dio de sí misma: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1, 38). Tal auge de esplendor sólo podía existir en un alma que guardaba el auge de la humildad y de la servidumbre.

Y en este punto surge nuestro secreto, que, como el de Dios, también se llama María. Solamente en esa actitud de humildad y esclavitud de amor podremos contemplar a la Reina del universo en su debida grandeza. ¡No nos conformemos con horizontes mezquinos! Abrámonos al secreto de María que se irá insinuando a nuestro espíritu a lo largo de las páginas de esta edición.

«Feliz —exclama San Luis Grignion de Montfort— y mil veces feliz es el alma a quien, aquí en la tierra, el Espíritu Santo le revela el secreto de María» (El Secreto de María, n.º 20). ²