«¡Doña Lucilia!» es el primer pensamiento que, como una plegaria, acude a los labios y al corazón de gran parte de sus devotos ante cualquier dificultad. Algunos encomiendan a su maternal cuidado pequeños asuntos cotidianos, otros buscan solución a grandes dificultades; y ella siempre va atendiendo a unos y otros, de manera discreta, respetando los tiempos de la gracia propios de la vida espiritual de cada uno.

Ahora bien, Dña. Lucilia a veces se encuentra con corazones algo vacilantes ante su acción… Sin embargo, esto no constituye obstáculo alguno para su desvelo maternal, que amorosamente supera los impedimentos de la incertidumbre.

Veamos cómo confirmó la eficacia de su acción en los grandes y en los pequeños casos que narramos a continuación.

En medio de la tribulación, el encuentro con Dña. Lucilia

Cássia Oliveira y su esposo atravesaban una dura prueba: habían perdido a un bebé unos dos meses antes del parto y el tiempo pasaba sin que se vieran consolados por la llegada de un nuevo hijo. Además, complicaciones de salud hicieron aún más remota esta posibilidad, una situación que los entristecía mucho.

En una ocasión, durante una visita a la ciudad de Cotia (Brasil), se acercaron a la basílica de Nuestra Señora del Rosario de Fátima y decidieron asistir a misa. Al término de la liturgia, fueron a saludar al celebrante, como es costumbre entre los fieles. Aprovecharon la oportunidad para contarle al presbítero heraldo sus dificultades y pedirle una bendición para que pudieran tener un hijo.

El sacerdote accedió, animándolos con la esperanza de que obtuvieran la gracia en el plazo de un año… Y antes de que lo tacharan de temerario, les explicó que pondría el caso en manos de Dña. Lucilia, refiriéndoles sucintamente quién era ella y cómo atendía con prontitud las peticiones hechas con fe. Les recomendó que rogaran su intercesión y que, si eran escuchados, regresaran para bautizar allí a su nuevo retoño, como prenda de gratitud.

El nacimiento tan esperado

Así lo relata Cássia: «Al mes siguiente, en septiembre, ¡descubrí que estaba embarazada! Mi esposo y yo nos alegramos muchísimo. Estaba segura de que había alcanzado la gracia y dije: “¡Vamos a tener que cumplir esa promesa!”. El embarazo fue bastante complicado. Estuve ingresada varias veces, con mucha inseguridad y miedo de perder al bebé, pero confiando siempre en Dios; y también empecé a confiar en la intercesión de Dña. Lucilia, pidiéndole siempre su auxilio».

Su hijo, Gregório, finalmente nació muy sano y, conforme a lo prometido, fue bautizado en la misma iglesia donde sus padres recibieron la promesa de la ayuda de Dña. Lucilia. No obstante, Cássia mantuvo cierta reserva respecto a su intercesora, sintiéndose temerosa de confiar por completo en ella: «Confieso que agradecí mucho las bendiciones, creía firmemente que hubo intercesión del sacerdote, que él había sido el canal de esta gracia, pero seguía un poco reticente, porque pensaba: “Doña Lucilia aún no ha sido canonizada, ¿entonces será realmente santa?…”. No sabía muy bien qué pensar. Por supuesto que creo que las personas que llevan una vida ejemplar y dejan este legado en vida están en la gloria de Dios; pero, aun así, algo me impedía escribir mi testimonio».

Cássia dejó, pues, que pasara el tiempo…

Nuevo apuro, nuevas súplicas

De repente, una nueva necesidad recondujo su mirada hacia Dña. Lucilia.

Cássia es profesora y, como ocurre al comienzo de cada curso, hubo una reorganización de horarios en el colegio en el que trabaja, lo que la obligó a aceptar algunas clases en período nocturno. Al ver que esto afectaría bastante su rutina como madre y la obligaría a pasar mucho tiempo lejos de su hijo, no dudó en pedir ayuda a Dña. Lucilia. «Señor, sé que hay tantos problemas peores que el mío, tanta gente enferma —pensaba—, pero ésa es mi realidad hoy, ésta es la petición que te hago: que me dispensen de esas clases por la noche y pueda dar clases durante el día».

Con mucha confianza, Cássia hizo una novena a Dña. Lucilia, contemplando fervorosamente la misma fotografía que había recibido tiempo atrás, en su primera visita a la basílica de Nuestra Señora del Rosario de Fátima. Continúa su narración: «Recé: “Dña. Lucilia, le pido de nuevo su intercesión. Usted está al lado de Dios, ya me ayudó la primera vez; por eso, le pido su intercesión”. También hice un propósito: si todo salía bien, si no tuviera que impartir clases nocturnas, enviaría un relato y contaría que había recibido dos bendiciones en mi vida».

Al informarse mejor sobre la vida de Dña. Lucilia y buscando datos acerca de ella en las redes sociales, Cássia se fue convenciendo de que sería escuchada. Restaba sólo saber cuándo y cómo sucedería eso.

Segunda intervención de Dña. Lucilia

Tal vez para fortalecer la fe de Cássia, la Providencia quiso atenderla poco a poco y exigirle perseverancia en la oración.

En vísperas del inicio de las clases, un inesperado y doloroso fallecimiento obligó a la dirección a modificar la carga lectiva de varios docentes, lo que hizo posible que Cássia recibiera casi todas las horas diurnas que deseaba. Sólo le quedaron tres clases nocturnas; por lo tanto, estaría lejos de su hijo nada más que una noche. Sin embargo, Cássia persistió en la oración, pues anhelaba la gracia completa y ya estaba convencida de que Dña. Lucilia la obtendría de Dios.

Y siguió esperando: «Ni siquiera imaginaba cómo podría suceder… Pasaron dos días y la profesora que tenía las otras clases diurnas, es decir, las que yo quería, me dijo:

“Cássia, me pongo en contacto contigo porque voy a dejar las clases diurnas. No voy a poder dar esas clases porque estoy en otra escuela. Quería saber si puedes hacer un cambio conmigo: tú coges esas clases durante el día y yo me quedo con las clases de la noche”».

¡Era la solución perfecta para el caso!

Cássia concluye su relato muy agradecida y convencida de tener una intercesora fiel, que vela por sus necesidades: «Ahora debo cumplir mi promesa, creyendo que he recibido de hecho la intercesión de Dña. Lucilia nuevamente, y por eso estoy muy contenta».

Un accidente mortal

Para María Fernanda Alves Aguiar, residente en Maringá (Brasil), la súplica «¡Sra. Dña. Lucilia, madre nuestra, ayudadme!» habría sido su última palabra en esta vida, de no ser por el auxilio inmediato que la bondadosa dama le concedió en el momento de un grave accidente de tráfico, ocurrido en la carretera BR-376.

María Fernanda trabaja en la ciudad de Marialva, a pocos kilómetros de Maringá. Un día, de camino a casa, conducía por el carril lento de la autopista cuando un camión de doble remolque, cuyo conductor parecía tener más prisa que ella, empezó a adelantarla.

Durante la maniobra, no obstante, el camión chocó con la parte trasera izquierda del vehículo de María Fernanda, lo que le hizo perder el control: «Mi coche dio unas vueltas, salió despedido delante del camión —que seguía avanzando por el carril izquierdo— y fue empujado durante unos largos segundos… Pensando que el coche no iba a parar, grité literalmente: “¡Sra. Dña. Lucilia, madre nuestra, ayudadme!”».

«¡Estás muy protegida!»

Al analizar posteriormente el episodio, María Fernanda confesó que su grito de angustia no buscaba salvar su vida, pues enseguida se dio cuenta de que el accidente sería mortal. En aquella súplica, pedía que Dña. Lucilia fuera su abogada ante el supremo tribunal de Dios e imploraba la salvación de su alma.

Ahora bien, Dña. Lucilia obtuvo de la Providencia que fuera preservada y que su permanencia en esta vida se convirtiera en testimonio del poder sobrenatural. Apenas pronunció el nombre de su celestial intercesora, María Fernanda vio cómo su vehículo —que hasta entonces seguía siendo empujado a toda velocidad por el camión— se detenía, no sabe cómo, en la mediana de la autopista, mientras el camionero continuaba su camino sin prestarle ningún tipo de auxilio.

Como si viniera a confirmar la protección del Cielo, el vehículo accidentado se detuvo entre una señal y un poste, sin chocar con ninguno de los dos, lo que habría sido fatal a la velocidad a la que circulaba. Además, y esto es aún más asombroso, ¡María Fernanda no sufrió ni un solo rasguño! Algunas personas acudieron al lugar pensando que habría allí un muerto o al menos alguien gravemente herido, y no pudieron ocultar su sorpresa al verla salir del coche sana y salva. Hubo quien exclamó: «¡Vaya, estás muy protegida!… ¡Pensé que ibas a morir!».

María Fernanda perdió su automóvil, pero ¿qué significa un perjuicio material comparado con el valioso don de la vida? Muy agradecida a su intercesora celestial, reconoce que le debe mucho a Dña. Lucilia por la ayuda constante que recibe en todas las circunstancias del día, en una vida que ha adquirido un sentido diferente a sus ojos después de tan trágico acontecimiento.

Invisible para los guardias de seguridad…

A unos, Dña. Lucilia auxilia en casos extremos, como el que acabamos de ver; a otros, ayuda discretamente en las dificultades del día a día. Así lo atestigua, desde Portugal, Bernardete Monteiro, quien confirmó su intervención ante una necesidad corriente.

Así comienza su relato: «El año pasado, a mi madre le salió una afta muy grande en la boca. Tuvimos que ir al médico con cierta urgencia porque le dolía mucho y sentía molestias al comer». Como el problema podría ser más grave de lo que parecía, la médica de guardia le mandó unas pruebas y análisis más exhaustivos.

«Fuimos a ver al médico de cabecera, que nos derivó al hospital. Allí, en el área de urgencias, yo no podía acompañar a mi madre; tenía que quedarme en una sala para familiares. Así que le pedí a Dña. Lucilia que me ayudara a entrar con mi madre, que los guardias de seguridad no notaran mi presencia y que pudiera acompañarla a la consulta». La petición era sencilla, pero en esos momentos de ansiedad, los detalles adquieren proporciones enormes; y una buena madre, como Dña. Lucilia, lo entiende perfectamente.

La dificultad surge cuando una de las enfermeras le advirtió a Bernardete de que no le estaba permitido circular por aquella zona. Entonces intensificó su petición a Dña. Lucilia; y fue atendida, pues de ahí en adelante nadie más la molestó: «Lo cierto es que yo parecía “la mujer invisible”, porque los guardias de seguridad pasaban y les llamaban la atención a otros familiares allí presentes, avisándoles de que tenían que irse y esperar afuera, y a mí no me decían nada; la enfermera que nos atendió ciertamente me veía, pero tampoco me dijo nada…».

Concluye Bernardete: «Sé que fue Dña. Lucilia quien me ayudó y me amparó aquel día. Al final de la consulta, recibimos la buena noticia de que se trataba de una afta común, que sólo requería tratamiento. Es un testimonio muy sencillo, pero referido a un día de gran sufrimiento, en el que sentí claramente la ayuda de Dña. Lucilia. Y prometí publicar este favor recibido por su intercesión».

Suave y luminosa sonrisa

Incrementado el número de sus pequeñas y discretas intervenciones, encontramos a Dña. Lucilia resolviendo, en la ciudad de Fortaleza (Brasil), otra dificultad también doméstica, pero sin aparente solución.

Patricia Paz, su esposo y sus hijos esperaban ansiosos la visita de dos hermanos de los Heraldos del Evangelio, quienes llevarían el oratorio del Inmaculado Corazón de María a su hogar. Todo estaba preparado y los heraldos de camino cuando ocurrió lo que cuenta Patricia:

«Faltando unos treinta minutos para la hora acordada, las diez de la mañana, se fue la luz de la casa. En nuestras circunstancias, era un problema que haría inviable la visita, ya que donde vivimos hace mucho calor y necesitaríamos el aire acondicionado o al menos un ventilador para poder estar en el salón. ¿Y cómo íbamos a hacerlo si no teníamos electricidad?».

Para acabar con la ya escasa esperanza de todos, su marido recibió un aviso en su móvil de la compañía distribuidora en el que se comunicaba de que el suministro eléctrico estaría en mantenimiento hasta las tres de la tarde en toda la región… ¡Qué decepción! ¿Qué podían hacer? La solución se les escapaba completamente de las manos. Ambos pensaron en cancelar el compromiso, pero los heraldos ya estaban a punto de llegar… Entonces, Patricia se acordó de Dña. Lucilia:

«En ese mismo instante, pedí la intercesión de Dña. Lucilia, ¡y volvió la luz! La Virgen llegó poco después con nuestros queridos hermanos. Le dirigimos a Ella nuestras plegarias: compartimos juntos un rato de convivencia y nos hicimos una fotografía para inmortalizar el momento. Justo después, se cortó de nuevo la electricidad. ¡Dña. Lucilia nos asistió con su auxilio para que experimentáramos el Cielo aquel día!».

Una vez más, haciendo honor a su nombre, que evoca la luz, Dña. Lucilia iluminó con su presencia una situación incómoda, invitándonos también a nosotros a abandonar en sus manos los problemas de nuestra vida, sean pequeños o grandes, confiando en su pronta y eficaz ayuda.