Lo poco que se sabe de la vida de uno de los mayores maestros de la pintura barroca de los Países Bajos, Johannes Vermeer (1632-1675), parece indicar que, a pesar de haber nacido en un entorno predominantemente protestante, ingresó en la Iglesia católica, por influencia de su esposa y con la ayuda de los jesuitas. Los estudiosos sostienen que esto explicaría el hecho de que sus quince hijos recibieran el bautismo católico, así como que poseyera un estilo «imaginario ortodoxo» utilizado por él en obras como la Alegoría de la fe.

Artista enigmático —dedicado casi exclusivamente a la pintura de género1 en la esfera temporal, con un estilo costumbrista—, logró crear en sus obras una atmósfera única, con un aire de religiosidad que aún hoy intriga a profanos y expertos.

Invitamos al lector a analizar con atención el cuadro que aquí se presenta, conocido como Vrouw met Weegschaal, en el original neerlandés, traducido como Mujer con balanza, modesto título que deja al espectador libre de sacar sus propias conclusiones.

En una magistral demostración que justifica el apodo dado a Vermeer de «Maestro de la luz», contemplamos un claroscuro intenso pero sutil, con lo mejor de un Caravaggio, aunque sin excesiva teatralidad. Al dejar que la luz se difunda a través de un velo dorado, en un ambiente de serenidad temporal, el pintor bátavo nos invita a adentrarnos con calma en cada uno de los aspectos de la obra. Algo que, sin duda, contradice cierta forma de sensibilidad moderna acostumbrada al consumo sucesivo de imágenes fútiles y superficiales, a menudo diseñadas para suscitar apetitos desequilibrados e irreflexivos, que exacerban las pasiones.

El uso de colores complementarios —del que el marketing contemporáneo tanto abusa para crear un impacto visual—, se aprecia en esta obra a través de los diversos tonos de azul intenso, en perfecta sintonía con la gama de ocres y amarillos napolitanos, discretos y armoniosos, formando un conjunto cohesionado y equilibrado, sencillamente admirable.

Muchos han clasificado el cuadro como perteneciente al género pictórico conocido como vanitas, un tema casi olvidado hoy en día, que invita a reflexionar sobre la futilidad de los bienes temporales, basándose en el famoso versículo del Eclesiastés: «Vanitas vanitatum et omnia vanitas —¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!» (1, 2).

Al trasladar los principios de los cuadros del tipo vanitas —generalmente circunscritos al ámbito de los «bodegones»— a la pintura de género, la obra se presenta como heredera de épocas anteriores, en las que con frecuencia se retrataban los novísimos del hombre —muerte, juicio, Infierno y Paraíso—, sacando a relucir la inmortalidad del alma y su destino final. No era raro encontrar, en estos casos, a reyes y obispos entre los condenados, lo que ponía de relieve que, independientemente de la condición social, nadie escapa a la justicia divina.

La figura de la joven que sostiene una balanza es una alusión al juicio. Sobre la mesa se observan objetos de valor pecuniario: perlas, metales preciosos y monedas. Frente a ella hay un espejo, que podría representar la banal invitación a la autocontemplación vanidosa.

Llama la atención el hecho de que en los platillos del instrumento de medición —dispuestos en una asimetría dinámica— no haya nada visible, lo que podría apuntar a la búsqueda de bienes espirituales. Teoría confirmada por la mirada recatada y serena del rostro de esta «jueza» de porte distinguido, que, con sus manos finas y tranquilas, irradia humildad e integridad en el gesto. Cubriéndose con modestia, goza de paz de alma y prefiere los valores eternos a los temporales dispuestos sobre la mesa; y el autoconocimiento interior, al deleite de su efímera belleza reflejada en el espejo.

Al fondo, colgado en la pared, se aprecia un cuadro del Juicio final, que reafirma la intención del artista de hacer comprender al espectador que la vida ordinaria se proyecta en la eternidad y que somos pesados y medidos en cada acto de nuestra vida diaria. Al igual que esta joven, también somos protagonistas de una «obra maestra» llamada Historia, en la que el bien y el mal se enfrentan continuamente, ejércitos cuyos contendientes terminarán, ante el divino Juez, como vencedores a la derecha o como derrotados a la izquierda.

De manera casi mística, críticos como John Michael Montias creen ver incluso en esta mujer —que parece estar a punto de dar a luz— una alegoría de la propia Virgen María, quien simbólicamente, en una dimensión mediadora, pesa las almas para presentarlas a Dios, gestándolas en sí para la salvación.

Sea cual sea la interpretación, lo cierto es que la minuciosa contemplación de una obra de arte de tal envergadura y densidad nos introduce en una elevación meditativa, obligándonos a salir de la vorágine moderna que tan a menudo valora más lo abstracto y confuso, en detrimento de lo alegórico y luminoso. Al ayudarnos a penetrar en la mentalidad que une lo cotidiano con lo eterno, lo mundano con lo religioso, el cuadro nos ofrece una mirada circunspecta, plácida y esplendorosa de la vida. ²

Notas:


1 La pintura de género es un tipo de obra artística en la que se representan escenas de la vida cotidiana en interiores o exteriores.