«Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?» (Sal 129, 3). Querido Javier, ¿quién de nosotros —padres, superiores, maestros, etc.— se atrevería, ante las personas de las que somos responsables, a presumir de nuestra propia santidad? Nadie, sin duda.

Sin embargo, el hecho de constatar que aún no hemos alcanzado la perfección no nos exime de, siguiendo el Evangelio, dar cosas buenas a nuestros hijos (cf. Lc 11, 13a). Tampoco debe llevarnos al desánimo; al contrario, hemos de mantener siempre la confianza: «El Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden» (Lc 11, 13b).

En esta promesa del Señor se encuentra toda nuestra esperanza en cuanto a la santificación de nuestros hijos. Porque si es cierto que el divino Paráclito será dado a quien lo pida, y si creemos, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, que «el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad» (CCE 749), debemos también estar convencidos de que, por nuestras oraciones, las gracias llegarán en abundancia para padres e hijos. Así pues, la primera y fundamental obligación de los padres consiste en la oración, sobre todo por la santificación de sus hijos, confiándolos particularmente al cuidado de María, la Madre de las madres.

El ejemplo constituye otro elemento importante en la formación de los jóvenes: «El papel de los padres en la educación “tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse”. El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables» (CCE 2221).

Pues bien, para que este ejemplo sea posible, la condición básica es la presencia… Muchas circunstancias, como el trabajo para el sustento de la familia, pueden requerir ausencias temporales del padre o de la madre, pero éstos nunca deben olvidar que desempeñan un papel único en la formación de sus hijos. ¡Qué triste es ver a los niños intentando comunicarse sin éxito con sus padres, mientras éstos están ajenos a la realidad por culpa del teléfono móvil!

Santa Teresa del Niño Jesús comentó sobre su padre: «Bastaba con mirarlo para saber cómo rezan los santos» (Manuscrito A, 18r). Ahora bien, los progenitores que excluyen la oración cotidiana para entregarse al frenesí del mundo digital, un hábito tan frecuente en nuestros días, no pueden ser modelos adecuados para sus hijos.

Otro medio necesario para la educación de la prole son las correcciones, hoy lamentablemente consideradas «anticuadas», pero sobre las cuales insisten mucho las Escrituras (cf. Prov 13, 24; 23, 13; 29, 15). No obstante, conviene subrayar que deben aplicarse con sabiduría, equilibrio y bondad, «no sea que [los hijos] pierdan el ánimo» (Col 3, 21).

Por eso, el incomparable educador San Juan Bosco enseña en una carta: «¡Cuántas veces, mis queridos hijos, en mi larga carrera, he tenido que convencerme de esta gran verdad! Es, ciertamente, más fácil irritarse que tener paciencia, amenazar a un niño que tratar de convencerlo; diría que es también más cómodo a nuestra impaciencia y soberbia castigar a los traviesos que corregirlos, soportándolos con benignidad y firmeza. […] Evitad la agitación de ánimo, las miradas despectivas, las palabras injuriosas. […] Y entonces sí que seremos auténticos padres y corregiremos verdadera y eficazmente» (Carta, 29/1/1883).

Cabe añadir que en la familia, en el sacrificio recíproco de unos por otros, ejercitado con paciencia, se produce un hermoso proceso de santificación. Como enseña el catecismo, «los hijos contribuyen al crecimiento de sus padres en la santidad. Todos y cada uno deben otorgarse generosamente y sin cansarse el mutuo perdón exigido por las ofensas, las querellas, las injusticias y las omisiones. El afecto mutuo lo sugiere. La caridad de Cristo lo exige» (CCE 2227).

De este modo, sin desistir jamás y con total confianza en la Santísima Virgen y en San José, modelos incomparables para las familias, padres e hijos podrán caminar juntos hacia la santidad tan anhelada.