Este párrafo del catecismo, titulado «La predestinación de María», presenta una serie de atributos marianos bíblicos, centrado en el privilegio de la maternidad divina.
De los cuatro dogmas marianos — la perpetua virginidad, la Inmaculada Concepción, la Asunción y la maternidad divina—, este último es el más sublime, pues constituye el fundamento de los demás. Durante el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, la Iglesia definió que la Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, ya que concibió por obra del Espíritu Santo y dio a luz, según la carne, a aquel que posee dos naturalezas —la humana y la divina— unidas en una sola persona, el Verbo eterno.
Este marco teológico, que la Iglesia aún no ha llegado a comprender del todo, pone de manifiesto que el Padre predestinó a Nuestra Señora, desde toda la eternidad, para la realización de la obra sublime e infinitamente grandiosa de la Encarnación. Se trata de una dignidad inefable, confirmada por Santo Tomás de Aquino1 cuando enseña que todo lo que el Creador hizo podría haber sido mejor, salvo tres excepciones: la humanidad de Cristo por estar unida hipostáticamente a la persona del Hijo, la Santísima Virgen por ser la Madre de Dios y la visión beatífica por consistir en la visión de Dios mismo.
A la luz de estas consideraciones, se entiende mejor el motivo por el que San Luis Grignion de Montfort2 destaca que el misterio de la Encarnación es fundamental en la práctica de la consagración total de sí mismo a Jesucristo, por las manos de María.
La Encarnación nos muestra que Dios Padre, aunque no necesitaba de Nuestra Señora, deseó servirse de Ella para dar al mundo al Salvador. El Omnipotente podría haber obrado la Redención de la humanidad de otra manera. Sin embargo, su plan infinitamente sapiencial contempló desde todos los siglos la Encarnación del Hijo unigénito. Así, el designio divino de elegir y predestinar a María como Madre de Dios resulta perfectísimo, si bien nuestra inteligencia humana no es capaz de abarcar toda su profundidad.
Desde esta perspectiva, se concluye que el «sí» de la Santísima Virgen en la Anunciación fue la decisión más espléndida y grandiosa de la historia, escindiéndola en dos partes: antes y después de Cristo. Al mismo tiempo, fue una manifestación elocuente de su plenitud de gracias, amor y entrega: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1, 38).
Cada fiel está igualmente llamado a dar su «sí» a la vocación universal a la santidad. Para eso, nada mejor que seguir el ejemplo de aquella a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada, porque en Ella el Todopoderoso ha hecho maravillas (cf. Lc 1, 48-49). También en nosotros, por la gracia, Él podrá hacerlo.
Notas:
1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 25, a. 6, ad 4.
2 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 16; 139; 243.