Envueltos en grandeza y misterio, los profetas son varones-clave de la historia y difícilmente se encuentran almas comparables a ellos. Sin embargo, el divino Artífice permite a menudo que, junto a tales gigantes de la fe, figuren hombres de poca virtud, quizá para hacer que brillen de manera especial la fuerza divina y su supremacía frente a la miseria humana…
Se trata, por ejemplo, de lo que ocurrió en tiempos de Eliseo, discípulo del gran Elías.
Naamán, el general sirio
Todo comenzó con la llegada de una caravana procedente de Damasco al territorio de Israel. La imponente comitiva estaba encabezada nada menos que por el general más prestigioso del rey de Siria: Naamán. El monarca del pueblo elegido temía que fuera una trampa que justificara una campaña militar contra sus dominios, pero no era así. El motivo de la inesperada expedición era la terrible enfermedad que había contraído el oficial y de la que esperaba sanar.
El Segundo Libro de los Reyes cuenta que Naamán padecía de lepra y que una joven esclava —judía de nacimiento y de religión— le había aconsejado que buscara en Israel al profeta Eliseo, «el hombre de Dios» (5, 8), quien podría curarlo. Con este fin, Naamán obtuvo permiso para emprender el viaje; y partió provisto de cartas de recomendación del soberano sirio, suplicando al reino vecino esa insólita merced.
El desarrollo de la historia, con sus manifestaciones de fe y escepticismo, así como el episodio de la curación de Naamán en las aguas del Jordán, son ampliamente conocidos, ya que el ciclo litúrgico los contempla anualmente. No obstante, es probable que pocos recuerden los episodios posteriores, que se narran a continuación.
A la sombra de Eliseo, Guejazí
Naamán emergió curado de las aguas del Jordán. El prodigio había tenido lugar por orden del profeta Eliseo, sin que éste hubiera hablado siquiera personalmente con el general, porque lo había hecho por medio de un siervo.
Guejazí —como lo llama la Sagrada Escritura— era, pues, el hombre de confianza del varón providencial y testigo de los grandes portentos que éste realizó. Sin duda, había estado presente cuando Eliseo hizo que una viuda llenara numerosas vasijas con el aceite que manaba milagrosamente de una sola alcuza, con el fin de saldar las deudas de su difunto esposo (cf. 2 Re 4, 1-7). En otra ocasión, por sugerencia suya, Eliseo profetizó el nacimiento de un hijo a una mujer sunamita que lo había favorecido (cf. 2 Re 4, 12-17). Y, años después, asistió a la resurrección de ese mismo niño, fulminado por una repentina enfermedad (cf. 2 Re 4, 18-37).
Ciertamente, Guejazí acompañaba a Eliseo cuando éste salvó de la muerte —o al menos de una terrible indigestión— a sus hermanos profetas, neutralizando un potaje dañino con el simple gesto de echar harina en la olla (cf. 2 Re 4, 38-41). Y, algo aún más admirable, fue él quien, por orden de su señor, repartió veinte panes de cebada que se multiplicaron hasta el punto de alimentar a una multitud (cf. 2 Re 4, 42-44).
El potentado humilde y el siervo codicioso
Sin embargo, no basta con vivir a la sombra de un profeta para llegar a ser santo como él… Es necesario admirarlo de todo corazón, imitar sus obras y practicar sus enseñanzas. Como quedará claro, Guejazí distaba mucho de cumplir esos requisitos, pues sus aspiraciones eran diametralmente opuestas a las de su maestro.
La Historia Sagrada narra que, tras haber sido curado milagrosamente, Naamán se presentó una vez más en la puerta de Eliseo para agradecerle humildemente sus favores. En esta ocasión, el profeta lo recibió en persona y, rechazando los ricos presentes que le ofrecía con insistencia, permitió al general llevarse consigo cierta cantidad de tierra del país, porque, aun viviendo entre paganos, había decidido de ahí en adelante adorar solamente al único Dios verdadero.
Mientras la caravana siria se alejaba, Guejazí, que amaba las riquezas más que a Eliseo, pensó para sí: «Mi amo ha dejado marchar a ese arameo, sin aceptar lo que traía. ¡Vive el Señor que correré para conseguir algo de ese Naamán!» (2 Re 5, 20). Y se marchó a toda prisa, para apropiarse de bienes que no merecía y exigir el pago por una curación que no había realizado…
Sin duda, tan deshonesto intento sólo podía acabar en fracaso.
Un leproso curado y un sano leproso…
Al ver que Guejazí corría tras su caravana, Naamán se detuvo para atenderlo. La falsedad manifestada por el siervo es sorprendente: «Mi señor me envía a decirte: “Dos jóvenes de la comunidad de los profetas acaban de llegar a mí desde la montaña de Efraín. Por favor, dame para ellos un talento de plata y dos mudas de ropa”» (2 Re 5, 22). Mediante este engaño, Guejazí consiguió del general —que, movido por la gratitud y la generosidad, no sospechó nada— todo lo que pidió e incluso un talento más…
Satisfecho con el éxito de la operación, regresó a su servicio ante Eliseo, habiendo tenido antes el cuidado de esconder los regalos obtenidos, con el fin de engañar al profeta, encubriendo su pecado. Esta ingenua artimaña, no obstante, fue desenmascarada de inmediato por el hombre de Dios:
—¿De dónde vienes, Guejazí?
—Tu siervo no ha ido a ninguna parte —respondió.
—¿No iba mi espíritu por el camino cuando un hombre se apeó de su carro a tu encuentro? ¿Es este el tiempo de recibir plata y adquirir ropas, olivares y viñas, rebaños de ovejas y bueyes, servidores y servidoras? La lepra de Naamán se te pegará a ti y a tus descendientes para siempre.
Y así sucedió: «Guejazí salió de su presencia con lepra blanca como la nieve» (2 Re 5, 27).
Castigo para unos, premio para otros
Todo parece indicar que, una vez leproso, Guejazí se apartó del servicio de Eliseo. Las Escrituras, escasas en detalles, no hacen alusión a este pormenor; lo cierto es que su nombre no vuelve a aparecer en la historia del profeta. En cambio, lo vemos más tarde conversando con el rey Jorán (cf. 2 Re 8, 4-5) — persona, por cierto, poca virtuosa—, y luego los textos sagrados ya nunca lo mencionan.
¿Cuál habría sido su destino si hubiera imitado la modestia, la rectitud y la santidad de su maestro? No hace falta reflexionar mucho para hallar la respuesta, pues el propio Libro de los Reyes nos la ofrece en el capítulo siguiente.
Sucedió que, en medio de las contiendas entre Israel y Siria, Eliseo reveló en varias ocasiones al rey de Israel la posición exacta de las tropas enemigas, sus planes y emboscadas. Al descubrir que esas revelaciones no eran obra de un traidor, sino del profeta, el soberano sirio decidió arrestarlo.
Así pues, una mañana Eliseo se despertó y vio su ciudad rodeada de «carros, y caballos junto a un fuerte destacamento» (2 Re 6, 14), que venían en su busca. A la vista de tal espectáculo, su siervo —que ciertamente ya no era Guejazí— exclamó aterrorizado:
—¡Ay, mi señor!, ¿cómo vamos a hacer?
—No temas —le respondió Eliseo—. Son más los que están con nosotros que con ellos.
Teniendo en cuenta la indigna actitud de Guejazí en circunstancias mucho menos exigentes, es de suponer que, ante un peligro como ése, tal vez hubiera huido de la compañía de Eliseo, prefiriendo salvarse a sí mismo antes que confiar en el profetismo… El nuevo siervo, por el contrario, permaneció junto al hombre providencial, cuando la situación parecía perdida.
Aunque no comprendía del todo las palabras de su maestro, vio en su mirada la certeza que sólo aquellos que luchan por Dios pueden transmitir; y creyó. En recompensa por ese acto de confianza, Eliseo «se puso a orar diciendo: “Abre, Señor, sus ojos para que vea”. Entonces el Señor abrió los ojos del criado, quien vio la montaña cubierta de caballos y carros de fuego en torno a Eliseo» (2 Re 6, 15-17). Su debilidad fue suplida por la devoción al profeta, y su visión terrenal se volvió sobrenatural.
Si Guejazí hubiera sido fiel, quizá habría estado junto a Eliseo en ese bellísimo episodio. Habría contemplado las legiones de ángeles guerreros y observado a los adversarios cegados por la acción divina; habría sido testigo del cumplimiento de impresionantes profecías en medio de la guerra contra los sirios (cf. 2 Re 6-7); tal vez habría asistido a los últimos momentos del profeta, cerrando sus ojos a esta vida mientras los abría a la eternidad…
¿A quién imitaremos?
A lo largo de la historia, los sapienciales y eternos planes de Dios, a pesar de la obstinación de los hombres, siempre se llevan a cabo.
A nosotros sólo nos corresponde elegir si seremos un Eliseo o un Guejazí; si nuestra memoria será una bendición para la posteridad o, por el contrario, llevará la marca de la maldición o del olvido; si trabajaremos por la realización de los planes divinos o si figuraremos en ellos únicamente como un despreciable borrón…
¡La elección está en nuestras manos! ²