Clausewitz,1 célebre teórico del arte bélico, afirma que una de las estrategias de combate más eficaces es ganar incluso antes de la batalla. ¿Cómo? Haciendo que el enemigo pierda la voluntad de luchar, ya sea por la tenacidad de la resistencia opuesta, ya sea —de forma más eficaz— por el ímpetu que se promete. Es decir, triunfa sin siquiera avanzar aquel que le quita al adversario el deseo de combatir, el ánimo de perseverar, la esperanza de vencer.
Y ésa es precisamente la táctica que los infiernos han urdido contra la humanidad de hoy. Bellaco consumado, el demonio cuenta con la experiencia suficiente para percibir la ventaja de tal estrategia, pues por ella ha conquistado el mundo desde la caída original hasta nuestros días.
Cambiar el Cielo por la tierra
«La humanidad ha depositado su gran sueño, su gran expectativa, en los bienes materiales. Y quien da la espalda a los bienes eternos y espirituales, buscando su realización en los terrenales, pierde por completo la esperanza verdadera y acaba entrando en la desesperación»,2 observa Mons. João. Ahora bien, ¿cuál es la relación entre la esperanza y la dicotomía entre bienes celestiales y temporales?
El fin último del hombre —responde Santo Tomás de Aquino con siglos de antelación— es la bienaventuranza o felicidad. Basta con preguntarnos qué esperamos de los esfuerzos que emprendemos: la posesión de un bien, ya sea real o aparente. Sin embargo, la felicidad suprema debe necesariamente contener todas las alegrías y durar para siempre. Por eso, concluye el Doctor Angélico, «la bienaventuranza del hombre consiste en Dios solo».3 Quien no dirija sus intenciones hacia este fin verá defraudada su esperanza, pudiendo caer en la desesperación.
Esto puede suceder de dos maneras. Primeramente, porque tiene «inficionado el afecto por el aprecio de los placeres corporales», que le induce a sentir hastío hacia las realidades espirituales. En segundo lugar, cuando llega a un «gran abatimiento»,4 el hombre considera difícil la conquista de un bien arduo, en este caso, el Cielo. En otras palabras, la idea de inexistencia de una felicidad eterna o la imposibilidad de alcanzarla son las dos razones que roban la esperanza. Y también la victoria…
«Curándose» con veneno
Sustraída la esperanza, ¿qué queda? La acidia. El Aquinate sigue la definición de San Juan Damasceno al describir este defecto como «“cierta tristeza que apesadumbra”, es decir, una tristeza que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada. […] Por eso la acidia implica cierto hastío para obrar».5 En casos graves, llega a cortar la voz, porque «la voz, entre todos los movimientos exteriores expresa mejor los conceptos y efectos interiores».6
Por otro lado, la depresión, a diferencia de la acidia, no es en sí misma culpable. Hoy se la considera una enfermedad cuyas causas implican una compleja interconexión de factores biológicos, genéticos, ambientales y psicológicos. La moral humana, por su parte, puede verse influida por esa dolencia, hasta el punto de afectar al imperio del juicio.
Cuando esta elección de la voluntad excluye lo sobrenatural, las amarguras tienden a multiplicarse: sin rumbo, el hombre buscará saciar en placeres sensibles, como la gula o la lujuria, su sed infinita de felicidad. El resultado de este proceso es que, al entregarse a los vicios y experimentar realmente cierto placer fugaz, deseará siempre más, sintiéndose cada vez menos satisfecho: después del sorbo viene el vaso; después del vaso, la botella; después de la botella, el barril… y, al final —como es bien sabido—, la frustración. Como si medicáramos a un enfermo con la misma causa de la dolencia que se intenta combatir.
Nos encontramos, pues, ante dos actitudes que trascienden los métodos clínicos frente a la depresión, sin excluirlos necesariamente. Por un lado, acciones que agravan el mal: la búsqueda desenfrenada del placer sensible, en especial aquellos contrarios a la ley natural. Por otro, planteamientos que van desarmando la depresión: la esperanza depositada en los bienes divinos.
La pasión del alma que más daña al cuerpo
La Sagrada Escritura nos recuerda que «la tristeza lleva a la muerte» (Eclo 38, 18). En cambio, ¡la alegría prolonga la vida!
Monseñor João7 ejemplificaba esta realidad recordando casos de enfermos terminales que, a pesar de estar desahuciados, superaron todas las expectativas de supervivencia. Los médicos, asombrados, tras un estudio minucioso, llegaron a la causa de esas vidas tenazmente resistentes: la alegría, sobre todo cuando se funda en principios espirituales.
De hecho, en 2022 vio la luz una revisión analítica de doscientas ocho publicaciones relevantes, de las cuales destacaron ocho estudios, en la que se concluyó que «las intervenciones basadas en la religión producen efectos superiores a las terapias estándar u otras comunes para el tratamiento de la depresión».8
Por otra parte, según estudios recientes, la depresión puede provocar diversos problemas de salud, como un mayor riesgo de ictus, diabetes y obesidad, «debido parcialmente a desregulaciones metabólicas, inmunoinflamatorias, autonómicas y del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA)».9 En gran medida, se trata de un efecto de la tristeza, que «es entre todas las pasiones la que más daña al cuerpo».10
¿Toda tristeza es mala?
La tristeza es una pasión del alma y, como tal, es neutra en sí misma.11 Por lo tanto, tendrá valor moral dependiendo de su objeto. Por ejemplo, entristecerse por la muerte de un familiar o por un crimen cometido forma parte del orden natural.
Hay ocasiones, sin embargo, en las que no resulta fácil distinguir si la tristeza es buena o mala. Podemos descubrirlo por sus frutos (cf. Mt 7, 16): será favorable cuando promueva nuestra vida espiritual, perjudicial cuando nos haga retroceder.
Lo mismo puede decirse de la alegría. No hay nada como el santo júbilo que proviene de la virtud, cuyo mayor tesoro es una conciencia tranquila, sobre todo después de una buena confesión. Se trata de la alegría confiada de quien se siente amado en cualquier circunstancia.
¡Qué diferencia, no obstante, entre las verdaderas alegrías y las falsas! En realidad, éstas no pueden llamarse propiamente alegrías, pues son fugaces, viles, frustrantes…
La victoria de nuestro siglo
Ahora bien, el aumento de la seudoalegría precede y presagia el avance de la profunda tristeza.
La gran batalla para conquistar nuestro fin supremo —la bienaventuranza— puede acabar en una inmensa derrota o en una magnífica victoria.
La derrota consistirá en la rendición incluso antes de luchar, antes de buscar los heroísmos de la virtud, antes de experimentar las delicias de la renuncia a los bienes pasajeros, en favor de los que perduran. La aurora de la victoria, a su vez, me estará esperando ya tras los primeros esfuerzos en el camino de la santidad.
Al contrario de lo que predica el mundo anodino, la esperanza del cristiano consiste en la firme convicción de que la victoria, en última instancia, pertenece a Cristo, que derramó su sangre en lo alto del Calvario para rescatarnos del pecado. Por lo tanto, ante las dificultades, las tristezas e incluso las enfermedades que abaten nuestro espíritu, debemos mantener siempre los ojos fijos en la cruz, nuestra única e inquebrantable esperanza.
Notas:
1 Cf. Clausewitz, Carl von. De la guerra. Barcelona: Obelisco, 2021, p. 47.
2 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Homilía. São Paulo, 29/12/2007.
3 Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 2, a. 8.
4 Idem, II-II, q. 20, a. 4.
5 Idem, q. 35, a. 1.
6 Idem, I-II, q. 35, a. 8.
7 Cf. Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Homilía. São Paulo, 11/1/2007.
8 Marques, Adilson et al. «Religious-based Interventions for Depression: A Systematic Review and Meta-analysis of Experimental Studies». In: Journal of Affective Disorders. Amsterdam. N.º 309 (jul, 2022), p. 289.
9 Penninx, Brenda et al. «Understanding the Somatic Consequences of Depression: Biological Mechanisms and the Role of Depression Symptom Profile». In: BMC Medicine. London. Vol. XI. N.º 129 (mayo 2013), p. 1.
10 Santo Tomás de Aquino, op. cit., I-II, q. 37, a. 4.
11 Cf. Idem, q. 24, a. 1.