La orfandad es uno de los sufrimientos más terribles que un hombre puede padecer. Algo similar a ese lancinante dolor invadió, sin duda, a los Apóstoles cuando el Señor subió al Cielo. Aquel a quien tenían por maestro, modelo, padre, amigo y redentor se había marchado… Una nube lo cubrió durante la ascensión y entonces quedó claro para todos que Jesús sería para siempre insustituible.
Podemos imaginar a los Apóstoles reunidos con la Virgen aquel primer día en que el universo parecía vacío sin la presencia física del Salvador, una ausencia quizá más terrible que la que sintieron en el propio entierro, pues ahora, en lugar de una piedra, la eternidad los separaba del Amado.
Es probable que quisieran recordar sus últimos momentos con el divino Maestro celebrando una misa. ¡La primera después de la Ascensión! Pero ¿quién presidiría tan solemne acto? Unos optaban por Pedro, que gozaba de la primacía entre todos; otros por Juan, el discípulo amado, depositario de los secretos del Corazón de Jesús. La duda se disipó cuando, mirándose unos a otros, se fijaron en Santiago, apodado «el justo, y hermano del Señor»,1 cuya fisonomía se parecía tanto a la del Maestro que llevó a Judas a darle el beso infame al Redentor para que los soldados no lo confundieran con el apóstol.
No hubo duda: el santo sacrificio debía celebrarlo él, para que todos rememoraran el rostro del Salvador. ¡Qué honor y qué gloria para este apóstol asemejarse incluso físicamente a su modelo!
Primicias para Nuestro Señor Jesucristo
Hijo de Cleofás Alfeo y María — mencionada en los evangelios como María de Cleofás—, Santiago estaba emparentado con Jesús: su madre era prima hermana de Nuestra Señora. En la institución de los Doce, se le distingue de Santiago el Mayor por el epíteto «hijo de Alfeo» (Mc 3, 18).
Aunque el apóstol —según la opinión de algunos historiadores— era al menos diez años mayor que el Redentor, cabe suponer, por la afinidad entre ambos, que convivieron desde la infancia. Además, sería natural que Santiago siguiera con admiración el crecimiento de Jesús en sabiduría y en gracia (cf. Lc 2, 40), razón por la cual lo encontramos a su lado desde los primeros anuncios de la Buena Nueva.
Sin embargo, trascendiendo los vínculos de consanguinidad, su vocación se remontaba a los arcanos divinos, antes de su nacimiento, pues por inspiración divina su madre lo había ofrecido como nazareno, es decir, consagrado al Señor desde el vientre materno. Santiago sería a la vez primo del Verbo encarnado y consagrado a Él desde la concepción. Y cuánto se sabía amado gratuitamente por Dios lo dejaría entrever más tarde en su epístola: «Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces. […] Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas» (1, 17-18).
El designio que se extendía sobre su familia se hizo evidente a lo largo de la vida pública de Jesús: su padre fue uno de los discípulos a quienes el divino Maestro se apareció en Emaús tras la Resurrección; su madre, compañera inseparable de la Santísima Virgen y una de las Santas Mujeres, estuvo al pie de la cruz en el Calvario; uno de sus hermanos, José, llamado «el Justo», se contaba entre los setenta y dos discípulos; otro, Judas Tadeo, fue apóstol como Santiago; y un tercero, Simeón, se convirtió en el segundo obispo de Jerusalén…
No obstante, a Santiago le correspondería un papel primordial, del que consideraremos algunos rasgos.
A la espera del glorioso despuntar de la Resurrección
Los evangelios hacen escasa mención a la biografía y obras de este primo del Maestro durante los intensos años de convivencia con Él hasta la Pasión. Según antiguas tradiciones de la Iglesia, Santiago profesaba por Jesús una afección tan especial que el dolor por su muerte lo llevó a prometer que ayunaría hasta que se cumpliera la profecía de la Resurrección. Así pues, el domingo de Pascua, Cristo se le apareció incluso antes de manifestarse a los demás.
De hecho, San Jerónimo respalda una tradición según la cual el Señor, después de romper la piedra, salió a su encuentro y, tomando un pan entre sus gloriosas manos, lo bendijo, lo partió y se lo presentó a Santiago: «Hermano mío, come tu pan, porque el Hijo del hombre ha resucitado de entre los muertos».2
La familiaridad de esta aparición reafirma nuestra impresión de que ambos se amaban como hermanos y nos ofrece, además, un detalle sorprendente: a pesar de los trágicos momentos de la Pasión, Santiago había guardado con veneración las palabras del Maestro y creía en ellas, porque su confianza en la Resurrección lo confirmó en la fe. Por ello, más tarde dirá: «Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman» (Sant 1, 12). En ese mismo sentido, aconsejará a los fieles de toda la Iglesia que tuvieran paciencia «hasta la venida del Señor» (Sant 5, 7) y alimentaran una fe íntegra, pues «el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor» (Sant 1, 6-7).
Para los oídos relativistas de hoy, tales palabras suenan algo duras, demasiado «radicales»… Santiago podía ser exigente con sus oyentes porque su propia conducta era irreprochable, modelo de fiel cumplidor de las palabras del Señor (cf. Sant 1, 22), un hombre que siempre demostraba su fe con obras (cf. Sant 2, 18), como leitmotiv de toda su vida. Esa conducta impoluta le había granjeado el respeto y la estima de sus hermanos en Cristo, e incluso de los judíos, entre los cuales gozaba de relevante prestigio.
La pluma del Apóstol de las gentes nos informa de una segunda visita del divino Maestro a Santiago en los días posteriores a la Resurrección. Escribiendo a los corintios, San Pablo cuenta que el Señor «se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los Apóstoles» (1 Cor 15, 5-7).
Al manifestarse de una manera tan particular a Santiago, el Señor quería confirmarlo en su misión, otorgándole un papel relevante entre los fieles de la Iglesia primitiva, para la cual debía ser, en cierto modo, su propia imagen.
El heredero de Jerusalén
La Iglesia de Jerusalén, primogénita de las Iglesias de Asia y del mundo entero, fue establecida por Jesucristo, quien, poco antes de la Ascensión, la confió a Santiago. Se trataba de un gesto sumamente fraterno y simbólico, porque el Señor legó a Pedro, príncipe de los Apóstoles, el trono del mundo, la ciudad de Roma; pero a Santiago le dejó su propia herencia, la ciudad del Hijo de David.3
Este privilegio le confirió cierta preeminencia en el colegio apostólico; todos respetaban su cargo y admiraban su virtud. El testimonio de San Pablo al mencionar a Santiago como el primero de entre las «columnas» de la Iglesia (cf. Gál 2, 9) muestra hasta qué punto era considerada su autoridad desde los primeros tiempos, como símbolo de unidad y fidelidad al Salvador.
El canon del Nuevo Testamento conserva otras alusiones a esa autoridad. Encontramos, por ejemplo, en la última de las epístolas católicas: «Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los que son llamados, amados en Dios Padre y custodiados en Jesucristo» (Jds 1, 1). Análogamente, narran los Hechos de los Apóstoles que Pedro, encarcelado por orden de Herodes, fue liberado por un ángel y, antes de huir de la ciudad en busca de seguridad, recomendó a los fieles que le informaran de todo «a Santiago y a los hermanos» (Hch 12, 17), indicando así la deferencia que tenía hacia el obispo de Jerusalén.
De hecho, en el Concilio de Jerusalén, alrededor del año 50, durante el cual se trataron las controversias presentadas por Pablo y Bernabé con respecto a los obstáculos que ciertas costumbres judías creaban en la evangelización de los paganos, fue Santiago quien, tras escuchar a unos y a otros, dictó la regla general que la Iglesia adoptaría en adelante: «A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios» (Hch 15, 19).
Una epístola-testamento
La fama de Santiago se había extendido tanto por las regiones de Asia Menor que muchos cristianos viajaban a Jerusalén sólo para verlo. San Ignacio de Antioquía, en una carta al apóstol San Juan, manifiesta su deseo de conocer al «venerable Santiago, apodado el Justo, de quien se cuenta que es muy parecido a Cristo Jesús en el rostro, el modo de vida y manera de comportarse, como si fueran hermanos gemelos nacidos de la misma madre».4 El mártir de Antioquía añade además que decían que quien viera a Santiago encontraría al mismo Jesús en todos sus rasgos fisonómicos.5
No se nos ha concedido la gracia de contemplarlo, pero podemos vislumbrar la personalidad de este apóstol a través de la única epístola de su autoría que la tradición nos ha legado. En ella encontramos una meditación y una aplicación de las palabras del divino Maestro a la vida cotidiana de los fieles de los primeros tiempos, pero que aún hoy resuena con tanta actualidad como en aquellos días.
Entre la mayoría de esos primeros cristianos procedentes del judaísmo, existía una velada oposición entre lo que creían y la forma en que vivían. Para Santiago, sólo la integridad puede responder al desafío de la santidad: «Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no» (5, 12), dirá, a ejemplo de Jesús. «Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros. Lavaos las manos, pecadores; purificad el corazón, los inconstantes» (4, 8)… Recordemos que la hipocresía ya se había cobrado algunas víctimas en su comunidad, como Ananías y Safira (cf. Hch 5, 1-11); por lo tanto, era necesario extirparla de raíz. A los íntegros, en cambio, el santo les promete que incluso el demonio «huirá » (4, 7) de ellos.
Sus palabras revelan a una persona de principios, coherente, sincera: «El que sabe cómo hacer el bien y no lo hace, ese está en pecado (4, 17), porque «lo mismo que el cuerpo sin aliento está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (2, 26). Conviene que muestre «sus obras como fruto de la buena conducta, con la delicadeza propia de la sabiduría» (3, 13). El apóstol suplica: «No habléis mal unos de otros, hermanos» (4, 11), pues «el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia» (2, 13).
Al aunar, entonces, radicalidad y dulzura, Santiago no deja de lado la sencillez evangélica: «¿Está sufriendo alguno de vosotros? Rece. ¿Está contento? Cante» (5, 13). Y, como buen pastor, desea reunir de nuevo a las ovejas descarriadas de su rebaño: «Quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados» (5, 20).
La Epístola de Santiago contiene además, de manera detallada, la doctrina del sacramento de la unción de los enfermos: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado» (5, 14-15).
En resumen, su carta, llena de fidelidad y amor por Jesús, puede ser considerada su mejor testamento, ya que Santiago sería llamado a sellar sus palabras con el testimonio de su propia sangre.
El final santo de una vida santa
Tras la primera persecución contra los cristianos de Israel, que segó la vida de Esteban y Santiago el Mayor, llevándolos a inaugurar la ilustre procesión de los mártires, los fieles se dispersaron por los cuatro rincones de la tierra. En Jerusalén, tan sólo quedaron tres apóstoles: Pedro, Santiago el Menor y Juan. Siguieron veinte años de paz y expansión, período que condujo a Pedro y a Juan a ir lejos, para asumir otras sedes episcopales de la Iglesia naciente.
Alrededor del año 60, se desató una nueva persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Pablo, que se encontraba fortuitamente de visita, fue arrestado y trasladado a Roma, lo que acabó propiciando que todo el odio del sanedrín se volviera contra Santiago, quien permanecía al frente de los fieles en la Ciudad Santa.
Gracias al historiador Flavio Josefo,6 testigo ocular de los hechos, conocemos los detalles de lo ocurrido. Según señala, aprovechando el intersticio entre la muerte del gobernador Festo y la llegada de Albino, nombrado en su lugar, el sumo sacerdote ordenó que detuvieran a Santiago, lo hizo comparecer ante el sanedrín y lo condenó a la lapidación.
Hegesipo, un judío converso de aquella época, al transmitir la tradición que las primeras comunidades conservaron sobre el martirio de su pastor, añade que el sanedrín obligó al apóstol a subir al pináculo del Templo y, mientras proclamaba la divinidad de Jesús, desde allí arrojaron al Justo.7 Al sobrevivir a la caída, los fariseos se abalanzaron sobre él para apedrearlo y uno de los presentes le golpeó la cabeza con un mazo, poniendo así fin a su vida y a su martirio.
Los cristianos recogieron con veneración el cuerpo del apóstol y lo enterraron junto al Templo, y muchos judíos que condenaron el hecho quisieron ver en este inicuo asesinato una de las causas de la destrucción de la Ciudad Santa, de aquella Jerusalén que había matado al Redentor y a los profetas, y que se había hecho una vez más culpable de la sangre de los inocentes.8
Completó en sí la fisonomía de Cristo
«Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe» (Heb 13, 7-8). He aquí el consejo consignado en la Carta a los Hebreos, que posiblemente se refiera al martirio de Santiago, «el hermano del Señor», aquel que por altísimo designio había ostentado en su fisonomía, cual espejo purísimo, el rostro sagrado del Salvador.
Sin embargo, la grandeza de este apóstol no reside únicamente en su parecido físico con Jesús, sino, sobre todo, en haber configurado su alma con la de Cristo, asumiendo en sí los rasgos de la personalidad del Maestro, con sus virtudes y sufrimientos. El martirio tan heroicamente afrontado selló en el alma de Santiago el semblante de Cristo sufriente, completando en él lo que le faltaba para seguir los pasos del Cordero inmolado.
Santiago es, pues, un ejemplo para nuestros días: ¡Completemos en nuestras almas la imagen de Cristo, como un espejo resplandeciente, imitando con integridad al Señor en el camino de la cruz! ²
Notas:
1 Cf. San Jerónimo. De viris illustribus, c. ii: PL 23, 639.
2 Idem, 643.
3 Cf. Maistre, Étienne. Histoires de Saint Philippe, Saint Barthélemy, Saint Matthieu, Saint Thomas et Saint Jacques-le-mineur. Paris: F. Wattelier, 1870, p. 394.
4 San Ignacio de Antioquía. Epistola ad S. Ioannem Apostolum et Evangelistam: PG 5, 943-944.
5 Cf. Idem, 944.
6 Cf. Flavio Josefo. Antigüedades judías. L. XX, c. 9.
7 Cf. Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica. L. II, c. 23: PG 20, 202.
8 Cf. San Jerónimo, op. cit., 642.