«El todo es mayor que la suma de sus partes». Esta máxima, bien conocida, se considera indiscutible, hasta el punto de haberse convertido en un principio filosófico universal.

Ilustres doctores la han utilizado para especificar la relación entre la Virgen y la Iglesia. Aun siendo Nuestra Señora un miembro eminentísimo de la Iglesia, sería menos importante que el Cuerpo Místico de Cristo, el «Cristo total», en la expresión agustiniana. En efecto, una parte no podría ser más que el todo que la incluye.

Entre los defensores del principio antes mencionado se encuentra el propio Doctor de Hipona, quien afirmaba: «María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros».1

Data venia, ¿de verdad se puede resolver tal cuestión en términos tan sencillos?

¿Una parte o la razón de ser?

Como argumento inicial, propongamos un ejemplo: imaginemos un suntuoso palacio real, adornado con preciosos cuadros y ornamentos valiosos, ricos tapices y muebles de inapreciable valor. El noble edificio, obviamente, no está deshabitado: un gran número de cocineros, criados, guardias, lacayos y pajes sirven a una nutrida corte de barones, vizcondes, condes, marqueses y duques, quienes, a su vez, gravitan en torno a un poderoso rey, flanqueado por su reina.

Variopinto conjunto forma ese palacio, pero ¿podemos afirmar que el majestuoso matrimonio es sólo una parte de dicho conjunto o, más bien, el castillo con sus habitantes no es más que una porción de lo que podríamos llamar «poder real»? En definitiva, si quitamos al rey y a la reina, ¿qué sentido tiene la existencia del castillo y de la corte?

Se observa, pues, que algunos elementos, a pesar de estar incluidos en una realidad, no pueden considerarse meras partes de un todo, ya que constituyen la razón misma de ser de esa totalidad. Así, aunque estén en un conjunto, se sitúan más propiamente por encima de él.

Ahora bien, esta consideración es perfectamente aplicable al papel de la Virgen en relación con el Cuerpo Místico de Cristo. Si es cierto que María Santísima, como Hija de Dios, es miembro de la Iglesia, también es Madre y Reina de esa misma Iglesia, además de Madre de todos sus miembros, empezando por su cabeza.

Indisociables a los ojos de Dios

¿Podríamos, entonces, afirmar simplemente que la Iglesia es una realidad distinta de María y, además, inferior a Ella?

Si bien esto, desde el punto de vista antes expuesto, sea sostenible, conviene recordar las sabias palabras del Beato Isaac, abad del monasterio de Stella: «En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se atribuye de manera general a la Iglesia, virgen y madre, se aplica particularmente a la Virgen María. […] Y cuando el texto se refiere a una de ellas, puede aplicarse en gran medida indistinta e indiferentemente a una y a otra».2

De este fragmento se desprende que, a los ojos de Dios, ambas son indisociables. Y ello por varios motivos.

En primer lugar, conviene recordar que la Iglesia nació, por así decirlo, en María: en efecto, la cabeza del Cuerpo Místico fue engendrada en Ella y también por Ella son engendrados todos los hijos de Dios en el bautismo. Además, la Esposa Mística de Cristo vino al mundo a partir del costado herido del Crucificado y, en ese momento, la única alma que mantenía vivo el don de la fe era su Santa Madre; por lo tanto, se podría afirmar que, en sus albores, la comunidad de los fieles estaba constituida únicamente por Nuestra Señora.

Además, habiendo cumplido en todo la voluntad de Dios y haber sido modelo preclaro de todas las virtudes, la Santísima Virgen se convirtió en la causa ejemplar, el typus de la Iglesia.3

María, ideal de perfección para la Iglesia

De ello se infiere que, para que la Iglesia alcance mejor su ideal de perfección, necesita asemejarse cada vez más a la Madre de Dios. Con razón dice el catecismo que, al hablar del origen, la misión y el destino de la Iglesia, nada mejor que dirigir nuestra mirada hacia María, «para contemplar en Ella lo que es la Iglesia en su misterio, en su “peregrinación de la fe”, y lo que será al final de su marcha».4

Así pues, si esperamos una época en que Nuestra Señora reine efectivamente en los corazones, el Reino de María anunciado por San Luis Grignion de Montfort,5 es imperativo procurar que la Iglesia refleje en todos los aspectos de su vida la santidad de la Virgen Inmaculada.

Un teólogo medieval llegó incluso a afirmar que el Verbo eterno vino al mundo atraído y cautivado por el dulce olor de la santidad de María: «Ese perfume tan suave sedujo al Hijo unigénito de Dios y lo arrebató por completo. Y no se demoró, sino que inmediatamente, seducido y enteramente arrebatado, fue llevado del seno del Padre al vientre de la Virgen».6

Ahora bien, si en todo el orbe la Santa Iglesia exhala las sublimes fragancias de la santidad marial, ¿no se sentirá Jesucristo atraído de nuevo —aunque de una manera diferente— a la tierra? Sin duda. La Iglesia atraerá hacia sí a su divino Esposo, siempre y cuando refleje perfecta e íntegramente a la Madre de Dios, a quien se puede llamar con propiedad «Iglesia perfecta, la Iglesia plenamente realizada en su dimensión terrenal y escatológica».7

¿Debe el todo orientarse hacia la parte?

Conviene retomar, en conclusión, la cuestión planteada al principio del artículo: ¿es el todo mayor que la parte? En el caso que nos ocupa, la respuesta escapa a los patrones humanos: le corresponde al todo —la Iglesia— identificarse de alguna forma con su parte especialísima, es decir, María Santísima. Sólo así la totalidad estará completa y alcanzará la plenitud de sí misma.

¿Cómo se aplican estas consideraciones a nosotros, hijos de la Iglesia e hijos de María? En todo y por todo: Totus tuus —Soy todo tuyo, ¡oh María!—. Nuestra vida de perfección, en efecto, no puede limitarse a la simple práctica de las virtudes. Es necesario procurar vivir cada segundo de nuestra existencia por María, con María y en María, para que cuanto antes podamos vislumbrar el rostro transfigurado de la Santa Iglesia, totalmente configurada con la Reina del Cielo, la Madre de Dios y nuestra. ²

Notas:


1 San Agustín. Sermo XXV, n.º 7: PL 46, 938.

2 Beato Isaac de Stella. Sermo LI. In Assumptione Beatæ Mariæ: PL 194, 1863.

3 Cf. CCE 967.

4 CCE 972.

5 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. «Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge», n.º 217. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, pp. 634-635.

6 Achard de San Víctor. «Sermão na Festa da Nativida­de da Bem-Aventurada Virgem Maria», n.º 1. InLumen Veritatis. Año XIV. N.º 56 (jul-set, 2022), p. 496.

7 Beni dos Santos, Benedito. «Nossa Senhora e a Igreja». In: Lumen Veritatis. Año XVI. N.º 64 (jul-set, 2024), p. 23.