En los escritos de sor María de Jesús de Ágreda,1 en los que registra las revelaciones sobrenaturales que recibía, se dice que en el Apocalipsis hay muchos conceptos especiales, contenidos de forma simbólica, aún no desvelados, acerca de la relación de la Virgen María con los Apóstoles, especialmente con San Juan Evangelista.

Cuando llegue el día en que los teólogos comprendan las cifras del Apocalipsis con respecto a esto, conocerán todo el tesoro que encierra la Revelación, y el magisterio de la Iglesia podrá ejercerse en su plenitud ante el nuevo panorama. Aunque esa idea de María de Ágreda no esté demostrada por el simple hecho de que ella lo diga, no tiene nada de heterodoxo. Presumiblemente, habrá un momento en que esto se desatará y ese conocimiento se consumará.

Esta hipótesis concuerda con lo que afirma San Luis Grignion de Montfort sobre el progreso del misterio de la gracia. A lo largo de los siglos ha existido una devoción a la Virgen María que, en cierto momento, por deseo suyo, empezó a adquirir mayor consistencia. La devoción a Nuestra Señora desarrolla en las almas este misterio, y es su triunfo el que pone fin al reino del demonio y establece el verdadero Reino de María.

Existen algunos indicios —muy ortodoxos, serios y sólidos, aunque aún no del todo claros— por los que se entiende algo acerca de esa acción misteriosa de la Virgen en las almas.

Fuente inagotable de compasión para el pecador

Hubo un tiempo en el que estuve leyendo sobre las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María —incluidas encíclicas al respecto— para responder a la siguiente pregunta: en esencia, ¿qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y, por extensión, al Inmaculado Corazón de María? Sabemos que el objeto de esta devoción es el corazón como miembro de su cuerpo humano, o del cuerpo inmaculado de Ella, pero es, sobre todo, un símbolo de orden espiritual. Entonces, ¿en qué consiste esta realidad que representa?

En resumen, en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se considera lo que podemos llamar el espíritu de Nuestro Señor Jesucristo, por tanto, su sabiduría y su santidad; es decir, una doctrina no sólo en cuanto concebida, sino personificada y vivida. Él se manifiesta amoroso a los hombres, deseando difundirse, contagiar y conquistar. Ante una humanidad pecadora, su mayor triunfo no es la justicia, por la que envía al pecador al Infierno, sino la clemencia, por la que lo rescata. El mayor triunfo de Dios está en perdonar y en convertir.

Así comprendemos este aspecto de la devoción, tan acentuado en la piedad popular y destacado en numerosos documentos de la Santa Iglesia: el Corazón de Jesús como fuente de misericordia.

Paralelamente, se entiende qué es el Inmaculado Corazón de María.

Corazones de Jesús y de María: nueva plenitud de gracias

Sin embargo, cuando se presta atención a estas dos advocaciones, se observan entresijos en los que se intuyen ciertos desdoblamientos, pero que aún no han sido explicitados por completo.

Existe una especie de comunicación del Señor mayor y más completa con quien venera su Corazón que con quien le rinde culto en otros misterios. De igual modo, existe una forma de comunicación más plena con la Virgen con quien venera su Inmaculado Corazón.

Autores que tratan de estas dos devociones afirman que son para los últimos tiempos, el final de la historia de la Iglesia, las últimas manifestaciones de misericordia.

Luego, partiendo de la idea de San Luis Grignion de Montfort, se tiene la impresión de un aumento de la gracia que obra a través de maravillas de benevolencia, de forma progresiva y con mayor intensidad desde el momento en que estas dos devociones fueron reveladas a los hombres. Se trata, pues, de un paso más en el misterio de la gracia que se manifiesta. Parecería que esta nueva forma de clemencia ha incidido sobre una humanidad en extremo pútrida —casi, por la fuerza del vicio, convertida en inepta para alcanzar de hecho la santidad— y cuya decadencia moral indicaría la proximidad del fin del mundo.

Iniciativa misericordiosa y transformante de la Virgen

Veo, en nuestro Movimiento,2 en aquellos que se esfuerzan por ser buenos, la lucha entre una gracia persistente, inefablemente obstinada, y una enorme serie de obstáculos en sentido contrario, de rechazos, de molicie, de infidelidades de todo tipo y magnitud.

No obstante, parece que hay una victoria gradual de la Virgen, marcada por la manera en que las personas progresan espiritualmente. En mi opinión, esto no se explicaría sin la ayuda prestada a los débiles, a los pequeños, que corresponde al lema de la Iglesia de Filadelfia, como aparece en el Apocalipsis: frágiles, pero fieles (cf. Ap 3, 8). Es una gracia que sostiene en la fidelidad a los más flacos.

Sobre la humanidad más pobre y maltrecha descienden gracias continuas, las más inmerecidas, que, sin embargo, van formando un flujo de virtud indiscutible. ¡Cuántos casos de magnífica regeneración moral, en los que se pasa de ser un insignificante muchacho de la calle a lo más encomiable en materia de piedad y rectitud! Es imposible dejar de reconocer un inmenso soplo de gracia, algo por encima de todo lo sobrenatural, comparable a las grandes acciones divinas registradas por la historia de la Iglesia.

Todo esto —verdaderamente sin parangón con lo que ocurre hoy— indica una enormidad de la gracia, toda ella asentada en la devoción a la Virgen. Si experimentáramos una disminución de nuestra relación con Ella, aunque sólo fuera un milímetro —si se pudieran medir estas cosas en milímetros— nuestro Movimiento se desmoronaría ahora mismo. Tengo la impresión de que no me daría tiempo para terminar mi conferencia. Tal es la fidelidad y la perseverancia que nacen de nuestro vínculo con la Madre de Dios y viven de su aliento.

En este sentido, existe tanta misericordia que me veo llevado a considerar que esto sea un signo precursor de la ayuda sobreabundante que en el Reino de María unirá a los hombres a Ella. Hoy, como es natural, tal vínculo aún se encuentra en sus albores, en sus primeros vagidos, en sus movimientos iniciales, pero existe.

La unión con la Virgen María es a las demás virtudes lo que un motor, que impulsa y arrastra tras de sí al resto, es a un avión: ella es el «motor» de todas las virtudes; cuando esté en progreso, todo avanza.

«Pequeña vía» y aurora del Reino de María

Creo que no debería concluir esta exposición sin decir unas palabras acerca de Santa Teresa del Niño Jesús y de la «pequeña vía», en relación con lo anterior.

Santa Teresa del Niño Jesús, en su Historia de un alma, hace varias referencias a una nueva intensidad del amor de Dios, tan poderosa que acogerá a los que son pequeños, insignificantes, poco poderosos en distintos sentidos, y los llevará a la santidad.

Es, pues, una mayor efusión de la gracia divina en cuanto conquistadora, de la benevolencia de Dios, que se contenta con poco para hacer grandes cosas; una mayor manifestación de la eficacia de la ayuda sobrenatural, que saca lo grande de lo pequeño.

Santa Teresa afirma que se ofreció como víctima en holocausto al amor misericordioso de Dios, para consagrar una vía que innumerables almas seguirían. En el Cielo, pasaría su eternidad haciendo caer una lluvia de pétalos de rosa sobre la tierra.

Es evidente que los pétalos de rosa simbolizan las gracias temporales, como las que ella concede, pero que conducen a las espirituales; se trata de ese mayor amor de Dios del que acabamos de hablar.

Debe de haber una relación entre esa esperanza suya de un progreso del amor misericordioso de Dios y la aurora del Reino de María, aunque Santa Teresa no se expresara en esos términos. Su muerte, sin duda, se corresponde de alguna manera con el desencadenamiento de esto: la marcha progresiva del amor misericordioso en el mundo debería partir del camino abierto por ella.

La «pequeña vía» resulta ser, en muchos sentidos —cuando se estudia en todos sus aspectos—, el camino por el cual las almas pequeñas de una humanidad decadente son acogidas por la misericordia y conducidas a la santidad. Es, por tanto, la espiritualidad específica de aquellos que desean ser hijos y esclavos de la Virgen y progresar en la virtud.

Tengo la impresión de que algunas almas muy escogidas de Nuestra Señora, desde Elías hasta el fin del mundo, han tenido y tendrán esa gracia. Pero de casos individuales pasará a ser un episodio colectivo cuando llegue el Reino de María. 

Extraído, con adaptaciones para el lenguaje escrito, de: Conferencia. São Paulo, 11/7/1967.

Notas:


1 Religiosa concepcionista, escritora mística y abadesa del convento de Ágreda, España (1602-1665).

2 El Dr. Plinio fundó la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad en 1960.