Elegida antes de todos los siglos
La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación. […] Está presente ya «antes de la creación del mundo» como aquella que el Padre «ha elegido» como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada en este «Amado» eternamente.
San Juan Pablo II. Redemptoris Mater, 25/3/1987.
Anunciada por figuras y profecías
Anunciada antes con tantas figuras, con tantas visiones y vaticinios de los profetas, y esperada por tanto tiempo de los Santos Padres, por fin, apareciendo adornada del brillo de las virtudes y de toda suerte de gracias, [María] nos libró del cautiverio con su saludable fecundidad, y triturada la cabeza de la serpiente, vestida del sol, teniendo la luna por escabel de sus pies, victoriosa y triunfadora, mereció ser coronada con corona de doce estrellas y, ensalzada sobre los coros de los ángeles, ser llamada Reina del Cielo y de la tierra.
Pablo V. Immensæ bonitatis, 27/10/1615.
Inconcebible mayor santidad
[Dios] tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.
Beato Pío IX. Ineffabilis Deus, 8/12/1854: DH 2800.
«Llena de gracia»: el nombre de María
«Llena de gracia» (Lc 1, 28), el nombre más bello, con el que Dios mismo te llamó desde la eternidad. «Llena de gracia» eres tú, María, colmada del amor divino desde el primer instante de tu existencia, providencialmente predestinada a ser la Madre del Redentor e íntimamente asociada a Él en el misterio de la salvación.
Benedicto XVI. Discurso, 8/12/2006.
Tesorera de la gracia, omnipotencia suplicante
¿Con qué nombre te llamaré, oh cándida paloma de paz? ¿Con qué títulos invocaré a la que los santos doctores llamaron señora de la creación, puerta de la vida, templo de Dios, alcázar de luz, gloria de los Cielos, santa entre los santos, milagro de los milagros, paraíso del Altísimo? Tú eres la tesorera de las gracias, la omnipotencia suplicante, aun la misma misericordia de Dios, que desciende sobre los desgraciados.
Pío XI. Breve apostólico, 20/7/1925.
Copartícipe del poder de Dios
Ésta es aquella hermosísima Ester a la que amó tanto el supremo Rey de reyes, que parece la ha hecho copartícipe, no ya de la mitad de su reino, sino, en cierta manera, de todo su imperio y de todo su poder. Ésta es aquella valerosa Judit, a la que Dios concedió victoria sobre todos los enemigos de la tierra. […] Ésta es aquella mística arca de la alianza, en la que se ejecutaron los misterios de nuestra redención, para que, viéndola Dios, se acuerde de su pacto y no se olvide de sus misericordias. Ella es como canal celestial del que descienden las corrientes de las gracias divinas a los corazones de los mortales. Ella es la puerta dorada del Cielo por la que confiamos entrar algún día en el descanso de la eterna bienaventuranza.
Benedicto XIV. Gloriosæ Dominæ, 27/9/1748.
La más excelsa entre las criaturas
La Santa Madre de Dios, la más pequeña y la más excelsa de las criaturas, ve las cosas con la mirada de Dios. […] La Madre de Jesús es la mujer con quien Dios, en la plenitud del tiempo, escribió la Palabra que revela el misterio. No se la impuso: primero se la propuso a su corazón y, tras recibir su «sí», la escribió con amor inefable en su carne. Así, la esperanza de Dios se entrelazó con la esperanza de María.
León XIV. Homilía, 31/12/2025.
Cierta dignidad infinita
De este dogma de la divina maternidad, como de surtidor de oculto manantial, proceden la gracia singularísima de María y su dignidad suprema después de Dios. Más aún: como admirablemente escribe Santo Tomás de Aquino, «la Bienaventurada Virgen María, en cuanto es Madre de Dios, posee cierta dignidad infinita, por ser Dios un bien infinito» (Suma Teológica, I, q. 25, a. 6)
Pío XI. Lux veritatis, 25/12/1931.
Asociada a la obra del Redentor
¿Qué entendimiento profundo se ha dado entre Jesús y su Madre? ¿Cómo explorar el misterio de su íntima unión espiritual? […] Siendo, por disposición de la divina Providencia, Madre-nodriza del divino Redentor se ha convertido de «forma singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas y la humilde esclava del Señor».
San Juan Pablo II. Redemptoris Mater, 25/3/1987.
Madre de los hombres en el orden de la gracia
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el Templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia.
San Pablo VI. Lumen gentium, Concilio Vaticano II, 21/11/1964.
Todos los bautizados participan de la fe de María
En la base de lo que la Iglesia es desde el comienzo, de lo que debe ser constantemente, a través de las generaciones, en medio de todas las naciones de la tierra, se encuentra la que «ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1, 45). […] Todos aquellos que, a lo largo de las generaciones, aceptando el testimonio apostólico de la Iglesia participan de aquella misteriosa herencia, en cierto sentido, participan de la fe de María.
San Juan Pablo II. Redemptoris Mater, 25/3/1987.
Miembro excelentísimo de la Iglesia
Por ese motivo [la Virgen María] es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a Madre amantísima, con afecto de piedad filial.
San Pablo VI. Lumen gentium, Concilio Vaticano II, 21/11/1964.
Admirar no basta, ¡es necesario glorificar!
Ahora bien; ante tanto esplendor de virtudes, el primer deber de cuantos en la Madre de Dios reconocen el modelo de la Iglesia es el de unirse a Ella en dar gracias al Altísimo por haber obrado en María cosas grandes para beneficio de toda la humanidad. Mas esto no basta. Deber también de todos los fieles es tributar a la fidelísima Esclava del Señor un culto de alabanza, de gratitud y de amor, porque, conforme a la sabia y dulce disposición divina, su libre consentimiento y su generosa cooperación a los planes de Dios han tenido, y tienen todavía, una gran influencia en el cumplimiento de la humana salvación.
San Pablo VI. Signum magnum, 13/5/1967.